El autor caminaba tranquilamente por un bosque frondoso, sin preocuparse en lo más mínimo por cómo o cuándo había salido de Orario. Porque, sinceramente, ¿importaba? Él era el autor, la lógica tenía la misma relevancia que una papa en una batalla de dragones.
Entonces, de la nada, vio una zanja en el suelo.
Se quedó mirándola fijamente.
"…Porque no?"
Y sin pensarlo dos veces, saltó dentro.
El autor siguió cayendo.
Y cayendo.
Y cayendo.
"…Guau, esta zanja es profunda."
Sacó un reloj de bolsillo (que no tenía antes) y miró la hora.
"¿Llevo cayendo 3 minutos? Eso ya es ridículo."
Pero siguió cayendo.
El autor finalmente tocó el suelo con un suave plop, como si hubiera bajado un escalón en lugar de caer cientos de metros.
Delante de él, la inmensa criatura movió sus enormes pinzas con un chasquido amenazante. Su cola, del tamaño de un poste de luz, se alzaba lista para atacar. Era un escorpión colosal, del tamaño de una casa pequeña, y su exoesqueleto brillaba con un tono negro azabache.
"Bueno… eso es nuevo," murmuró el autor, llevándose una mano a la barbilla.
Sin embargo, lo que más llamó su atención no fue el escorpión en sí, sino lo que había en su lomo. Un enorme cristal incrustado en su caparazón emitía un resplandor tenue, y dentro de él…
El autor entrecerró los ojos, acercándose un poco más.
"…¿Espera, es una persona?"
Dentro del cristal, una mujer estaba atrapada. Tenía el cabello azul y un atuendo blanco con detalles en celeste. Su expresión era serena, casi como si estuviera dormida, pero el cristal parecía pulsar levemente, como si estuviera absorbiendo algo de ella.
El autor chasqueó los dedos.
"¡Ohhh, ya sé quién eres! ¡Eres Artemisa!"
El escorpión respondió con un rugido gutural.
Antares no pareció muy emocionado de que el autor reconociera a su rehén, porque en cuanto escuchó el nombre "Artemisa", el escorpión soltó un rugido gutural y atacó.
Su enorme pinza cayó como un martillo sobre el autor… solo para golpear el suelo vacío.
"Uf, casi. Pero no lo suficiente," dijo el autor, ahora sentado sobre la cabeza del escorpión como si nada.
Antares chasqueó las pinzas con furia y luego hizo algo inesperado. De su espalda salieron pequeños escorpiones… bueno, "pequeños" era relativo, porque cada uno era del tamaño de un perro mediano.
"¿¡Minions!? ¡Eso es trampa!" exclamó el autor, señalando con indignación.
Los escorpiones soltaron chillidos y se lanzaron hacia él, listos para despedazarlo.
El autor suspiró. "Bueno, supongo que es hora de devolver el golpe…"
Antares golpeó con su pinza, y el autor simplemente desapareció de su vista.
Luego apareció sobre su cola.
"¡Oh, vamos! ¿Eso es todo lo que tienes? Hasta los gusan—"
Un aguijonazo venenoso casi lo atraviesa.
"¡WOAH! ¡Eso fue rápido! ¡Me gusta!" El autor aterrizó en el suelo con una sonrisa emocionada. "Vamos de nuevo."
Antares rugió y lanzó a sus miniescorpiones hacia él.
El autor saltó, esquivándolos como si estuviera jugando a la cuerda, y luego aterrizó sobre la cabeza de uno, dándole golpecitos como si fuera una mascota.
"Buen chico. Ahora rueda."
El escorpión, confundido, simplemente se quedó ahí.
"¿No? Bueno, tenía que intentarlo."
Antares chasqueó sus pinzas con furia y corrió hacia él.
El autor esperó hasta el último segundo… y luego se deslizó entre sus patas, saliendo por el otro lado sin un rasguño.
"¡Wheeeee~! Esto es divertido."
Antares golpeó con su cola, lanzó un enjambre de mini escorpiones, trató de aplastarlo con su peso… pero el autor siempre se le escapaba.
Saltando, esquivando, bailando, incluso en un punto le trepó por la espalda y le dio una palmadita.
"Buen intento, pero no me puedes tocar~"
Antares rugió de frustración.
Artemisa, atrapada en el cristal, solo podía ver todo con una mezcla de confusión y esperanza.
"¿E-este hombre en serio está… jugando con Antares?"
Antares, completamente frustrado, golpeó el suelo con su pinza, haciendo temblar toda la zanja.
El autor simplemente estaba sentado sobre uno de los mini escorpiones, con una pierna cruzada sobre la otra.
"Vamos, amigo, ¿eso es todo? Pensé que eras una amenaza de nivel mundial. Pero con este desempeño…" Se inclinó un poco hacia adelante, con una sonrisa burlona. "Creo que hasta un slime podría hacer un mejor trabajo."
Antares rugió con furia, su cuerpo se cubrió con una energía oscura, y de repente se movió a una velocidad que no parecía posible para algo de su tamaño.
El autor parpadeó.
Y luego Antares lo golpeó de lleno con su pinza.
Hubo un estruendo ensordecedor.
El suelo se hundió, el aire vibró y el impacto levantó una nube de polvo.
Artemisa sintió su corazón detenerse.
"¿¡Lo atrapó!? ¿¡No pudo esquivar eso!?"
Antares chasqueó sus pinzas, satisfecho. Finalmente, ese molesto humano había sido aplastado.
Pero entonces…
"¡JEJEJE! ¡ESE FUE BUENO!"
La voz del autor sonó desde la nube de polvo.
Y cuando esta se disipó…
Él estaba ahí.
De pie.
Con los brazos cruzados.
Completamente ileso.
Sonriendo.
Antares se quedó inmóvil por un segundo.
El autor inclinó la cabeza.
"Mi turno."
Y entonces desapareció.
Reapareció justo sobre la cabeza de Antares, levantó un dedo y le dio un leve golpecito.
"Boop."
La criatura, que era más grande que una casa, salió disparada hacia un costado como si le hubieran dado un golpe con una montaña.
El impacto reventó la roca y dejó una grieta enorme en la zanja.
Los mini escorpiones se quedaron quietos.
Antares quedó aturdido.
Y Artemisa…
Ella solo lo miraba con los ojos abiertos como platos.
"¿Q-qué…?"
El autor se sacudió las manos.
"Bueno, eso fue divertido. Ahora, ¿cómo saco a la diosa atrapada en el cristal?"
Artemisa abrió los ojos de par en par al ver al autor acercarse al cristal.
"¡Espera! ¡No lo hagas!"
El autor la miró con curiosidad. "¿Por qué no?"
"Este cristal es una prisión. Yo… no puedo salir de aquí. Y si entras… tampoco podrás hacerlo."
El autor se quedó en silencio por un momento.
Luego, con una sonrisa, dio un paso adelante y atravesó la barrera sin dudarlo.
Artemisa extendió la mano para detenerlo, pero fue demasiado tarde.
El cristal brilló y el autor desapareció en su interior.
"¡No…!"
La diosa sintió una mezcla de desesperación y frustración. ¿Por qué había hecho algo tan insensato? ¿Ahora los dos estaban atrapados para siempre?
Pero entonces…
El autor apareció a su lado dentro del cristal, mirándose las manos con interés.
"Vaya, es bastante espacioso aquí. Aunque la decoración es un poco… escasa."
Artemisa lo miró con incredulidad.
"¿¡Por qué hiciste eso!? Ahora… ahora tú también estás atrapado."
El autor parpadeó y luego sonrió.
"Ah, no te preocupes. Solo quería ver cómo era desde dentro."
Artemisa suspiró, sintiendo un peso en su pecho. "Lo siento… de verdad lo siento. No debiste hacer esto."
El autor se encogió de hombros.
"Bueno, ahora somos compañeros de celda. Aunque…"
Golpeó el cristal con un dedo.
"…me pregunto qué pasaría si simplemente…"
Y con total despreocupación, caminó hacia el borde del cristal y salió como si la barrera nunca hubiera existido.
Artemisa sintió que su mente se apagaba por un momento.
Él… simplemente… salió.
"¿Eh?"
El autor volvió a entrar.
Salió otra vez.
Entró.
Salió.
Miró a Artemisa con una sonrisa burlona.
"Creo que tu prisión está rota."
Antares, al ver que el autor estaba dentro del cristal, dejó de atacar y soltó un chasquido con sus pinzas, como si estuviera satisfecho.
Parecía que daba por hecho que el autor ya no era una amenaza.
Mientras tanto, Artemisa estaba congelada, observando cómo el autor entraba y salía del cristal como si fuera la cosa más normal del mundo.
Ella misma había intentado escapar muchas veces, había golpeado la barrera, había intentado usar su poder divino… nada funcionó. Pero él…
El autor salió del cristal nuevamente, estirándose como si acabara de despertarse de una siesta.
"Bueno, estuvo divertido. Pero dime, ¿cuánto tiempo llevas atrapada aquí?"
Artemisa tardó en reaccionar, todavía en shock.
"Yo… no lo sé. Perdí la cuenta."
El autor asintió, como si eso fuera normal.
"Vaya, debió ser aburrido."
Artemisa no respondió. Solo lo miraba, tratando de procesar lo que acababa de ver.
Mientras tanto, Antares seguía inmóvil, creyendo que su cautivo seguía atrapado.
El autor le echó un vistazo al escorpión gigante y luego a Artemisa.
"Entonces… ¿quieres salir de ahí o piensas quedarte un rato más?"
Artemisa abrió la boca, pero no tenía palabras.
Este tipo… ¿quién demonios era?
El autor volvió a entrar en la prisión de cristal como si nada, flotando en el aire y sentándose con las piernas cruzadas, como si estuviera en una cómoda silla invisible.
Artemisa simplemente lo miraba, todavía sin saber qué decir.
"…¿Cómo…? ¿Cómo puedes moverte libremente?"
El autor sonrió.
"Ah, es que yo juego con las reglas de la realidad como si fueran opcionales."
Artemisa frunció el ceño.
"Eso no tiene sentido."
"Exacto."
El autor le guiñó un ojo y sacó un paquete de palomitas de la nada, ofreciéndole algunas.
"¿Quieres? No sé cuánto tiempo llevas atrapada aquí, pero apuesto a que no has comido algo decente en mucho tiempo."
Artemisa dudó, pero su estómago gruñó antes de que pudiera responder.
El autor soltó una carcajada.
"Jaja, tu cuerpo te traicionó. Toma."
Artemisa suspiró y tomó un poco. Aunque todavía estaba confundida, lo cierto era que este extraño sujeto era lo más interesante que le había pasado en mucho tiempo.
Artemisa suspiró mientras comía lentamente las palomitas que el autor le había ofrecido. Había pasado tanto tiempo atrapada en este lugar que ya ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado.
El autor, mientras tanto, flotaba en el aire con una expresión relajada, como si estuviera de visita en un parque y no en la prisión de un monstruo gigante con potencial de acabar con el mundo.
"Así que… ¿cómo terminaste aquí?" preguntó casualmente.
Artemisa lo miró con una mezcla de cansancio y tristeza.
"Vine aquí con mi familia," comenzó, su voz cargada de dolor. "Habíamos recibido rumores de una anomalía en esta región… Algo que podría volverse peligroso."
El autor asintió, dándole una señal para que continuara.
"Cuando llegamos, no tuvimos oportunidad de reaccionar. Ese monstruo, Antares, nos emboscó con su horda de crías. No importó cuán fuertes fueran mis aventureras… una por una, todas cayeron."
Sus puños se apretaron.
"Mis valientes seguidoras, aquellas que confiaron en mí, fueron masacradas. Y yo…" Su voz se quebró por un momento, pero se recompuso rápidamente. "Yo fui capturada. No me mató. En su lugar, me encerró en este cristal. Al principio no entendía por qué, pero luego lo descubrí."
El autor la miraba con curiosidad genuina.
"¿Y qué descubriste?"
Artemisa cerró los ojos con amargura.
"Antares está absorbiendo mis poderes divinos. El puede drenarme. Cada segundo que paso aquí, él se vuelve más fuerte. Si esto continúa, eventualmente alcanzará un nivel en el que podría convertirse en una calamidad mundial."
El autor asintió lentamente, como si estuviera absorbiendo la información… o como si estuviera pensando en algo completamente distinto.
"Eso suena bastante grave," comentó, metiéndose más palomitas a la boca.
Artemisa lo miró con incredulidad.
"¡¿Eso es todo lo que tienes que decir?!"
"Bueno, sí," respondió encogiéndose de hombros. "Digo, me acabas de contar un lore bastante denso, lo mínimo que puedo hacer es procesarlo con calma."
Artemisa suspiró, masajeándose las sienes.
"Escucha, no sé quién eres ni cómo es que no te afecta la prisión de Antares, pero si de verdad puedes moverte libremente… por favor, ayuda al mundo antes de que sea demasiado tarde."
El autor sonrió.
"¿Antes de que sea demasiado tarde? Nah, tranqui, todavía hay margen. Este tipo aún no ha alcanzado su fase de 'matar dioses y destruir ciudades', ¿cierto?"
Artemisa sintió un escalofrío.
"¿C-cómo puedes decir eso tan casualmente…?"
"Porque lo he visto muchas veces," respondió con una sonrisa misteriosa. "Siempre es lo mismo, el villano absorbe un poder prohibido, se vuelve un problema, la gente se preocupa, y al final alguien lo revienta de una manera espectacular."
Artemisa no sabía si sentirse tranquila o más preocupada por la actitud del autor.
Artemisa lo miraba con incredulidad. ¿Qué clase de lógica era esa? ¿Decía que esto era un ciclo repetitivo? Como si las calamidades solo fueran parte de un guion predecible.
"…¿Estás diciendo que todo esto es normal para ti?" preguntó, incapaz de contener su confusión.
El autor asintió con una sonrisa.
"Sí. Digo, mira esto objetivamente: un monstruo ultra raro y mega poderoso aparece, una diosa es capturada, la amenaza crece con el tiempo, y alguien tiene que detenerlo antes de que sea demasiado tarde. Si te lo cuento así, ¿a poco no suena como la trama de un RPG?"
Artemisa parpadeó.
"…No sé qué es un RPG."
El autor la miró con lástima, como si acabara de ver a un niño decir que nunca había probado la pizza.
"Ugh, qué triste," murmuró. "Bueno, en términos simples, es un patrón de eventos que, cuando lo ves lo suficiente, ya sabes qué esperar. De hecho, estoy 90% seguro de que en algún momento Bell Cranel y compañía van a venir a resolver esto."
Artemisa frunció el ceño.
"¿Bell Cranel? ¿Quién es ese?"
El autor se rascó la cabeza.
"Ah, cierto, en esta línea temporal todavía no lo conoces… Bueno, en resumen, es un mocoso con el poder del guion de su lado. Si él llega aquí, tiene un 99.9% de probabilidades de vencer a Antares."
La diosa sintió que su cabeza dolía más con cada palabra.
"Pero eso es ridículo. No hay manera de que un aventurero común derrote a Antares. Este monstruo es una calamidad en crecimiento, ¡ni siquiera la familia Loki podría derrotarlo en su estado actual!"
El autor sonrió con malicia.
"¿Quieres apostar?"
Artemisa abrió la boca para responder… pero algo dentro de ella le dijo que no debía aceptar ese desafío.
Suspiró, frotándose el rostro con ambas manos.
"Entonces, si crees que Bell Cranel vendrá a salvar el día, ¿por qué estás aquí?"
El autor hizo un giro en el aire, flotando boca abajo mientras la veía con una expresión casual.
"Porque me caí en una zanja y decidí seguir cayendo."
Artemisa sintió un tic en su ojo.
"¿…Me estás diciendo que llegaste aquí por accidente?"
El autor levantó un dedo.
"Incorrecto. Llegué aquí por destino."
La diosa se llevó una mano al rostro, tratando de procesar la absoluta falta de sentido en esa respuesta.
"…Estoy atrapada con un loco."
El autor se rió.
"Eh, técnicamente estamos atrapados en el mismo lugar, pero solo uno de los dos puede salir cuando quiera."
Artemisa lo fulminó con la mirada.
"¡Entonces sácame de aquí!"
El autor chasqueó la lengua y sacudió la cabeza.
"Ah, no puedo hacer eso."
"¿Qué?"
"Si te saco ahora, entonces Bell y compañía no tendrán un arco de desarrollo enfrentándose a Antares. No querrás robarles su momento de gloria, ¿o sí?"
Artemisa sintió que le subía la presión.
"¡¿En qué mundo tiene sentido lo que estás diciendo?!"
El autor sonrió ampliamente.
"En el mío."
Artemisa entrecerró los ojos mientras procesaba lo que acababa de escuchar.
El autor había dicho "no puedo", pero…
"…En realidad es que no quieres, ¿verdad?"
El autor silbó como si ella hubiera acertado en una prueba complicada.
"Ding ding ding~ Tenemos una ganadora."
La diosa sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
"¿Por qué?" preguntó, con un tono que oscilaba entre la incredulidad y la furia contenida. "Si puedes sacarme, ¿por qué no lo haces?"
El autor le dio una mirada como si estuviera explicando algo obvio.
"Porque no tendría gracia."
Artemisa lo miró como si hubiera perdido la cabeza.
"¿Gracia?" repitió.
"Ajá."
La diosa apretó los puños.
"¡¿Estás diciendo que me dejarás aquí porque sería 'aburrido' si me sacas?!"
El autor asintió.
"Bingo."
Artemisa sintió que quería estrellar la cabeza contra la prisión de cristal.
"¿Qué clase de lógica es esa?"
El autor se encogió de hombros.
"Mira, Artemisa, en este mundo hay algo llamado narrativa. Si yo llego y lo resuelvo todo en cinco segundos, ¿dónde está la emoción? ¿El clímax? ¿El crecimiento de los personajes? ¿El sacrificio heroico? ¿El discurso emotivo antes de la batalla final?"
La diosa respiró hondo.
"Me importa un carajo la narrativa, ¡sácame de aquí!"
El autor suspiró, sacudiendo la cabeza como si ella estuviera siendo irrazonable.
"Vaya, qué poco compromiso con la historia. No me extraña que no tengas tanto tiempo en pantalla."
"¡¿QUÉ?!"
"Digo, eres una diosa linda y todo, pero comparada con las demás, casi no apareces. No eres ni Loki ni Freya, así que en términos de relevancia, estás en un nivel inferior."
Artemisa sintió que su orgullo era golpeado con un mazo.
"¡¿Eso qué tiene que ver?!"
El autor sonrió.
"Todo. Mira, si quieres más protagonismo, tienes que aprovechar esta oportunidad. Bell y sus amigos vendrán a salvarte, serás la damisela en apuros con impacto emocional y todos te recordarán más."
Artemisa se quedó en silencio.
"Pero… ¿no hay otra manera?" preguntó, casi en un susurro.
El autor se llevó la mano al mentón, como si realmente estuviera considerando su petición.
"Bueno… podría hacer que tú misma derrotes a Antares y salgas de aquí por tu cuenta."
Artemisa abrió los ojos con esperanza.
"¡Sí! ¡Eso sería perfecto!"
El autor chasqueó los dedos.
"Pero eso arruinaría el clímax del arco."
La diosa sintió que un tic nervioso le recorría el ojo.
"Voy a matarte."
El autor se rió.
"Sería una gran hazaña, pero recuerda que soy omnipotente. Así que, técnicamente, no puedes."
Artemisa se dejó caer sobre el suelo de cristal, rindiéndose por el momento.
"Estoy atrapada con un loco."
El autor flotó a su lado, cruzándose de brazos.
"Créeme, todos dicen eso en algún momento."
El autor flotaba tranquilamente en la prisión de cristal, con las manos detrás de la cabeza y una sonrisa juguetona.
"Sabes, Artemisa, estuve pensando…"
La diosa lo miró con desconfianza.
"Eso suena peligroso."
El autor ignoró su comentario y continuó.
"Pueeede que considere matar a Antares y liberarte si…"
Se hizo un pequeño silencio dramático mientras él sonreía.
"…me das un beso."
Artemisa se quedó en blanco por un momento.
"…¿Perdón?"
El autor asintió, como si su propuesta tuviera perfecto sentido.
"Sí, sí. Como en los cuentos de hadas antiguos. La princesa besa al héroe, ¡pum! Se rompe la maldición, el villano muere y todos viven felices para siempre."
Artemisa lo miró con incredulidad.
"¿Estás diciendo que me salvarás si te doy un beso?"
El autor puso una expresión pensativa.
"Hmmm… No, no, no. No dije que te salvaría. Dije que lo consideraría."
Artemisa sintió un tic en el ojo.
"…¿Quieres que arriesgue el destino del mundo por un beso que ni siquiera garantiza mi salvación?"
El autor chasqueó los dedos.
"Exactamente. Me alegra que lo entiendas."
La diosa apretó los puños.
"Eres… increíblemente molesto."
"Gracias."
"¡No era un cumplido!"
El autor sonrió.
"Vamos, Artemisa, es solo un beso. ¿Qué es un pequeño sacrificio por el bien del mundo?"
La diosa lo fulminó con la mirada.
"Si realmente fueras un héroe, harías lo correcto sin condiciones."
El autor se encogió de hombros.
"Ah, pero no soy un héroe. Soy el autor. Y los autores pueden ponerle precio a la salvación."
Artemisa cruzó los brazos.
"¿Y qué pasa si me niego?"
El autor sonrió aún más.
"Entonces seguiré divirtiéndome un rato más."
Artemisa sintió un escalofrío.
"…¿Qué quieres decir con eso?"
El autor flotó alrededor de ella con una expresión de puro caos.
"Oh, ya verás."
Artemisa lo miró con una mezcla de frustración y resignación. No podía creer que estuviera cediendo a esto, pero considerando la situación, tampoco veía otra opción.
Con un suspiro pesado, se acercó al autor, quien sonreía con absoluta satisfacción.
"Más te vale cumplir tu palabra."
Y sin más, le dio un beso en la mejilla.
El autor parpadeó, llevó una mano a su mejilla y sonrió aún más.
"Me sirve."
Artemisa sintió un pequeño alivio, pero al mismo tiempo, un poco de vergüenza.
"…¿Eso era todo lo que querías?"
El autor se estiró, como si acabara de despertarse de una siesta, y asintió.
"Sí, ¿por qué? ¿Esperabas algo más?"
Artemisa sintió el impulso de darle un puñetazo, pero se contuvo.
"Solo… vete ya."
El autor chasqueó los dedos y salió flotando de la prisión de cristal como si nunca hubiera estado atrapado en primer lugar.
"¡Avanza y ayúdame rápido!" Artemisa dijo algo asombrada e indignada "¡Era que hagas eso desde un principio!"
El autor se giró en el aire con una expresión inocente.
"Bueno, sí. Pero si me iba antes, no me hubieras dado el beso."
Artemisa se llevó una mano a la cara, reprimiendo las ganas de gritar.
Pero antes de que pudiera decir algo más, el autor cayó en picada hacia Antares.
El gigantesco escorpión, que hasta ahora se había mantenido tranquilo al creer que el autor estaba atrapado, de repente notó su presencia nuevamente y chilló con furia. Sus enormes pinzas se alzaron, listas para destrozarlo, mientras su único ojo brillaba con un tono mortífero.
El autor, sin embargo, solo sonreía.
"Hora de trabajar."
Antares lanzó un rugido y liberó otra oleada de sus escorpiones gigantes, que se abalanzaron sobre el autor como una marea de muerte.
El autor estiró un dedo.
Pum.
En un instante, los escorpiones explotaron en una lluvia de arena.
Antares se quedó en shock por un segundo antes de enfurecerse aún más, su cuerpo titilando con una energía oscura que absorbía de Artemisa.
Pero el autor simplemente extendió una mano y, con un chasquido de dedos, la conexión entre Antares y Artemisa se cortó.
Artemisa sintió cómo su energía dejaba de drenarse y miró al autor con los ojos muy abiertos.
"¿Acabas de—?"
El autor le guiñó un ojo.
"Obvio."
Antares, por su parte, sintió la pérdida de poder al instante. Su cuerpo tembló y rugió con desesperación, intentando aferrarse a la energía que ya no podía absorber.
El autor flotó hasta quedar justo frente a sus múltiples ojos brillantes y sonrió.
"Bueno, amigo, fue divertido… pero la historia dice que debes morir."
Antares intentó atacarlo con todo lo que tenía, lanzando sus pinzas y su aguijón en un ataque desesperado.
Pero el autor solo levantó un dedo.
Poke.
En cuanto tocó a Antares, el gigantesco escorpión se desmoronó en polvo, desintegrándose sin dejar rastro.
Artemisa lo observó con la boca ligeramente abierta.
"…¿De verdad solo lo tocaste?"
El autor sopló su dedo como si hubiera disparado un arma.
"Sí."
Artemisa lo siguió mirando, tratando de procesar lo que acababa de presenciar.
"…Voy a fingir que eso tuvo sentido."
El autor aterrizó junto a ella y sonrió.
"Eso es lo mejor que puedes hacer."
Artemisa suspiró, pero por primera vez en mucho tiempo, sintió un gran alivio. Antares estaba muerto, su poder ya no se drenaba y finalmente estaba libre.
Miró al autor, quien le devolvió la mirada con su típica sonrisa despreocupada.
"…Gracias."
El autor le guiñó un ojo.
"De nada, princesa."
Artemisa apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el autor la tomara en brazos en una clásica postura de princesa.
La diosa parpadeó.
"…¿En serio?"
El autor sonrió.
"Irónico, ¿verdad?"
Antes de que Artemisa pudiera responder, sintió que sus pies ya no tocaban el suelo. Se elevaban.
¿Está… volando?
El viento comenzó a silbar a su alrededor mientras el autor ascendía como si la gravedad fuera solo una sugerencia. Artemisa sintió su estómago dar un vuelco cuando miró hacia abajo y vio la profundidad de la caverna alejándose rápidamente.
"¡Podrías haber advertido antes de despegar!"
El autor rió.
"¿Y perderme tu reacción? Nah."
Artemisa suspiró con resignación, pero no pudo evitar aferrarse un poco más fuerte a él mientras volaban hacia la superficie.
Mientras seguían ascendiendo, el autor miró a Artemisa con curiosidad.
"Y bueno, ahora que eres libre… ¿qué vas a hacer?"
Artemisa desvió la mirada.
"No lo sé."
El autor arqueó una ceja.
"Tu familia está… bueno, muerta. Y tampoco tenían conexiones con ninguna ciudad. ¿Piensas vagar sola por el mundo como una de esas diosas misteriosas en historias trágicas?"
Artemisa apretó los labios.
"… No lo había pensado."
El autor la miró fijamente por un momento antes de encogerse de hombros.
"Bueno, siempre puedes hacer lo que hacen todos los dioses aburridos y meterte en Orario."
Artemisa frunció el ceño.
"No me interesa una ciudad llena de aventureros buscando fama y fortuna."
El autor sonrió.
"Entonces, ¿qué harás? ¿Volver a cazar monstruos sola?"
Artemisa suspiró.
"Si es necesario."
El autor ladeó la cabeza.
"¿Sabes? Podrías quedarte conmigo por un tiempo."
Artemisa lo miró, confundida.
"… ¿Qué?"
"Sí, podríamos hacer muchas cosas juntos. Como cazar monstruos, explorar lugares interesantes, o molestar a la gente en Orario con mi existencia."
Artemisa entrecerró los ojos.
"No sé si eso último sea una ventaja."
"Pero suena divertido."
Artemisa suspiró.
"… Lo pensaré."
El autor pensó por un momento mientras seguían ascendiendo.
"Hmm… ¿dónde dejarte mientras lo piensas?"
Artemisa cruzó los brazos. "No soy un paquete que puedas dejar en cualquier lado."
El autor sonrió. "Podría llevarte a Orario y dejarte en la sede de alguna familia… pero dijiste que no te interesa."
Artemisa asintió.
"Podría construirte una cabaña en el bosque y dejarte como una ermitaña."
Artemisa frunció el ceño.
"Podría dejarte en el piso 18, en Rivira. Ahí hay aventureros y un ambiente más relajado."
Artemisa suspiró pesadamente mientras el autor seguía enumerando opciones absurdas.
"Podría dejarte en medio de un desierto y ver si te adaptas como una nómada."
"Podría enviarte al mar y que te conviertas en una ermitaña isleña."
"Podría ponerte en una montaña y decirle a los aventureros que eres una sabia divina."
Artemisa cerró los ojos con frustración. "… Está bien, iré a Orario."
El autor sonrió triunfante. "¡Sabía que aceptarías! Orario es la mejor opción, después de todo."
Artemisa bufó. "No, simplemente todas tus opciones eran terribles."
El autor se encogió de hombros. "Detalles."
…
El centro de Orario era un lugar concurrido, pero pocas veces veía algo como esto.
Con un destello repentino, el autor apareció en medio de la plaza frente a la Torre de Babel, cargando a Artemisa en brazos como si fuera su recién casada.
El bullicio se detuvo. Aventureros, comerciantes y transeúntes quedaron en shock, observando la escena con incredulidad.
"¿¡QUÉ!?"
"¡¿Quién demonios es esa mujer?!"
"¡¿Por qué parece una diosa?!"
"¿Por qué siempre pasa algo raro cuando él está cerca?"
Algunos aventureros de la familia Loki, que casualmente estaban cerca, se quedaron boquiabiertos.
"…No puede ser." Tiona se frotó los ojos. "¿El autor consiguió esposa antes que yo?"
Bete, con su característico mal humor, chasqueó la lengua. "¡Ese tipo otra vez haciendo estupideces…!"
Mientras tanto, el autor sonreía, disfrutando de la atención. "¡Gente de Orario! ¡He regresado de mi viaje! ¡Y traje un souvenir!"
Artemisa, completamente avergonzada, deseaba desaparecer en ese mismo instante.
Los murmullos aumentaron mientras más personas se acercaban a ver la escena. Los aventureros del gremio, los comerciantes de la plaza, incluso algunos miembros de familias poderosas empezaban a susurrar entre ellos.
"¿Eso es… una diosa?"
"¡Se parece a Artemisa, pero creí que su familia estaba fuera de Orario!"
"¿Por qué la está cargando así?"
"¡Debe ser una especie de declaración de amor pública!"
Artemisa se estremeció al escuchar eso. "¡O-Oye! ¡Bájame ahora mismo! ¡Estás dando la impresión equivocada!"
El autor miró a su alrededor, notando la creciente multitud. "Oh, cierto. No hemos hecho esto lo suficientemente dramático."
Antes de que Artemisa pudiera responder, el autor giró sobre sí mismo y la cargó con una sola mano, sosteniéndola en alto como si fuera un trofeo.
"¡HE RESCATADO A ESTA DAMISELA EN APUROS DE LAS GARRAS DEL MAL! ¡FESTEJEN MI HEROICIDAD!"
Un silencio sepulcral cayó sobre la plaza.
Artemisa abrió la boca para protestar, pero en su interior ya se había rendido.
Tiona, al ver esto, se cruzó de brazos y frunció el ceño. "No sé si envidiarla o sentir lástima."
Riveria suspiró mientras masajeaba su sien. "Esto va a ser problemático…"
Loki, que también estaba cerca, sonrió con diversión. "Heh… ahora sí quiero saber cómo llegó a esto."
En ese momento, una nueva voz irrumpió en la escena.
"¡AUTOR!"
El autor giró la cabeza justo a tiempo para ver a Eina Tulle, la recepcionista del gremio, acercándose furiosa.
"¡¿QUÉ DEMONIOS HICISTE AHORA?!"
Eina Tulle estaba realmente cansada.
Había días en los que se preguntaba por qué seguía trabajando en el gremio cuando cada semana ocurría algo que la obligaba a rellenar montañas de papeleo sobre destrucción de la propiedad pública, incidentes con deidades o, peor aún, caos generalizado causado por cierta entidad que se hacía llamar "el Autor".
Y hoy… hoy era uno de esos días.
"¡AUTOR!" gritó con toda la fuerza de sus pulmones mientras avanzaba con pasos pesados hacia la fuente de su estrés.
El autor, viendo la situación, decidió que era el momento de dejar el escenario antes de que Eina intentara matarlo con la mirada. Bajó a Artemisa con suavidad y le dio unas palmaditas en el hombro.
"El gremio probablemente te deje quedarte en Orario, ya que eres una diosa sin familia ahora. Seguro Eina te lo explicará."
Artemisa, aún algo confundida por todo lo que estaba pasando, solo asintió lentamente.
Eina llegó justo cuando el autor metía la mano en su bolsillo y sacaba un par de lentes de sol, colocándoselos con toda la calma del mundo.
"¿Qué—?"
Antes de que pudiera terminar su frase, el autor alzó la cabeza y dejó salir una última frase con voz profunda mientras sus ojos brillaban en un rojo intenso.
"Volveré."
Y desapareció.
Eina se quedó con la boca abierta, temblando ligeramente de la ira reprimida.
Artemisa, por su parte, solo suspiró. "¿Siempre es así?"
Eina tardó unos segundos en responder, antes de cruzarse de brazos y bufar.
"No tienes idea."