El autor apareció de la nada en la sede de la Familia Loki, materializándose en uno de los sillones sin una razón aparente. Apenas había procesado dónde estaba cuando, por algún motivo inexplicable, Ais ya estaba ahí, con la cabeza descansando en su regazo.
Él parpadeó.
"…¿Y esto en qué momento pasó?" murmuró, mirando a su alrededor para ver si alguien más estaba tan confundido como él.
No parecía que hubiera testigos de la escena, lo cual no hacía más que aumentar el misterio.
Ais, con su expresión impasible, permanecía inmóvil, su respiración tranquila, casi como si estuviera dormida.
"…No lo sé," respondió finalmente, sin moverse.
El autor la miró con incredulidad. "¿En serio?"
Ais asintió ligeramente, sin abrir los ojos.
El autor suspiró, pasando una mano por su cara. "Claro, porque las cosas simplemente suceden sin motivo alguno," comentó con sarcasmo.
"Sí," respondió Ais con total seriedad.
El autor suspiró, mirando a la nada con una expresión de falsa indignación.
"Se supone que el que hace que las cosas pasen de forma aleatoria soy yo, no tú," dijo, señalándola con un dedo acusador.
Ais, aún con la cabeza en su regazo, abrió ligeramente los ojos y lo miró con su típica expresión neutra.
"Lo sé," respondió sin inmutarse.
El autor parpadeó. "Entonces, ¿por qué estás aquí?"
Ais cerró los ojos de nuevo. "No lo sé."
El autor la miró fijamente durante unos segundos antes de dejar escapar un suspiro resignado.
"Genial, ahora hasta los personajes están rompiendo la lógica sin mi permiso," murmuró para sí mismo, sacudiendo la cabeza.
El autor miró a Ais por un momento y, sin mucho más que hacer, comenzó a pasar los dedos por su cabello dorado.
Ais no reaccionó de inmediato, pero poco a poco su expresión se suavizó. Sus ojos permanecían cerrados, y su respiración se volvió más tranquila, casi como si estuviera disfrutando del momento.
"Ah, claro, esto sí tiene sentido," murmuró el autor con sarcasmo. "La espadachina más fuerte de Orario, durmiendo en mi regazo como si fuera un gato."
Ais no respondió, pero su cabeza se acomodó ligeramente para seguir recibiendo las caricias.
El autor la miró de reojo. "Oye, ¿tú planeaste esto?"
"Tal vez," murmuró Ais, con un tono casi imperceptible.
El autor puso una cara de incredulidad. "No sé si debería estar impresionado o preocupado."
Pero aun así, siguió acariciando su cabello.
Ais parpadeó lentamente mientras sentía un cosquilleo en su cabeza y en la parte baja de su espalda. Levantó una mano y tocó algo suave y peludo.
"¿…?"
Luego, movió ligeramente su cabeza y sintió cómo algo se sacudía sobre su cabello.
"¿…??"
Finalmente, miró hacia atrás y vio algo que definitivamente no debería estar ahí: una cola dorada, larga y esponjosa, moviéndose lentamente de un lado a otro.
"¿…???"
El autor, por su parte, estaba tratando de contener la risa. "Dije que parecías un gato, pero no esperaba que el concepto se manifestara tan bien."
Ais frunció ligeramente el ceño mientras volvía a tocar sus nuevas orejas, tratando de entender qué estaba pasando. Sus orejas se movieron instintivamente al sentir sus dedos, lo que la hizo sobresaltarse un poco.
"¿Qué… hiciste?" preguntó con su tono neutral, pero con un leve toque de confusión.
El autor sonrió de lado. "Me diste una idea. Y ahora eres Ais-nya."
Ais inclinó la cabeza, haciendo que sus orejas de gato se doblaran un poco. "¿…Nya?"
El autor soltó una carcajada.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, y una multitud de miembros de la Familia Loki entró con la intención de discutir cualquier tema importante del día. Sin embargo, en cuanto pusieron un pie dentro, todos se congelaron como si hubieran visto a un dragón de nivel 10 descansando en su sala de estar.
Primero, sus ojos se posaron en el autor, quien estaba cómodamente sentado en el sofá con Ais en su regazo, acariciándole el cabello con una expresión de satisfacción absoluta.
Luego, notaron a Ais, quien no solo parecía increíblemente relajada, sino que además tenía un par de orejas de gato sobresaliendo de su cabello dorado y una larga cola moviéndose perezosamente detrás de ella.
Hubo un silencio tenso.
Bete fue el primero en reaccionar. "¿¡Qué carajos es esto!?" señaló con un dedo tembloroso. "¡Ais, tienes una maldita cola!"
Ais ladeó la cabeza, haciendo que sus orejas de gato se movieran con ella. "Sí."
"¿Sí? ¿¡Eso es todo lo que tienes que decir!?"
Tiona corrió emocionada hacia ella, sus ojos brillando como los de una niña en una tienda de dulces. "¡Ais, te ves adorable! ¡Déjame tocar las orejas!"
Sin previo aviso, la amazona extendió sus manos y frotó las orejas de Ais con entusiasmo. Ais se estremeció ligeramente, sus orejas se movieron involuntariamente, y de sus labios se escapó un leve "Nya…"
El silencio se volvió aún más incómodo.
Tione, que intentaba mantener una expresión seria, se cubrió la boca para ocultar su sonrisa. Finn entrecerró los ojos, analizando la situación con la paciencia de un comandante veterano que había visto demasiadas cosas absurdas en su vida. Riveria, en cambio, se frotó el puente de la nariz con resignación.
Loki, por su parte, miró la escena con una expresión mezcla de sorpresa y deleite. "Bueno, bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí?" se acercó y le dio un par de golpecitos a la nueva cola de Ais.
Ais sintió el contacto y su cola reaccionó moviéndose de un lado a otro. Ella misma la miró con curiosidad.
"Interesante…" murmuró Finn, con los brazos cruzados. "Autor, ¿esto es permanente?"
El autor se encogió de hombros con una sonrisa despreocupada. "Depende. Podría serlo. Pero la pregunta es… ¿quién en esta habitación quiere que deje de serlo?"
Hubo un silencio.
"¡No yo!" Dijo Tiona
"¡Esto es demasiado bueno para deshacerlo!" Dijo Loki por otro lado.
Tione miró a Ais y luego suspiró. "…Bueno, se ve linda."
"¡Esto es estúpido!" Dijo Bete
Riveria cerró los ojos con cansancio. "Autor, por favor…"
Finn carraspeó. "Ais, ¿tú qué opinas?"
Ais parpadeó. "Es extraño."
"¿Pero te molesta?"
Ais tocó sus orejas de gato otra vez, reflexionando. Finalmente, movió la cabeza ligeramente en negación. "No."
El autor aplaudió con satisfacción. "¡Entonces queda decidido! Ais-nya es real."
Bete agarró su cabeza con frustración. "¡Dioses, qué demonios está pasando en esta casa!"
Tiona ya estaba ocupada abrazando a Ais con fuerza, mientras Loki planeaba toda una sesión de abrazos.
Riveria, derrotada, se dejó caer en una silla. Finn solo suspiró, aceptando su destino.
Y así, el autor había logrado, una vez más, convertir la sede de la Familia Loki en un completo circo.
Loki, completamente fascinada con la nueva apariencia de Ais, sacó de quién sabe dónde un par de cintas con campanitas y se las puso en las orejas.
"¡Perfecto! ¡Ahora sí pareces una auténtica neko-girl!" exclamó con orgullo.
Ais parpadeó, tocó una de las campanitas y la agitó levemente, haciendo que sonara con un "tilín" suave. No dijo nada, pero tampoco intentó quitársela.
Bete, todavía procesando el caos, miró a Finn con una vena palpitándole en la frente. "¿Y tú vas a dejar que esto pase?"
Finn suspiró y se encogió de hombros. "No parece dañino. Si Ais no tiene problemas con ello, no hay razón para intervenir."
"¡Esto es una locura!"
"Bienvenido a nuestra familia," murmuró Riveria con resignación.
Mientras tanto, Tiona abrazaba a Ais con más fuerza. "¡Ais, Ais, di 'nya'!"
Ais ladeó la cabeza. "¿Nya?"
"¡KYAAAAA! ¡Es demasiado para mi corazón!"
El autor observó toda la escena con una sonrisa satisfecha, como un artista admirando su obra maestra.
Pero entonces, una idea aún más absurda se le cruzó por la cabeza.
"Ais," dijo con tono casual. "Mueve la cola."
Ais, sin cuestionarlo, obedeció. Su nueva cola se agitó de un lado a otro con un movimiento fluido.
El autor asintió con aprobación. "Bien, bien. Ahora, intenta atrapar tu propia cola."
Ais giró la cabeza para verla. Luego intentó agarrarla con las manos. La cola se movió fuera de su alcance.
Ais parpadeó. Intentó otra vez. La cola esquivó su agarre de nuevo.
Silencio.
Todos miraban con una mezcla de fascinación y horror.
Entonces Ais, con la más pura determinación, giró sobre sí misma tratando de atrapar su cola, moviéndose en círculos como un gato persiguiéndose a sí mismo.
Bete casi se ahoga con su propia saliva. "¿¡QUÉ DEMONIOS ESTÁ PASANDO!?"
Loki, en cambio, estaba llorando de la risa en el suelo. "¡ESTO ES ARTE!"
Finn y Riveria solo se quedaron en silencio, observando cómo su miembro más fuerte estaba girando como un trompo por la sala.
Finalmente, después de unos segundos de persecución intensa, Ais se detuvo abruptamente, con un ligero mareo. Su expresión seguía siendo la misma de siempre, pero su postura ligeramente tambaleante dejaba en claro que se había pasado de vueltas.
El autor, satisfecho con el espectáculo, se levantó del sofá y estiró los brazos. "Bueno, ha sido divertido, pero creo que ya cumplí mi cuota de caos por hoy."
Antes de que alguien pudiera decir algo, chasqueó los dedos y desapareció en el aire.
Todos se quedaron en silencio por un momento, procesando lo que acababa de ocurrir.
Finalmente, Bete habló. "Voy a beber hasta olvidarme de esta mierda."
Nadie lo contradijo.
…
El autor, con las manos en los bolsillos y una expresión completamente relajada, seguía caminando como si nada.
El aventurero con el que chocó era un tipo musculoso, de esos que claramente pasaban más tiempo posando en el Gremio que en el Dungeon. Con una gran espada a la espalda y una armadura ligera, tenía toda la pinta de alguien que intentaba demasiado parecer intimidante.
"Oye, idiota," gruñó el aventurero, chasqueando la lengua. "¿No miras por dónde caminas?"
El autor parpadeó, mirándolo con curiosidad. "Oh, lo siento. ¿Se te cayó la dignidad? ¿Quieres que te ayude a buscarla?"
Un par de aventureros cercanos ahogaron una risa.
El aventurero frunció el ceño, claramente no acostumbrado a que le respondieran con semejante descaro. "Tienes agallas para hablarme así. ¿Sabes quién soy?"
El autor inclinó la cabeza. "¿Un aventurero genérico número 3?"
Más risas.
La vena en la frente del aventurero palpitó peligrosamente. "¡Maldito…!" Se crujió los nudillos. "Si tienes tanto valor, ¿qué te parece si lo resolvemos a la antigua? ¡Un duelo, aquí y ahora!"
El aventurero chasqueó la lengua y desenfundó su enorme espada con un movimiento exagerado. Comenzó a girarla en el aire, haciendo florituras innecesarias mientras sonreía con superioridad.
"¿Ves esto? Esta es la diferencia entre un verdadero guerrero y un idiota que no sabe en qué pelea se metió."
El autor lo miró con los párpados a medio cerrar.
El aventurero siguió balanceando su espada, haciendo movimientos cada vez más elaborados. El público comenzó a murmurar, impresionado por su destreza… hasta que se dieron cuenta de que el autor parecía más aburrido que otra cosa.
Suspirando, el autor metió la mano en su chaqueta y sacó una pistola plateada que no tenía sentido en este mundo. Apuntó sin prisa y apretó el gatillo.
PAM.
El aventurero se detuvo en seco, sus ojos se pusieron en blanco, su cuerpo se puso rígido y luego cayó al suelo de espaldas con un ruido seco.
Silencio absoluto.
El público parpadeó, incrédulo.
El autor sopló el cañón de la pistola, la hizo girar en su dedo y la guardó de vuelta en su chaqueta.
"Demasiado show, muy poca sustancia."
Dicho esto, se dio la vuelta y siguió caminando como si nada.
El autor siguió su camino tranquilamente, dejando atrás al aventurero y al público en completo silencio. Unos segundos después, la multitud comenzó a murmurar entre sí, algunos impresionados, otros aterrorizados, y uno que otro aventurero considerando seriamente cambiar de profesión.
Mientras tanto, el autor se metió las manos en los bolsillos y siguió caminando como si nada.
"Espero que al menos alguien le saque una foto a ese tipo desmayado. Sería una buena imagen de 'fracaso absoluto' para un diccionario ilustrado."
Pero antes de que pudiera perderse entre la multitud, sintió un cosquilleo en la nuca, una sensación que solo podía significar una cosa: problemas.
"¡Tú! ¡Alto ahí!"
Suspiró. Claro, la guardia de Orario. Tardaron menos de lo que esperaba.
Se giró lentamente y vio a un par de miembros de la Guardia con sus lanzas listas, mirándolo con desconfianza. Detrás de ellos, un grupo de aventureros chismosos señalaban en su dirección, contando lo que acababa de ocurrir.
Uno de los guardias, un hombre de armadura ligera y rostro severo, dio un paso adelante.
"No sé qué hiciste, pero alguien dijo que sacaste un… ¿arma?"
El otro guardia, una mujer con el ceño fruncido, agregó:
"Y que de un solo disparo tumbaste a ese aventurero sin siquiera dejarle una herida visible."
El autor sonrió con naturalidad.
"¿De verdad se están preocupando por un idiota que se puso a girar su espada como un animador de circo?"
Los guardias se miraron, inseguros.
"No es solo eso" dijo el hombre. "El gremio nos dio instrucciones de investigar cualquier cosa… extraña."
El autor alzó una ceja.
"¿Extraña como yo?"
"Exactamente."
Sonrió con diversión.
"Bueno, no pueden decir que no tengo estilo."
Los guardias apretaron más sus lanzas.
"Vas a tener que venir con nosotros."
El autor fingió pensarlo por un segundo.
"Mmm… no."
Y con un chasquido de dedos, desapareció en el aire, dejando a los guardias confundidos y a la multitud aún más asustada.
Los guardias se quedaron parados en su lugar, con sus lanzas listas y expresiones de absoluta confusión.
"¿A dónde…?" murmuró el hombre, mirando a su alrededor como si el autor pudiera estar escondido detrás de algún puesto de frutas.
La guardia mujer suspiró, frotándose las sienas. "Odio este trabajo."
Mientras tanto, el autor ya estaba cómodamente sentado en la azotea de un edificio cercano, observando la escena con una bolsa de palomitas que no tenía hace un segundo.
"Me encanta verlos intentar entender algo que simplemente no tiene sentido."
Metió una palomita en su boca y se acomodó mejor. Desde su posición privilegiada, vio cómo los guardias interrogaban a los testigos, algunos más traumados que otros.
Uno de los aventureros señalaba el lugar donde el autor había estado parado momentos antes. "Lo juro, se esfumó. ¡Puf! Como si nunca hubiera estado ahí."
Otro asentía frenéticamente. "¡Sí! Y esa arma que usó…"
Un tercer aventurero, notablemente menos impresionado, solo resopló. "Bah, seguro fue magia. Todo en esta ciudad es magia."
El autor sonrió. "Qué divertido sería si en realidad no fuera magia."
…
Hefesto estaba sumida en su trabajo, concentrada en los planos y materiales frente a ella. Su herrería estaba más organizada que de costumbre, lo que solo significaba una cosa: estaba obsesionada con algo.
Y ese algo era la Terrablade.
El autor ya le había mostrado su diseño antes, dejándole instrucciones sobre cómo recrearla. No era imposible, pero era ridículamente difícil, incluso para alguien como ella. Cada aleación debía ser refinada a un punto casi irreal, la estructura del arma desafiaba la lógica y, para rematar, la energía mágica que debía contener era… bueno, no tenía sentido.
Pero eso solo hizo que Hefesto la deseara aún más.
Justo cuando estaba repasando las instrucciones nuevamente, sintió esa misma presencia molesta.
"No puedes ser más discreto, ¿verdad?" dijo sin siquiera levantar la vista.
"¿Discreto yo? Vamos, no sería yo si no hiciera una entrada llamativa."
Hefesto suspiró y levantó la vista, viendo al autor casualmente sentado sobre uno de los barriles de metal.
"¿Qué quieres ahora?"
"Nada en especial. Solo vine a ver cómo vas con la espada."
Hefesto entrecerró los ojos. Sabía que lo había hecho a propósito. Le había dado una tarea imposible y ahora quería ver cómo luchaba con ello.
"Si crees que me rendí, te equivocas."
El autor sonrió.
"Lo sé. Por eso vine a ver tu progreso."
Hefesto lo fulminó con la mirada.
"Voy a terminarla, tarde o temprano."
El autor asintió con satisfacción.
"Sabía que dirías eso."
Se hizo un corto silencio entre ambos. Hefesto suspiró de nuevo, apoyando un codo en la mesa.
"Dime la verdad, ¿cómo hiciste esa… espada?"
El autor se encogió de hombros.
"Digamos que vengo de un lugar donde este tipo de cosas son… comunes."
Hefesto se quedó pensativa por un momento. No sabía si tomárselo como una broma o si realmente había un mundo donde creaban armas como esa con facilidad.
Finalmente, decidió que no valía la pena romperse la cabeza con eso.
"Si de verdad vienes de un lugar así, deberías traer más material en lugar de mirar."
El autor rió.
"Oh, claro, lo haré… cuando me dé la gana."
Hefesto solo negó con la cabeza. Definitivamente era una molestia… pero una molestia interesante.
El autor se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, con una sonrisa demasiado divertida en el rostro.
"Hefesto, Hefesto, Hefesto…" dijo con una voz casi melódica.
La diosa frunció el ceño. "¿Qué?"
"He escuchado algo bastante interesante sobre ti."
Hefesto suspiró. Sabía que no sería nada bueno. "No tengo tiempo para tus juegos, habla de una vez."
El autor levantó las manos en un gesto de inocencia. "Oh, no es un juego. Es más bien un… malentendido."
Hefesto arqueó una ceja.
"El otro día, algunos miembros de tu familia estaban hablando sobre ti. Y al parecer, creen que estás saliendo conmigo."
Hubo un silencio absoluto.
Los engranajes en la cabeza de Hefesto giraron lentamente hasta que… ¡crack! Algo hizo clic.
"… ¿Qué?"
El autor asintió con una expresión de falsa seriedad. "Sí. Según ellos, estamos en una relación. Y no solo eso, sino que te la pasas hablando de mi espada."
El silencio se hizo aún más pesado.
Hefesto parpadeó.
Luego otra vez.
Y entonces lo entendió.
"… ¡MALDITOS IDIOTAS!"
Se levantó de golpe, empujando la mesa frente a ella y dejando caer algunas herramientas.
El autor se carcajeó. "¡Oh, dioses! Tu cara… esto es increíble."
Hefesto apretó los puños, tratando de contener la vergüenza y el deseo de matar a alguien.
"¡Yo estaba hablando de la Terra Blade! ¡La espada que me mostraste! ¡No de… eso!"
El autor la miró con una sonrisa burlona. "Bueno, no es mi culpa que tus subordinados tengan una imaginación tan… creativa."
Hefesto se llevó una mano al rostro, respirando hondo para calmarse.
"Voy a matar a alguien…" murmuró entre dientes.
El autor apoyó una mano en su barbilla, fingiendo pensarlo. "¿Entonces no estamos saliendo?"
Hefesto lo miró con puro odio.
"Si tuviera que elegir entre salir contigo o derretirme la cara en lava fundida, elegiría la lava."
El autor se llevó una mano al pecho. "Auch. Y yo que estaba pensando en pedir tu mano."
Hefesto le arrojó un martillo.
El autor ni siquiera se movió. El martillo se desvió en el último segundo y fue a incrustarse perfectamente en la pared, como si la hubieran colocado ahí con precisión quirúrgica.
Hefesto bufó, todavía roja de vergüenza. "Dame una sola razón para no forjar un martillo de un millón de toneladas solo para aplastarte con él."
El autor chasqueó los dedos, y de la nada apareció una caja de chocolates envuelta con un lazo. "Porque soy adorable."
Hefesto lo miró fijamente. Luego miró la caja de chocolates. Luego volvió a mirarlo a él.
"… No voy a aceptar eso."
El autor ladeó la cabeza con una sonrisa traviesa. "Pero estoy seguro que es tu favorito."
Los labios de Hefesto temblaron por una fracción de segundo.
"No me importa," dijo con firmeza.
El autor levantó la caja y la agitó un poco. "Seguro que no."
"… No."
El autor sonrió más.
Hefesto chistó la lengua y desvió la mirada.
Cinco segundos de silencio.
Luego le arrebató la caja de chocolates.
"¡Cierra la boca!" espetó antes de que el autor pudiera decir nada.
Él simplemente alzó las manos en un gesto inocente. "Yo no dije nada."
Hefesto suspiró, masajeando sus sienes. "Eres la peor calamidad que ha pisado mi taller."
El autor asintió con orgullo. "Lo sé."
La diosa resopló, pero no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa. Maldito sea, era demasiado entretenido.
Finalmente, Hefesto se cruzó de brazos. "¿Viniste solo a burlarte de mí o hay algo más?"
Hefesto ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar.
En un instante, el autor se había acercado y, con un movimiento rápido y preciso, le quitó el parche del ojo.
El taller se quedó en un silencio sepulcral.
Los ojos de Hefesto se abrieron con terror, y en un acto reflejo levantó la mano para cubrirse el rostro, pero era demasiado tarde.
El autor lo había visto.
El ojo que Hefesto siempre escondía era negro como la obsidiana, con grietas rojas que brillaban débilmente, como si debajo de la piel latiera un fuego extraño.
Ella apretó los dientes, sintiendo un frío sudor recorrerle la espalda.
No quería que lo viera.
No quería ver su reacción.
"… Devuélveme el parche," dijo en un tono bajo, tenso.
El autor no dijo nada por unos segundos, simplemente la observó.
Finalmente, inclinó la cabeza.
"Vaya."
Hefesto se quedó completamente inmóvil.
"Pensé que tendrías un ojo demoníaco estilo Lovecraft o algo así," continuó el autor con tono decepcionado. "Pero en realidad es genial. Tienes un ojo que parece forjado en lava y oscuridad. Es como si fueras la herrera de los dioses del caos o algo así."
Hefesto sintió un escalofrío.
Toda su vida… toda su maldita vida, había creído que su ojo era lo suficientemente aterrador como para repeler a cualquiera que lo viera.
Pero este tipo simplemente lo miraba como si nada.
Como si no fuera gran cosa.
Como si no la hiciera ver fea.
"… Devuélveme el parche." Esta vez su voz tenía urgencia."¡DÁMELO DE VUELTA!"
Su grito resonó por todo el taller, con una desesperación cruda y visceral.
Intentó arrebatarle el parche de las manos, pero el autor simplemente lo movió fuera de su alcance, como si estuviera jugando con ella.
"¡No juegues conmigo! ¡DEVUÉLVELO!"
Cada segundo sin su parche se sentía como un cuchillo perforándole la piel.
Su respiración se volvió errática. Sus manos temblaban. Su rostro, normalmente impasible, se desmoronaba en puro pánico.
"¡POR FAVOR!"
El taller entero temblaba con su voz.
Era la primera vez en muchos, muchos años, que Hefesto suplicaba.
Pero no podía soportarlo.
No podía soportar que la vieran así.
No podía soportar que él la viera así.
Finalmente, el autor decidió que era suficiente.
Con un chasquido de dedos, el parche apareció en la palma de Hefesto.
Ella lo agarró como si fuera un salvavidas, sus dedos cerrándose con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Pero en lugar de ponérselo inmediatamente…
Se quedó inmóvil.
Un sonido escapó de sus labios.
Un sonido ahogado, entrecortado, tembloroso.
Un sollozo.
Otro le siguió.
Y luego otro más.
Hasta que Hefesto ya no pudo detenerlos.
Su cuerpo se sacudía ligeramente, su respiración entrecortada. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, silenciosas pero imparables.
El autor dio un paso adelante, pero Hefesto se alejó bruscamente, levantando una mano en señal de advertencia.
"No te acerques."
Su voz se quebró.
El autor se detuvo.
Hefesto se cubrió el ojo con la mano, con tanta fuerza que sus uñas dejaron marcas en su piel.
"No quiero que me veas."
El autor frunció el ceño.
"¿Por qué?"
Hefesto rió amargamente, aunque sus lágrimas seguían cayendo.
"Porque soy fea."
Lo dijo con tanta certeza.
Con tanta convicción.
Como si fuera una verdad absoluta, que no podía ser refutada.
El autor suspiró, cruzándose de brazos mientras la observaba.
"Eres increíblemente bonita, ¿lo sabías?"
Hefesto no respondió.
Simplemente se abrazó a sí misma, aún cubriéndose el ojo con la mano.
"No me mientas."
Su voz era seca, apagada.
No había rabia, ni indignación. Solo cansancio.
El tipo de cansancio que arrastra décadas de heridas.
El autor la miró con curiosidad, como si estuviera viendo algo que no entendía del todo.
"No estoy mintiendo."
Hefesto soltó una risa amarga.
"Sí lo haces."
Negó con la cabeza, apretando los dientes con fuerza.
"Escucha, no soy estúpida. Sé cómo se ven las cosas feas. Sé cómo reacciona la gente cuando ve algo desagradable."
Cerró los ojos, respirando hondo.
Su voz se volvió más baja.
"Y sé lo que vi en sus rostros cuando me vieron la primera vez."
El autor notó cómo apretaba el parche contra su pecho, como si fuera lo único que la mantenía en pie.
"Sé que soy horrenda."
No lo dijo con rabia. Ni con tristeza. Ni con autocompasión.
Lo dijo como si fuera un hecho.
Como si lo hubiera aceptado hace mucho tiempo.
Como si no hubiera espacio para la duda.
El autor chasqueó los dedos, y un espejo apareció flotando frente a Hefesto.
¿De dónde lo sacó? Quién sabe.
Hefesto frunció el ceño al verlo, dando un paso atrás de inmediato.
"No."
Su voz fue firme.
El autor rodó los ojos, sosteniendo el espejo con una mano y moviéndolo de un lado a otro frente a ella.
"Oh, vamos. Solo un vistazo."
"Dije que no."
"Un. Vistazo."
El autor la miró fijamente, inclinando la cabeza.
Hefesto apretó los labios.
Dudó.
Por un instante, su reflejo en el espejo la miró de vuelta.
Solo su rostro.
Nada fuera de lo común.
Y entonces el autor tomó con suavidad la muñeca de la mano que aún cubría su ojo.
Tiró de ella lentamente.
Hefesto sintió el aire frío contra su piel expuesta.
Contuvo la respiración.
Pero en el espejo…
No había ningún ojo deformado.
No había grietas rojas.
No había nada fuera de lugar.
Hefesto abrió la boca para decir algo, pero las palabras no salieron.
Hefesto ladeó el espejo, luego lo sacudió un poco.
"… ¿Está roto?"
El autor bufó. "No, tu cara es así."
Ella frunció el ceño. No, eso no tenía sentido.
Lentamente, bajó la mano de su rostro y observó de nuevo su reflejo. Pero por más que mirara, no veía nada extraño. Nada deforme, nada retorcido, nada que la hiciera apartar la vista con disgusto como siempre había hecho.
Solo… su rostro.
Sus labios se entreabrieron ligeramente. Sus dedos temblaron al recorrer la piel alrededor de su ojo. Liso. Normal. Sin rastro alguno de la cicatriz o la marca negra con grietas rojas que había definido su vida por tanto tiempo.
Hefesto sintió un vacío en el estómago. Su mente no procesaba esto.
"Pero… los dioses de la medicina…" Sus palabras eran apenas un murmullo. "Intentaron… Dijeron que era imposible…"
El autor se encogió de hombros. "Bueno, yo no soy un dios de la medicina."
Ella lo miró, finalmente entendiendo.
No era que su ojo nunca hubiera estado deforme.
No era que siempre se hubiera visto así.
El autor lo había cambiado.
Un simple chasquido de sus dedos, un giro más en su caótica realidad… y algo que había definido toda su vida simplemente dejó de existir.
Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Hefesto, pero esta vez no eran de tristeza ni de desesperación. Eran de felicidad.
Sus hombros temblaban, su respiración se entrecortaba. No podía creerlo.
El autor no dijo nada. Solo le acarició la cabeza con suavidad, como si estuviera calmando a un niño.
Y Hefesto… no lo apartó.
No se encogió, no se alejó, no ocultó su rostro con vergüenza o miedo. Solo cerró los ojos y dejó que las lágrimas fluyeran, sin contenerlas, sin preocuparse de quién la veía.
El autor sacó un pequeño estuche de terciopelo rojo de la nada y lo sostuvo frente a Hefesto con una sonrisa misteriosa.
"Para ti."
Hefesto entrecerró los ojos con sospecha. "… ¿Qué es esto?"
"Ábrelo y verás."
Hefesto lo tomó con cautela, como si esperara que explotara en cualquier momento, y lo abrió lentamente. Dentro había un anillo simple pero elegante, con un fino grabado en los bordes.
"¿Apenas me curas el ojo y ya me estás pidiendo matrimonio?" bromeó, arqueando una ceja.
El autor negó con la cabeza, divertido. "Nah, no soy de los que se apresuran así. Primero hay que tener mínimo tres capítulos de desarrollo."
Hefesto rodó los ojos pero, sin poder evitar sonreír, se puso el anillo.
Click.
De inmediato, el anillo se abrió como un pequeño mecanismo de relojería, y de su interior emergieron dos diminutos muñecos: uno de Hefesto y otro del autor, tomados de la mano, balanceándose de un lado a otro mientras cantaban en una voz chillona:
"¡Mejores amigos, mejores amigos, mejores amigos por siempre~!"
Hefesto parpadeó, completamente atónita.
El autor asintió con satisfacción.
Hefesto suspiró, cerrando el anillo de golpe con un clack. "Por supuesto que hiciste algo así."
Pero no se lo quitó.
Luego levantó la vista hacia el autor, y por primera vez, sin ninguna barrera entre ellos, sonrió con sinceridad.
"Gracias…" Su voz fue baja, pero cargada de un peso inmenso. No solo por el anillo, sino por todo. Por lo que había hecho por ella, por lo que nadie más había podido hacer.
El autor simplemente le dio una palmadita en la cabeza. "Bah, no fue nada."
Hefesto dejó escapar una leve risa. "Para ti, tal vez. Pero para mí…"
No terminó la frase, pero no hacía falta. El autor lo entendió perfectamente.
Él solo sonrió y se cruzó de brazos. "Bueno, al menos no intentaste matarme como la mayoría."
Hefesto chasqueó la lengua. "Todavía puedo hacerlo si me sigues fastidiando."
El autor rio. "Me encantaría ver cómo lo intentas."
Pero aunque lo dijo con su tono usual de broma, Hefesto notó algo distinto en su expresión. Algo más genuino. Como si, por un momento, el omnipotente y caótico ser que tenía enfrente no estuviera jugando… sino simplemente disfrutando del momento.
El autor, con las manos en los bolsillos, la observó con una sonrisa relajada.
"Sabes, sería un desperdicio que te quedes aquí encerrada todo el día."
Hefesto parpadeó y levantó la vista. "¿A qué te refieres?"
El autor extendió una mano hacia ella. "Ven conmigo. Caminemos un rato por la sede de tu familia."
Ella lo miró con cierta sospecha. "¿Y qué planeas ahora?"
El autor fingió una expresión inocente. "Nada en especial, solo disfrutar de la compañía de una buena amiga. A menos que prefieras seguir aquí encerrada con tus metales y tus herramientas…"
Hefesto entrecerró los ojos, dudando por un momento. Pero luego, sin decir nada más, limpió los restos de sus lágrimas, se cruzó de brazos y suspiró.
"Está bien. Pero si haces algo raro, te voy a lanzar a una forja encendida."
El autor sonrió con picardía. "Me gusta el peligro."
Y así, Hefesto y el autor salieron juntos, caminando por los pasillos de la sede de la familia Hefesto. Aunque ella intentaba mantener su expresión seria, era evidente que había algo diferente en su semblante. Algo más ligero. Más libre.
Apenas Hefesto y el autor comenzaron a caminar por los pasillos de la sede, los susurros no tardaron en propagarse entre los herreros de la familia.
"¿Es mi imaginación o…?"
"No, no es tu imaginación. ¡Hefesto-sama no lleva su parche!"
"¡¿QUÉ?!"
Las cabezas comenzaron a girar, las conversaciones cesaron y, en cuestión de segundos, prácticamente toda la forja estaba murmurando sobre el asunto. Algunos disimulaban trabajando, pero no podían evitar lanzar miradas furtivas. Otros simplemente se quedaron boquiabiertos al verla pasar.
"Siempre lo ha llevado… desde que tengo memoria."
"¿Se lo habrá quitado por él?"
"¿Significa eso que son aún más cercanos de lo que pensamos?"
"¡¿Hefesto-sama tiene pareja?!"
"¡¿Entonces no era un malentendido?! ¡¿De verdad están juntos?! ¡¿Era verdad que ella hablaba de su 'espada' en otro sentido?!"
Los murmullos aumentaban cada vez más, y Hefesto ya estaba sintiendo un tic nervioso en el ojo.
El autor, por su parte, estaba disfrutando la situación con una sonrisa divertida. Se inclinó un poco hacia Hefesto.
"Vaya, eres más popular de lo que pensaba."
Hefesto apretó los puños. "Tú… esto es tu culpa."
El autor se encogió de hombros con total despreocupación. "¿Por qué siempre asumes que todo es culpa mía?"
Hefesto lo miró con el ceño fruncido. Luego miró a su alrededor, notando que los chismosos no hacían más que aumentar.
Respiró hondo, como si intentara mantener la compostura… pero al final, simplemente cerró los ojos, se frotó las sienes y murmuró con resignación:
"Voy a necesitar un martillo más grande."
Cuando Hefesto y el autor finalmente llegaron a una de las salas principales de la sede, fueron recibidos por una mirada curiosa y un silbido de sorpresa.
Tsubaki, la capitana de la familia, estaba apoyada contra la pared con los brazos cruzados, observando la escena con una ceja en alto.
"Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí?"
Su ojo sano se posó en Hefesto y luego en el autor, pero rápidamente volvió a su patrona, enfocándose en su rostro.
"¿Estoy soñando o realmente no tienes el parche?" preguntó, inclinando la cabeza con una expresión entre asombro y confusión.
Hefesto suspiró, ya preparándose para otro aluvión de preguntas. "No, no estás soñando."
Tsubaki se enderezó y caminó hacia ella, observándola de cerca. Su mirada se deslizó hasta donde antes estaba la deformidad… solo para encontrar un ojo completamente normal.
"… ¿Cómo demonios pasó esto?"
Hefesto dudó un momento antes de responder, pero el autor intervino con una gran sonrisa.
"Magia."
Tsubaki lo miró con escepticismo. Luego miró a Hefesto, buscando confirmación.
Hefesto simplemente suspiró de nuevo y se frotó la sien. "Digamos que este idiota hizo lo imposible."
Tsubaki chasqueó la lengua y cruzó los brazos. "Huh. ¿Y qué más puedes hacer? ¿Reparar armas con un chasquido de dedos? ¿Forjar un filo perfecto sin necesidad de martillar?"
El autor sonrió. "Podría, pero eso le quitaría la diversión al trabajo."
Tsubaki lo miró por un momento antes de soltar una carcajada. "Bueno, al menos tienes buen sentido de lo que es importante." Luego volvió a centrarse en Hefesto, esta vez con una sonrisa más suave. "Me alegro por ti, jefa. De verdad."
Hefesto, sorprendida por la sinceridad de su capitana, desvió un poco la mirada con un leve sonrojo.
"… Gracias."
Entonces, el autor se acercó con una gran sonrisa.
"Tsubaki, querida amiga, hoy es tu día de suerte."
Tsubaki alzó una ceja. "¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?"
El autor extendió una mano y, de la nada, apareció un escudo entre sus dedos.
Tsubaki lo miró con una expresión neutral.
"… Es un escudo."
"Es un regalo," corrigió el autor con una sonrisa.
Tsubaki lo tomó, examinándolo con una mirada experta. No tenía ninguna inscripción mágica visible ni una construcción extraña. Solo parecía un escudo bien hecho, como cualquier otro que ella tenía en su arsenal.
"… Gracias," dijo con un tono que sonaba más educado que entusiasta.
El autor notó su falta de emoción y sonrió con picardía. "Oh, no te engañes por su apariencia. Este escudo es muy especial."
Ahora tenía la atención de Tsubaki.
"¿Ah, sí?"
"Este escudo es capaz de detener cualquier proyectil. Flechas, virotes, hechizos, incluso una lanza lanzada con toda la fuerza de un minotauro. Si algo viene volando hacia ti, este escudo lo bloqueará sin problemas."
Tsubaki miró el escudo nuevamente, con algo más de interés.
"Eso suena bastante útil."
"Sí, lo es," asintió el autor. "Pero…"
Tsubaki entrecerró los ojos. "¿Pero qué?"
El autor sonrió con travesura. "Solo funciona con proyectiles."
"¿… Y eso qué significa exactamente?"
"Significa que si alguien te golpea con una espada, un puño, un martillo o incluso con un pescado gigante, el escudo no hará absolutamente nada."
Tsubaki parpadeó.
Miró el escudo.
Luego miró al autor.
"… ¿Qué?"
Para comprobarlo, tomó una daga y la lanzó al escudo.
¡Clang!
La daga rebotó como si hubiera chocado contra una barrera impenetrable.
"…"
Luego, sin decir nada, levantó su puño y trató de golpear el escudo.
Su mano lo atravesó como si no existiera.
"…"
Finalmente, sacó su espada y la deslizó contra el escudo.
La hoja pasó de largo, como si estuviera cortando aire.
Tsubaki lentamente levantó la cabeza y miró al autor con una mezcla de incredulidad y exasperación.
"Déjame ver si entendí…" dijo lentamente. "Este escudo puede detener cualquier proyectil."
"Correcto."
"Pero no detiene ataques cuerpo a cuerpo."
"También correcto."
Tsubaki respiró profundamente, frotándose el puente de la nariz.
"… Esto es lo más estúpidamente útil que he visto en mi vida."
Hefesto, que había estado observando en silencio, se cruzó de brazos. "Podría tener algún uso estratégico. Si alguien la ataca con flechas o magia, sería una defensa perfecta."
Tsubaki dejó escapar un suspiro y, tras unos segundos de reflexión, se colgó el escudo en la espalda.
"… Está bien, lo tomaré. Pero si muero porque un goblin me apuñaló mientras trataba de bloquear con esta cosa, voy a atormentarte desde la otra vida."
El autor le guiñó un ojo. "Ah, pero eso asumiría que podrías atraparme."
Tsubaki bufó, pero no pudo evitar sonreír un poco.