Artemisa suspiró, removiendo ligeramente la comida en su plato mientras evitaba mirar al frente.
El restaurante entero estaba en silencio. Cada cliente, mesero e incluso el chef se habían detenido para observar la escena con absoluta incredulidad.
El Autor, con una sonrisa confiada, sostenía su copa con elegancia, dándole un pequeño giro antes de tomar un sorbo.
"Artemisa, ¿por qué luces tan incómoda? ¿Acaso no la estás pasando bien?" preguntó, como si no entendiera que todo el mundo los estaba observando como si hubieran visto a un monstruo en plena calle.
Artemisa desvió la mirada, apretando los labios.
"…Sigo sin entender por qué acepté esto."
Una risa salió del Autor mientras apoyaba la cabeza en su mano. "Porque soy encantador."
"No lo eres."
"Entonces porque no tenías opciones."
Artemisa frunció el ceño. No podía refutarlo. ¿Dónde más podría ir? Técnicamente, ahora vivía en Orario gracias a él, y tampoco tenía muchos contactos. Además, considerando que este sujeto podía aparecer en cualquier lugar y hacer lo que le diera la gana, probablemente la habría molestado hasta que aceptara.
"Si eso te preocupa, relájate." El Autor hizo un ademán con la mano. "No es como si esto fuera una cita real o algo así."
La diosa parpadeó y lo miró fijamente.
"…¿No lo es?"
Hubo un momento de silencio.
"…¿Tú querías que lo fuera?"
"…"
"…"
"¡No!"
"¡Ja! ¡Lo pensaste demasiado!"
"¡Cállate!"
El Autor se rió, pero antes de que pudiera decir algo más, un mesero se acercó, notablemente tenso.
"Disculpen, pero… ¿qué van a ordenar?" preguntó con voz temblorosa.
El Autor sonrió y miró a Artemisa.
"Pide lo que quieras. La casa invita."
"…Este restaurante no es tuyo."
"Ahora lo es."
El mesero tragó saliva, mirando con nerviosismo al Autor, quien le sonreía con una tranquilidad irritante. Artemisa, por su parte, suspiró, resignándose a seguirle el juego.
"…Solo quiero algo ligero. Una ensalada estará bien."
El Autor chasqueó la lengua. "Tch. Diosa de la caza, ¿y pides ensalada? ¿Qué pasa con un buen filete? ¿Algo con más sustancia?"
"¿Y qué?"
"Que eso es un insulto a tu imagen. ¡Eres la gran Artemisa! ¡La diosa cazadora! ¡Tu comida debería ser un venado asado con especias exóticas, no pasto con aderezo!"
Artemisa rodó los ojos. "Entonces pediré lo que tú quieras."
El Autor sonrió. "Excelente. Tráiganle un venado entero."
El mesero palideció. "S-Señor… eso no está en el menú."
"¿Y qué? Lo estará en cinco minutos."
El mesero miró nervioso al Autor, luego a Artemisa, y después al chef en la cocina, quien asomaba la cabeza con el rostro pálido.
"Yo… veré qué podemos hacer…"
El mesero se retiró casi corriendo. Artemisa se llevó la mano a la cara, ya sintiendo el dolor de cabeza formándose.
"…Me arrepiento de haber aceptado esto."
El Autor se rió. "Demasiado tarde."
En ese momento, un grupo de aventureros en una mesa cercana murmuraba entre sí, lanzando miradas en su dirección. Uno de ellos, aparentemente el más valiente o el más estúpido, se levantó y caminó hacia ellos con una sonrisa confiada.
"Disculpen si interrumpo, pero… ¿eres Artemisa, la diosa?" preguntó con curiosidad.
Artemisa lo miró con desconfianza. "Sí."
El aventurero sonrió aún más. "Vaya, nunca pensé que vería a una diosa tan hermosa en un lugar como este."
El Autor dejó de beber de su copa y miró al aventurero con una ceja levantada.
Artemisa mantuvo su expresión seria. "Gracias… supongo."
El aventurero se inclinó un poco más. "Es curioso, porque no recuerdo que tu familia estuviera en Orario. ¿Por qué no vienes con nosotros? Estoy seguro de que estarías más cómoda en nuestra compañía."
Artemisa entrecerró los ojos. Antes de que pudiera responder, el Autor golpeó suavemente la mesa con los nudillos y sonrió ampliamente.
"Amigo, te agradezco la cortesía, pero estás interrumpiendo nuestra cena."
El aventurero lo miró por primera vez, como si apenas se diera cuenta de su existencia. "¿Y tú quién eres?"
El restaurante entero contuvo la respiración.
El Autor sonrió aún más. "Oh, nadie importante. Solo el tipo que puede hacer que tu ropa se vuelva transparente en este instante."
El aventurero se congeló.
"¿…Q-Qué?"
El Autor chasqueó los dedos.
Un segundo después, el aventurero gritó y se tapó con las manos, porque, efectivamente, su ropa se había vuelto completamente transparente.
Hubo un momento de silencio.
Luego, estalló el caos.
El restaurante entero explotó en carcajadas. Los aventureros en la otra mesa se golpeaban la espalda unos a otros, ahogándose de la risa. Algunos clientes apenas podían respirar de tanto reír, mientras otros intentaban, sin éxito, contener las lágrimas.
El aventurero, ahora completamente desnudo ante los ojos de todos, trató de cubrirse con las manos y salió corriendo del restaurante a toda velocidad, dejando atrás su dignidad y probablemente su voluntad de vivir.
El Autor tomó su copa de vino con una sonrisa satisfecha.
"Ah… nada como un poco de justicia poética."
Esperaba que Artemisa también se riera. Vamos, era divertido. Pero cuando giró la cabeza hacia ella…
No se estaba riendo.
Su rostro estaba un poco rojo, y evitaba mirarlo directamente.
¿Eh? ¿Por qué esa reacción?
El Autor ladeó la cabeza. "¿Qué pasa? ¿No te gustó el espectáculo?"
Artemisa hizo una mueca y apartó la mirada. "Eres… un desastre."
"Eso ya lo sabíamos."
Ella respiró hondo, como si intentara calmarse. "No puedo creer que estoy aquí contigo… en esta situación…"
El Autor sonrió. "Si quieres, puedo borrar este recuerdo de tu mente. Pero, en el fondo, sé que te divertirás más si lo recuerdas."
Artemisa cerró los ojos un momento, luego suspiró con resignación. "No sé qué se supone que haga contigo…"
Él apoyó el codo en la mesa y la miró con curiosidad. "No tienes que hacer nada. Solo disfruta la cena. A propósito, ¿cómo va el venado?"
Justo en ese momento, el mesero regresó con la cara más tensa del mundo, empujando un enorme plato con un venado entero asado, bañado en especias y con una guarnición lujosa.
El Autor sonrió con satisfacción.
"¡Ahora sí, a comer!"
El Autor tomó un cuchillo y un tenedor con entusiasmo. "¡Esto es lo que llamo una cena de calidad! ¿No te parece, diosa de la caza?"
Artemisa miró el venado con una mezcla de sorpresa y… ¿respeto? Era un platillo bien preparado, con el aroma de la carne perfectamente asada mezclándose con las especias. Aunque seguía sin acostumbrarse al caos que lo rodeaba, tenía que admitir que el Autor sabía cómo hacer las cosas a lo grande.
Tomó su propio cuchillo y cortó un trozo de carne, llevándoselo a la boca. Sus ojos se abrieron un poco cuando el sabor se extendió en su paladar.
"…No está mal."
El Autor sonrió. "Por supuesto que no está mal, yo elegí el lugar. Tengo buen gusto para estas cosas."
"Eso aún está por verse…" murmuró Artemisa, pero siguió comiendo.
Mientras ambos disfrutaban la comida, el resto del restaurante seguía cuchicheando sobre ellos. No todos los días se veía a una diosa en una cita con un individuo misterioso que podía desnudar a la gente con un chasquido de dedos.
Sin embargo, lo que más le preocupaba a Artemisa no era la atención de los demás… sino la atención que el Autor le estaba dando a ella.
Desde que la había rescatado, él no la trataba con la distancia reverencial que muchos tenían con los dioses. No la veía como una entidad sagrada ni como alguien intocable.
Era como si la tratara simplemente como…
Como una mujer normal.
Y eso era desconcertante.
El Autor, ajeno a sus pensamientos, seguía disfrutando de su comida. Pero en un momento hizo una pausa, la miró y, con una sonrisa pícara, dijo:
"Por cierto, Artemisa… ¿es mi imaginación o te ves un poco más linda cuando te sonrojas?"
El cuchillo de Artemisa se clavó en la mesa.
El Autor apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió un fuerte impacto en la espinilla.
"¡ACK!" Se inclinó hacia adelante, agarrando su pierna con ambas manos mientras una expresión de dolor exagerado aparecía en su rostro.
Artemisa, con los brazos cruzados y un leve rubor en sus mejillas, desvió la mirada. "Deja de decir tonterías y sigue comiendo."
El restaurante entero se quedó en silencio. Habían presenciado cómo la diosa de la caza pateaba a su acompañante con una precisión mortal, y ahora todos estaban aún más convencidos de que esta "cita" era cualquier cosa menos normal.
El Autor, aún sobreactuando, hizo como si se balanceara en su asiento. "¿Así es como agradeces un cumplido? ¡Injusticia! ¡Violencia doméstica en mi propia cita!"
Artemisa le lanzó una mirada de advertencia. "No es una cita."
"¡Sí lo es!" replicó él con una sonrisa traviesa. "Estamos en un restaurante, comiendo juntos. Eso es una cita."
Artemisa suspiró pesadamente y decidió ignorarlo. Simplemente volvió a cortar su carne y siguió comiendo como si nada hubiera pasado.
El Autor, por su parte, murmuró algo sobre que el amor dolía mientras frotaba su pierna.
La comida continuó sin mayores incidentes, aparte de alguna que otra mirada curiosa de los clientes del restaurante. Artemisa decidió ignorar la atención que recibían y simplemente concentrarse en su plato.
El Autor, en cambio, seguía comiendo con tranquilidad, lanzándole de vez en cuando alguna sonrisa burlona a su acompañante. Artemisa, por su parte, solo suspiraba y lo ignoraba.
Pese a todo, la comida era buena, y en algún punto la conversación incluso se tornó casual. Hablaron sobre la comida de Orario, sobre cómo Artemisa aún no estaba acostumbrada a la ciudad y sobre lo molesto que podía ser el Gremio con tanta burocracia.
Cuando terminaron, Artemisa dejó sus cubiertos y suspiró. "Si terminaste de jugar, deberíamos irnos."
El Autor sonrió con satisfacción. "¡Ah, así que lo pasaste bien!"
Artemisa chasqueó la lengua. "No pongas palabras en mi boca."
Él solo rio, llamando al mesero para pagar la cuenta. O bueno, más bien, haciendo un chasquido de dedos y dejando la cantidad exacta sobre la mesa, porque… ¿para qué molestarse en esperar?
Artemisa seguía caminando al lado del Autor, con una sensación de incomodidad en el aire. Orario nunca estaba tan… silencioso. Pero en lugar de cuestionarlo, simplemente suspiró y decidió aceptarlo.
No tenía sentido preguntarse por qué la calle estaba vacía. Era mejor no buscar lógica en la presencia del Autor.
Él, por su parte, silbaba alegremente, sin la menor preocupación por el ambiente surrealista que los rodeaba.
"¿Sabes? Para ser una cita improvisada, creo que estuvo bastante bien," comentó con una sonrisa.
Artemisa chasqueó la lengua y miró hacia otro lado. "No es una cita."
El Autor ladeó la cabeza. "Mmm… ¿Al menos una salida amistosa?"
Ella no respondió. Solo aceleró el paso.
Cuando el Autor empezó a cantar, Artemisa parpadeó, sorprendida por la repentina melodía. No era lo que esperaba después de la cena.
"Hold your breath… make a wish… count to three…"
Su mirada se deslizó hacia él, observando cómo su voz flotaba en el aire nocturno con una tranquilidad casi irreal.
"Come with me, and you'll be, in a world of pure imagination…"
El Autor se movió con elegancia, sus pasos fluidos como si estuviera en un escenario invisible. Artemisa entrecerró los ojos, un leve calor subiendo a su rostro.
"Take a look, and you'll see, into your imagination…"
Intentó ignorarlo. Caminó a su propio ritmo, con los brazos cruzados, fingiendo que esto no estaba ocurriendo. Pero no podía evitar mirarlo de reojo.
"We'll begin, with a spin, traveling in the world of my creation…"
El Autor giró en el aire con facilidad, como si la gravedad no le afectara. Artemisa apretó los labios. ¿Por qué se veía tan natural haciendo esto?
"What we'll see, will defy… explanation…"
Apretó el paso. No iba a caer en su juego. No iba a reaccionar.
"If you want to view paradise… simply look around and view it…"
Pero entonces el Autor se detuvo justo frente a ella, extendiendo la mano con una expresión tranquila, su voz profunda resonando en el aire nocturno.
"Anything you want to, do it…"
El corazón de Artemisa dio un pequeño salto.
"Want to change the world? There's nothing to it…"
Sin darse cuenta, su mirada se había quedado fija en él. El Autor le sonrió, inclinando la cabeza levemente.
Artemisa sintió que su rostro ardía.
"… ¡Ya basta!" espetó, girando bruscamente la cabeza y acelerando el paso.
El Autor solo rió y siguió caminando detrás de ella, completamente satisfecho consigo mismo.
El Autor sonreía, triunfante. Sabía que había logrado sacar una reacción de Artemisa, aunque ella intentara ocultarlo con su actitud estoica.
Artemisa caminaba con el ceño fruncido, aún sintiendo el calor en su rostro. No entendía cómo había terminado en esta situación, y mucho menos por qué su corazón había latido más rápido por un momento.
El silencio entre ellos se alargó mientras avanzaban por la calle vacía. Pero claro, el Autor no era alguien que tolerara el silencio por mucho tiempo.
"Así que… ¿te gustó mi interpretación?" preguntó con un tono casual, metiendo las manos en los bolsillos.
Artemisa suspiró. "No."
El Autor se llevó una mano al pecho, fingiendo estar herido. "¡Qué cruel! ¿Ni siquiera un poquito?"
"Ni siquiera un poco."
"¿Entonces por qué te sonrojaste?"
Artemisa tropezó levemente con sus propios pies.
El Autor soltó una risa. "Lo vi, lo vi. No puedes negarlo."
Ella apretó los dientes, negándose a caer en su juego otra vez.
El Autor, sin inmutarse, decidió cambiar de tema. "Bueno, bueno. Dejando de lado lo mucho que disfrutaste mi canto—"
"No lo disfruté."
"—¿Te has acostumbrado a Orario?"
Artemisa guardó silencio por un momento antes de responder. "No del todo. La ciudad es… ruidosa."
El Autor asintió con comprensión exagerada. "Ah, sí. Es un caos. Y eso que todavía no he hecho algo realmente grande."
Artemisa se detuvo en seco. "¿Todavía?"
El Autor le guiñó un ojo. "Eso es un spoiler."
Artemisa suspiró profundamente.
Artemisa cerró los ojos y exhaló lentamente.
"Debería haberme quedado en esa cueva…" murmuró.
El Autor, con una sonrisa divertida, se inclinó un poco hacia ella. "Ah, pero entonces Antares habría absorbido todo tu poder y se habría convertido en una calamidad mundial. ¿Prefieres eso?"
Artemisa lo fulminó con la mirada.
"Sí, lo prefieres," concluyó el Autor con un asentimiento.
Ella resopló, volviendo a caminar. "No quiero que el mundo sufra por mi culpa… pero tampoco quiero estar atrapada en esta locura tuya."
El Autor la siguió con las manos en los bolsillos. "Qué cruel, ¿de verdad lo ves como una locura?"
Artemisa le lanzó una mirada de incredulidad. "Nuestra cita terminó con un aventurero corriendo desnudo saliendo del restaurante."
"Bueno, técnicamente la ropa se la quité antes de que corra," corrigió el Autor. "Pero eso es un detalle menor."
Artemisa se llevó una mano a la cara. "Eso no lo hace mejor…"
El Autor se encogió de hombros. "¿Pero lo hace peor?"
Artemisa abrió la boca para responder, pero se quedó en blanco. Finalmente, suspiró. "No sé por qué intento razonar contigo."
El Autor le dio unas palmaditas en el hombro. "Porque en el fondo te divierte."
Ella chasqueó la lengua y apartó su hombro. "No lo hace."
El Autor sonrió con suficiencia.
Siguieron caminando en silencio por un momento, hasta que Artemisa preguntó de repente: "¿Por qué me trajiste a esta cita?"
El Autor se rió entre dientes. "Bueno, técnicamente no fue una cita. Solo te invité a comer."
Artemisa le lanzó una mirada afilada.
El Autor levantó las manos en rendición. "Está bien, está bien. Supongo que quería conocerte mejor. Después de todo, no todos los días rescato a una diosa atrapada en una cueva con un escorpión gigante."
Artemisa frunció el ceño. "No necesito que me rescaten."
El Autor ladeó la cabeza. "Técnicamente, sí lo necesitabas."
Artemisa cruzó los brazos y miró hacia otro lado.
"¿Quieres que te devuelva a la cueva?"
"No."
El Autor asintió con satisfacción. "Eso pensé."
Ella apretó los labios y murmuró algo inaudible.
"¿Hmm?"
"Nada."
El Autor la miró con curiosidad, pero decidió no insistir.
Finalmente, después de unos minutos más de caminata, Artemisa se detuvo. "¿Y ahora qué?"
El Autor se llevó una mano al mentón, pensativo. "Bueno… podría hacer algo caótico, o podríamos seguir paseando tranquilamente."
Artemisa lo miró fijamente. "Si eliges la primera opción, me iré."
El Autor sonrió. "Entonces… sigamos paseando."
Artemisa parpadeó. No esperaba que él cediera tan fácilmente.
"¿Qué? ¿Creíste que iba a elegir el caos solo para molestarte?" preguntó el Autor, notando su expresión.
Artemisa entrecerró los ojos. "Sí."
El Autor rio. "Tienes razón, eso haría yo."
Ella suspiró. "No tengo escapatoria, ¿verdad?"
"No."
Artemisa se llevó una mano a la cara otra vez.
El Autor sonrió y siguió caminando junto a ella.
El paseo continuó en un silencio relativo, interrumpido solo por los suspiros resignados de Artemisa y el tarareo ocasional del Autor, quien parecía disfrutar simplemente de la caminata.
La ciudad estaba extrañamente tranquila, como si el propio universo hubiera decidido darles un respiro de la locura. Artemisa no sabía si sentirse agradecida o preocupada por lo que pudiera estar acumulándose en las sombras, esperando el momento adecuado para atacar.
Finalmente, llegaron a una pequeña plaza con una fuente en el centro. Artemisa se sentó en el borde de la fuente y observó su reflejo en el agua, como si buscara respuestas en su propia imagen.
El Autor se sentó a su lado, balanceando los pies como un niño despreocupado.
"Entonces… ¿qué planeas hacer ahora?" preguntó Artemisa sin apartar la mirada del agua.
El Autor apoyó la barbilla en la mano. "Buena pregunta. Pensé en hacer algo absurdo e impredecible, como de costumbre… pero también podría simplemente seguir molestándote."
Artemisa le lanzó una mirada. "Prefiero que no hagas ninguna de las dos cosas."
El Autor se rió. "Eso suena aburrido."
"Para ti, tal vez."
Hubo un breve silencio, hasta que Artemisa habló en voz baja.
"No tengo un lugar al que ir."
El Autor giró la cabeza hacia ella.
"Mi familia… ya no está. Nunca nos establecimos en ningún lado, y ahora que estoy aquí… no sé qué hacer."
El Autor la miró por un momento, luego se cruzó de brazos y miró hacia el cielo. "Bueno… podrías quedarte en Orario. Es una ciudad interesante."
Artemisa suspiró. "No tengo una razón para quedarme aquí."
El Autor le sonrió. "¿Y si te digo que la razón es que yo estoy aquí?"
Artemisa lo miró con incredulidad.
"Fue un chiste," aclaró el Autor con una risita.
Artemisa negó con la cabeza. "No fue gracioso."
"Depende de a quién le preguntes."
Ella suspiró otra vez, pero en lugar de responder, miró fijamente su reflejo en el agua.
El Autor la observó por un momento y luego se puso de pie, estirándose. "Bueno, si no tienes idea de qué hacer, entonces… ¿por qué no simplemente sigues el flujo?"
Artemisa lo miró con el ceño fruncido. "¿El flujo?"
"Sí. No pienses demasiado en el futuro. Solo ve qué pasa."
Artemisa apoyó los codos en sus rodillas y se frotó las sienes. "Tu manera de ver la vida es demasiado caótica para mí."
El Autor sonrió con autosuficiencia. "Lo sé."
Ella sacudió la cabeza con una leve sonrisa cansada.
El Autor se estiró nuevamente y miró hacia el cielo. "Bueno… ahora que hemos tenido una linda charla emocional, es hora de hacer algo caótico."
Artemisa se tensó de inmediato. "No."
"Sí."
"No."
El Autor chasqueó los dedos.
Artemisa sintió un escalofrío recorrerle la espalda. "¿Qué hiciste?"
Él le mostró una gran sonrisa. "Nada… aún."
Ella lo miró con una mezcla de desesperación y resignación. Sabía que no importaba cuánto lo intentara… la locura volvería a alcanzarla.
Artemisa parpadeó.
Un sonido suave y adorable llegó a sus oídos.
"Cuak."
Lentamente, con una expresión de total incredulidad, alzó la mirada… solo para darse cuenta de que ahora tenía un pequeño pato amarillo acurrucado sobre su cabeza.
El pato ladeó la cabeza y volvió a emitir un "cuak", como si estuviera perfectamente cómodo en su nuevo trono.
Artemisa cerró los ojos y tomó una respiración profunda. "¿Por qué?"
El Autor, con una expresión de pura satisfacción, se encogió de hombros. "No sé, pensé que te faltaba algo en el look."
Artemisa le lanzó una mirada peligrosa.
El Autor levantó las manos en señal de inocencia. "Eh, eh, no me mires así. Podría haber sido peor. Podría haber sido una gaviota. ¿Te imaginas que te robara la comida cada vez que intentaras comer?"
El pato en su cabeza sacudió sus pequeñas alas. "Cuak."
Artemisa suspiró, resignada. "No puedo creer que esta sea mi vida ahora."
El Autor sonrió. "Acéptalo, la vida es más divertida conmigo cerca."
El pato volvió a cuakear, como si estuviera de acuerdo.
Artemisa suspiró, llevando una mano a su cadera mientras miraba al Autor.
"Bueno, creo que ya es hora de irme."
El Autor asintió con una sonrisa, como si ya lo hubiera sabido desde el principio. "Supuse que dirías eso."
Ella entrecerró los ojos. "¿Siempre tienes que actuar como si supieras todo?"
"Solo cuando realmente sé todo."
Artemisa puso los ojos en blanco, pero había algo diferente en su expresión. No había fastidio genuino, ni verdadera molestia. Solo… resignación. Y tal vez, solo tal vez, un atisbo de diversión.
Se cruzó de brazos y miró hacia otro lado. "Tsk… admito que estuvo… entretenido."
El Autor alzó una ceja. "¿Entretenido, eh?"
"Sí, entretenido. Nada más."
"Uh-huh. Claro."
Artemisa suspiró, pero al final esbozó una pequeña sonrisa. Una real, sincera. No un gesto de obligación, ni de cortesía. Una sonrisa genuina.
El Autor simplemente le devolvió la sonrisa, sin decir nada.
Con un último suspiro, Artemisa se giró y comenzó a alejarse, con la elegancia y gracia que solo una diosa podría tener.
El Autor la observó irse, notando que el pequeño pato todavía seguía cómodamente instalado en su cabeza.
"Cuak."
Artemisa se detuvo en seco.
Miró hacia arriba.
Miró al Autor, que ahora tenía la expresión de alguien que estaba luchando por contener la risa.
"No digas nada," le advirtió Artemisa.
El Autor levantó las manos con una expresión de completa inocencia. "No dije nada."
"Mejor que sigas así."
El Autor observó cómo Artemisa desaparecía en la distancia, con un pequeño pato amarillo aún posado en su cabeza como si fuera el accesorio más natural del mundo.
Y cuando estuvo lo suficientemente lejos, finalmente dejó escapar una risa.
Definitivamente, su día había valido la pena.
…
Desde la cima de la Torre de Babel, Freya observaba la escena con una copa de vino en la mano, sus ojos plateados centelleando con interés.
El viento soplaba suavemente, agitando su largo cabello plateado mientras miraba a Artemisa alejarse, con un pequeño pato todavía posado en su cabeza.
Eso la hizo sonreír.
No por burla, sino por lo… absurdo y a la vez encantador de la escena.
Apoyó su mejilla en una mano, jugueteando con la copa en la otra.
"Tch… ¿Así que así es como lo hace?" murmuró para sí misma, entrecerrando los ojos.
No era solo lo que el Autor hacía… sino cómo lo hacía. Su forma despreocupada de actuar, su capacidad para hacer que incluso una diosa como Artemisa, la más estricta y estoica, terminara sonriendo genuinamente.
Freya sintió un pequeño cosquilleo en su interior.
¿Era envidia?
Tal vez.
Suspiró, girando la copa de vino lentamente entre sus dedos.
"Yo también quiero algo similar…" admitió en voz baja.
No era solo la diversión lo que le llamaba la atención. Era la… naturalidad. La ligereza de la interacción. Algo que, a pesar de su posición, le resultaba tan difícil de encontrar.
Llevó la copa a sus labios, bebiendo un sorbo.
No importaba.
Freya siempre conseguía lo que quería.
Y si ella deseaba una escena como aquella… bueno, solo era cuestión de tiempo.
El autor apareció detrás de Freya con una sonrisa divertida.
"¿Disfrutaste el show?" preguntó con tono relajado.
Freya no se sobresaltó. Para este punto, ya estaba acostumbrada a su tendencia a aparecer de la nada.
Giró levemente la cabeza, sin perder su elegancia, y le dedicó una media sonrisa.
"Fue… interesante" ella respondió
Freya seguía mirando la ciudad desde la cima de la Torre de Babel, su expresión serena, pero con un matiz difícil de descifrar. Sus dedos acariciaban el borde de su copa de vino, aunque parecía más un gesto mecánico que uno consciente.
"Dime…" su voz sonó suave, casi como un susurro llevado por el viento nocturno. "¿Soy digna de algo así?"
No había burla en su tono, ni coquetería. No era la Freya juguetona ni la diosa de mirada lasciva que la mayoría conocía. Había algo más profundo en sus palabras, una nota de melancolía y resignación que contrastaba con todo lo que ella representaba.
El autor la miró en silencio por unos segundos, sin la usual respuesta inmediata llena de chistes o comentarios irreverentes. Algo en la forma en que lo preguntó… le hizo darse cuenta de que, tal vez, ella misma ya había decidido su respuesta mucho antes de hacer la pregunta.
El autor suspiró, cruzándose de brazos mientras miraba el cielo estrellado sobre ellos.
"Lamentablemente no" respondió, con un tono más serio de lo habitual.
Freya cerró los ojos por un momento, como si hubiera esperado exactamente esas palabras. Exhaló suavemente, girando su rostro hacia él con una sonrisa melancólica.
"Lo imaginé" dijo, su voz apenas un susurro. "Pero… ¿por qué?"
El autor bajó la mirada hacia ella. No había enojo en su rostro, ni burla, ni esa expresión de absoluta confianza que siempre llevaba como una máscara. Esta vez, sus palabras fueron sinceras, sin rodeos, sin bromas.
"Porque, a pesar de tus anhelos, siempre esperas conseguir lo que quieres a toda costa, sin importar si lastimas a la persona que buscas amar" explicó con calma. "Por eso no eres digna. Porque, si no eres capaz de respetar a la persona que amas… ¿acaso eres digna de una demostración de amor?"
Freya no respondió de inmediato. Solo lo miró, con esos ojos plateados que brillaban bajo la luna. Sus dedos dejaron de jugar con la copa de vino, y por primera vez en mucho tiempo, pareció genuinamente… indefensa.
El viento sopló suavemente, moviendo su largo cabello plateado mientras la diosa reflexionaba sobre esas palabras. Ella, la diosa del amor, había pasado siglos obteniendo lo que quería, guiada por sus impulsos, sin considerar realmente los sentimientos de los demás. ¿Acaso alguna vez se había detenido a pensar en cómo se sentían aquellos a quienes decía amar?
"Así que… ni siquiera tú me darías esa oportunidad" murmuró, más para sí misma que para él.
El autor se encogió de hombros. "No soy alguien que cree en castigos o en 'karma', pero sí creo que el amor no es algo que se pueda exigir o tomar por la fuerza. Si de verdad quieres algo así…" hizo una pausa, observándola con seriedad. "Tendrás que demostrar que lo mereces."
Freya soltó una pequeña risa, pero no había alegría en ella.
"Demostrarlo, ¿eh…?"
El autor no dijo nada más. Simplemente la dejó con sus pensamientos, mientras él miraba la ciudad iluminada a sus pies.
Freya cerró los ojos por un momento, y cuando los volvió a abrir, ya no eran los de la diosa del amor, sino los de una simple mesera. Su figura cambió sutilmente, su cabello plateado se acortó hasta volverse azulado, y su presencia divina se disipó, reemplazada por la cálida y humilde Syr.
Dio un pequeño paso adelante, con una sonrisa tenue y una mirada que, aunque distinta, aún conservaba un atisbo de esa melancolía.
"Si no soy digna de más… entonces, por lo menos… ¿me concederías un baile?"
El autor la observó en silencio por un momento. No había truco en sus palabras, ni esa arrogancia característica de Freya. En su lugar, había una petición sincera.
Sonrió de medio lado y, con un gesto despreocupado, extendió su mano.
"Supongo que un baile no le hace daño a nadie."
Syr parpadeó, algo sorprendida por la facilidad con la que el autor aceptó. Quizás esperaba que él la rechazara o que le lanzara alguna broma para quitarle importancia al momento. Pero ahí estaba él, con la mano extendida, ofreciéndole algo que ni ella misma comprendía del todo.
La diosa disfrazada de mesera dudó por un instante antes de aceptar la mano del autor. Su tacto era cálido, pero no de la manera en que solían ser las manos de aquellos que caían rendidos ante su encanto. No había deseo, ni sumisión, solo… naturalidad.
La brisa nocturna envolvía la cima de la Torre de Babel mientras el autor colocaba una mano en la cintura de Syr y ella, con algo de vacilación, posaba su otra mano sobre su hombro. No había música, pero eso no importaba.
Él comenzó a moverse con calma, guiándola en un ritmo que solo él conocía. Syr intentó seguirle el paso, pero por alguna razón, sentía que sus pies eran más torpes de lo normal.
El autor sonrió. "No te preocupes, solo déjate llevar."
Syr frunció los labios, avergonzada. "No suelo dejar que me lleven…"
"Exacto. Ese es tu problema."
Ella sintió una punzada en el pecho. Pero en lugar de responder, solo cerró los ojos y se permitió ser guiada.
El viento soplaba con suavidad, meciendo sus cabellos mientras giraban bajo la luz de la luna. Syr se olvidó de todo por un momento: de su título de diosa, de Orario, de su eterna búsqueda por algo que nunca lograba alcanzar. Solo quedaba ese instante efímero, donde no era Freya, ni Syr, ni una diosa caprichosa ni una mesera curiosa.
Solo era una mujer bailando en el cielo, con alguien que no la veía como un premio a obtener.
Y por primera vez en mucho tiempo… se sintió en paz.