El burdel de la Familia Ishtar siempre estaba lleno de ruido, risas embriagadas y el tintineo de monedas siendo desperdiciadas. Para algunos, era un paraíso terrenal. Para otros, un infierno disfrazado de placer.
Para Haruhime, era simplemente su cárcel.
La joven renard estaba sentada en una esquina de la habitación, con la mirada baja y las orejas caídas, esperando el momento en que la llamaran. Siempre esperando. Siempre al borde de la desesperanza.
Pero entonces, el mundo se rompió.
Literalmente.
La pared frente a ella explotó en un espectáculo de luces y efectos especiales ridículamente exagerados, como si alguien hubiera activado una entrada de jefe final demasiado pronto.
Y del polvo y los escombros emergió… él.
"¡Tadá!" El Autor se presentó con los brazos abiertos, como si esperara una ovación. "¡Y aquí estoy para arruinar—digo, mejorar esta escena!"
Haruhime se quedó congelada, parpadeando.
"…¿Quién…?"
"Un héroe."
"¿L-lo eres?"
"No."
Haruhime suspiró, bajando la mirada con una mezcla de resignación y decepción. Claro, qué esperaba.
"Por supuesto… ¿Cómo podría un héroe aparecer para salvar a alguien como yo?" murmuró con amargura.
El Autor parpadeó.
"…Oye, espera un momento. ¿De verdad acabas de autoinsultarte?"
Ella solo suspiró de nuevo.
"¿Los héroes salvan doncellas en peligro, no? No a…" Se mordió el labio.
El Autor la miró fijamente, cruzándose de brazos.
"Bueno, si ese es el caso… entonces supongo que no soy un héroe."
Haruhime asintió con tristeza.
"Soy algo mucho mejor."
Ella levantó la cabeza, confundida.
"¡Yo soy el Autor! ¡Y aquí se hace lo que me da la gana!"
Chasqueó los dedos.
Inmediatamente, toda la habitación cambió. El ruido del burdel desapareció, reemplazado por un hermoso jardín japonés, con un estanque de carpas koi y cerezos en flor. Haruhime estaba de pie sobre un suelo cubierto de pétalos rosados, y en sus manos, un elegante kimono de seda había reemplazado la ropa reveladora que solía usar.
Haruhime se quedó en shock.
"…¿Qué… qué es esto?"
"Un cambio de escenario." El Autor sonrió con suficiencia. "Dime, ¿qué clase de historia es esta donde alguien tan adorable como tú no recibe una escena bonita?"
Haruhime abrió la boca, pero ninguna palabra salió. Miró sus manos, luego el entorno, luego al Autor.
"…¿Eres un espíritu benevolente?" preguntó en voz baja, con una chispa de esperanza.
El Autor se llevó una mano al pecho, fingiendo dramatismo.
"Oh, qué halago. Pero no, solo soy un loco con el poder absoluto sobre la trama."
Haruhime parpadeó.
"Entonces… ¿me vas a salvar?"
"¿Salvarte? Nah, eso sería hacer trampa. Pero…"
El Autor chasqueó los dedos de nuevo.
Apareció una mesa con un set completo para la ceremonia del té.
"¿Por qué no nos tomamos un descanso de la trama?"
Haruhime, aún sin entender del todo lo que estaba pasando, solo pudo asentir y sentarse.
Quizás, por una vez, podía permitirse olvidar el mundo exterior.
Haruhime observó la taza de té caliente frente a ella, sintiendo el vapor subir suavemente hasta su rostro. El aroma era delicado, relajante. Algo tan simple… y tan fuera de su realidad habitual.
El Autor, sentado al otro lado de la mesa, le ofreció una sonrisa tranquila.
"Entonces, dime, Haruhime. ¿Cómo te sientes?"
Ella se quedó en silencio por un momento. No porque no supiera la respuesta, sino porque… no estaba acostumbrada a que alguien le preguntara eso.
"Me siento… fuera de lugar."
"¿Por qué?"
Haruhime bajó la mirada.
"Porque esto no es real."
El Autor levantó una ceja.
"Define 'real'."
Ella lo miró, confundida.
"No puedes cambiar lo que soy con solo un chasquido de dedos." Haruhime se aferró a su taza de té. "Por mucho que me vistas como una dama noble, por mucho que me traigas a este hermoso lugar… al final del día, sigo siendo…"
No terminó la frase.
El Autor apoyó la barbilla en su mano, pensativo.
"Interesante. Dime, Haruhime, si alguien cubre un diamante de barro, ¿deja de ser un diamante?"
Haruhime parpadeó.
"Eso es diferente."
"No lo es." El autor agitó un dedo. "Eres tú quien insiste en definirse por el barro, cuando siempre fuiste un diamante."
Ella apretó los labios.
"Eso no cambia lo que me han hecho. Lo que soy…"
El autor suspiró dramáticamente.
"Te voy a hacer una pregunta importante, Haruhime."
Ella lo miró, expectante.
"¿Cómo te gustaría ser vista?"
Haruhime abrió la boca… y la cerró.
Nunca le habían preguntado eso. Siempre le habían dicho lo que era. Nunca le habían dado la opción de decidir.
El autor sonrió.
"Piénsalo mientras disfrutas el té. No hay prisa. Este es un descanso de la trama, después de todo."
Haruhime miró su taza de té, perdiéndose en sus pensamientos.
Haruhime apenas había tenido tiempo de asimilar la conversación cuando el Autor dio una palmada.
"¡Pero eso no importa! Lo que realmente importa aquí…" Se inclinó hacia adelante con una sonrisa traviesa. "Es que puedes ser lo que quieras ser."
Haruhime parpadeó.
"… ¿Qué?"
"¡Sí! Como Barbie." El Autor hizo un gesto con la mano y, de repente, Haruhime estaba vestida con un traje de astronauta.
Ella soltó un grito ahogado.
"¿Qué? ¿Qué es esto? ¿Por qué—?"
"¡Astronauta!" declaró el Autor con orgullo. "Porque puedes ir más allá de los límites de este mundo."
Haruhime apenas tuvo tiempo de procesar lo que estaba pasando cuando su atuendo cambió de nuevo, esta vez a un uniforme blanco con un estetoscopio.
"¡Doctora!" El Autor asintió con aprobación. "Porque puedes salvar vidas."
Haruhime miró el estetoscopio en su mano con una expresión de completa incredulidad.
"Yo… no sé nada de medicina."
"¡Eso no importa! Es la vibra."
Otro chasquido de dedos y ahora llevaba una armadura dorada con una enorme espada a su lado.
"¡Caballera sagrada!"
"P-Por favor, detente."
"¡Detective!" Ahora vestía un elegante abrigo con una lupa en la mano.
Haruhime se agarró la cabeza.
"¡Basta, esto es demasiado!"
El Autor se cruzó de brazos.
"¡Pero todavía me faltaban como cinco cambios más! ¿Qué tal profesora? ¿O chef? ¿O presidenta del gremio? ¡Tienes todo el potencial del mundo!"
Haruhime, jadeando, sintió que su atuendo volvía a la normalidad. Sus orejas de zorro temblaban de confusión.
"¿Qué… qué fue todo eso?"
El Autor sonrió.
"Fue un recordatorio de que no eres lo que los demás te dicen que eres. Puedes ser lo que quieras."
Haruhime lo miró fijamente.
"… Incluso si el mundo no lo acepta."
El Autor asintió.
Haruhime apretó los labios. Miró su reflejo en la taza de té.
Haruhime bajó la mirada, sus orejas de zorro temblaban ligeramente.
"… Está bien, acepto que puedo ser lo que quiera." Su voz sonaba más firme de lo que esperaba. "Pero… ¿cómo?"
El Autor parpadeó.
"¿Cómo qué?"
"¿Cómo puedo cambiar lo que soy ahora?" Haruhime apretó los puños sobre su regazo. "No tengo poder. No tengo forma de salir de aquí. Estoy atrapada… ¿Cómo se supone que cambie algo?"
El Autor inclinó la cabeza, pensativo.
"Técnicamente, podría sacarte de aquí ahora mismo, pero eso arruinaría la narrativa. Así que…"
Haruhime lo miró con confusión.
"¿Narrativa?"
"¡Nada, nada!" El Autor agitó la mano. "Hablemos de cosas más importantes. Como… ¿qué puedes hacer tú?"
Haruhime vaciló.
"Yo…" Bajó la mirada. "No sé pelear."
"Bien, ¿qué más?"
"… No soy rápida ni fuerte."
"Uh-huh. Sigue."
Haruhime apretó los labios.
"Mi magia…"
El Autor chasqueó los dedos.
"¡Eso! Ahí está. Tienes magia."
Haruhime frunció el ceño.
"Mi magia solo sirve para fortalecer a otros…"
"¡Sí! Pero, ¿alguna vez la has probado en ti misma?"
La renard se quedó en silencio.
El Autor sonrió.
"Ves, ahí está el truco. A veces nos acostumbramos tanto a cómo nos ven los demás que ni siquiera pensamos en lo que podríamos hacer si salimos de ese molde."
Haruhime tragó saliva.
"… ¿Crees que podría…?"
El Autor se encogió de hombros.
"Tal vez sí, tal vez no. Pero nunca lo sabrás si no lo intentas."
Haruhime miró sus manos.
Haruhime cerró los ojos con fuerza y se concentró.
Sintió el flujo de su magia, la misma energía que siempre había usado para fortalecer a otros… pero esta vez, la dirigió hacia sí misma.
Un leve brillo dorado la envolvió.
Haruhime contuvo el aliento. ¿Lo había logrado? ¿Había logrado—
El brillo desapareció como una vela apagada por el viento.
…Nada cambió.
Haruhime pestañeó.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Intentó una tercera vez, con más esfuerzo.
Siguió sin pasar nada.
El silencio se prolongó hasta que el Autor se aclaró la garganta.
"Bueno, valía la pena el intento."
Haruhime sintió cómo su esperanza se desmoronaba. Sus orejas de zorro se inclinaron hacia abajo mientras su cola dejaba de moverse.
"… Supongo que no puedo cambiar, después de todo." Murmuró, con la voz cargada de tristeza.
El Autor la miró, sintiendo una punzada de culpa.
…Ok, quizá se pasó un poco.
El Autor chasqueó los dedos, y frente a ella apareció un libro flotante con su nombre en la portada. Haruhime lo observó con asombro mientras las páginas pasaban solas, mostrándole fragmentos de su propia vida.
"Cada historia sigue un rumbo," explicó el Autor, señalando el libro. "Pero a veces… alguien con la pluma adecuada puede cambiar unas cuantas líneas."
Haruhime tragó saliva.
"¿Quieres decir que… puedes ayudarme a salir de aquí?"
El Autor sonrió de manera enigmática.
"Quizáaas," respondió, alargando la palabra con diversión. "Pero cada acción tiene su reacción, Haruhime. Cambiar tu historia tiene un precio."
Haruhime se tensó.
"…¿Qué tipo de precio?"
El Autor se cruzó de brazos.
"Eso depende de ti. ¿Qué puedes ofrecerme para convencerme de que cambie la narrativa a tu favor?"
Haruhime se quedó en silencio, las orejas gachas y la cola enroscándose con nerviosismo. Sus manos se apretaban contra su regazo, su mente inundada con pensamientos sombríos.
"No sé qué podría ofrecerte," murmuró con voz temblorosa. "No tengo nada valioso… salvo…"
Se mordió el labio.
El Autor la miró con curiosidad, esperando a que completara la frase.
Haruhime cerró los ojos con fuerza, como si decirlo fuera una tortura.
"Mi cuerpo, pero… es sucio…" susurró.
El Autor parpadeó. Luego, se cruzó de brazos y chasqueó la lengua.
"No, no y no," dijo tajantemente.
Haruhime abrió los ojos, sorprendida por la respuesta.
"P-Pero…"
El Autor negó con la cabeza.
"Primero, no es mi estilo aceptar ese tipo de cosas. Segundo, tampoco lo necesitas. Y tercero…" Hizo una pausa y la miró con seriedad. "Tú no eres sucia."
Haruhime sintió un nudo en la garganta.
"Eso no es verdad…"
"Sí lo es," insistió el Autor. "Haruhime, ¿alguna vez has estado con un hombre?"
Ella se estremeció y bajó la mirada.
"No lo recuerdo," susurró. "Siempre que me llevaban a una habitación… me desmayaba por los nervios. Luego despertaba… y simplemente asumía que…"
Su voz se quebró.
El Autor suspiró y se frotó la frente.
"Haruhime, odio decirte esto, pero… nadie te ha tocado."
Ella levantó la vista con una mezcla de confusión y desconcierto.
"¿Qué?"
El Autor levantó un dedo.
"Cada vez que te desmayabas, tus clientes perdían el interés. Se iban de la habitación y pedían otra prostituta. Tú siempre despertaste en la misma cama, sola, creyendo que te habían mancillado, pero en realidad, jamás pasó nada."
Haruhime sintió que su mente se tambaleaba.
"Pero… pero…"
"Piensa en ello," continuó el Autor. "¿Alguna vez te despertaste con marcas? ¿Alguna vez sentiste dolor después? ¿Alguna vez notaste rastros de… ya sabes?"
Haruhime intentó recordar. Pero no podía. No había evidencia de que alguien la hubiera tocado.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
"¿Entonces…?"
El Autor sonrió con tranquilidad.
"Sigues siendo pura."
Haruhime se llevó las manos a la boca, su mente luchando por procesar la verdad. Todo este tiempo… todo el horror que creyó haber soportado… nunca había sucedido.
No era sucia.
No era impura.
El llanto escapó de su garganta mientras se cubría el rostro, su cola temblando de emoción reprimida.
El Autor, satisfecho con su reacción, sacó de la nada un cartel enorme con letras brillantes que decían:
FELICIDADES POR SEGUIR SIENDO VIRGEN
Haruhime casi gritó de vergüenza, sus ojos dorados temblaban mientras su cerebro intentaba procesar la humillación que acababa de recibir. Su rostro ardía como si estuviera a punto de explotar.
"¿P-Por qué hiciste eso?" balbuceó, tratando de ocultar su cara con sus manos y cola.
El Autor se encogió de hombros, aún sosteniendo el cartel gigante.
"Es un logro importante. ¿Cómo no iba a celebrarlo?"
Haruhime gimió de vergüenza y trató de arrancarle el cartel, pero el Autor simplemente lo hizo desaparecer con un chasquido de dedos.
"Pero bueno, volviendo al tema," dijo él, como si nada hubiera pasado. "Si quieres cambiar tu destino, no necesitas ofrecerme nada. Solo necesitas una cosa."
Haruhime, aún roja como un tomate, se asomó tímidamente entre sus dedos.
"¿Q-Qué cosa?"
El Autor sonrió de forma misteriosa.
"Convicción."
Ella parpadeó, confundida.
"Si quieres ser libre, necesitas decidirlo con todo tu corazón," explicó. "La narrativa solo cambiará si tú decides cambiarla."
Haruhime bajó la mirada.
"Pero… incluso si quiero ser libre, no tengo la fuerza para escapar. Ishtar y sus amazonas son demasiado poderosas. ¿Cómo se supone que—?"
El Autor la interrumpió levantando una mano.
"¿Tú confías en mí?"
La pregunta la tomó por sorpresa.
Haruhime vaciló. ¿Confiar en él? Apenas y lo conocía. Era un ser misterioso que aparecía de la nada, hacía cosas absurdas y hablaba en acertijos.
Pero…
Por primera vez en su vida, alguien le había dicho que su destino podía cambiar.
Por primera vez en su vida, alguien le había dicho que ella no estaba sucia.
Ella mordió su labio con nerviosismo… y luego, con un susurro, respondió:
"Sí."
El Autor sonrió satisfecho.
"Bien. Entonces, solo di las palabras mágicas."
Haruhime lo miró, extrañada.
"¿Palabras mágicas?"
Él asintió.
"'Soy libre'."
El corazón de Haruhime latió con fuerza.
"…Pero no lo soy."
"Por ahora."
Haruhime tragó saliva. Su cola se movió con ansiedad.
El Autor esperó pacientemente.
Finalmente, ella cerró los ojos, tomó aire y, con una voz temblorosa pero decidida, susurró:
"…Soy libre."
En ese instante, un destello de luz dorada la envolvió.
Haruhime parpadeó varias veces, intentando ajustar su visión a la luz tenue de la habitación en la que ahora se encontraba.
Se llevó una mano al cuello por instinto y sintió… nada.
Su respiración se detuvo por un segundo.
El collar.
El collar con el que la Familia Ishtar la había controlado durante años.
El collar que la marcaba como su propiedad.
Había desaparecido.
Sus ojos se abrieron de par en par mientras sus dedos acariciaban la suave piel donde antes estuvo aquella marca de su esclavitud. Era como si nunca hubiera existido.
El sonido de un sorbo llamó su atención.
El Autor estaba sentado tranquilamente en una silla junto a la ventana, bebiendo té como si todo fuera completamente normal.
"¡M-Mi collar…!" Haruhime intentó hablar, pero su voz temblaba demasiado.
El Autor dejó su taza sobre la mesa y le dedicó una sonrisa.
"Felicidades. Ahora sí eres libre."
Haruhime sintió que su mundo daba vueltas.
"P-Pero… ¿cómo? ¿Cuándo…?"
"Magia," respondió el Autor con simpleza.
Ella lo miró fijamente, tratando de encontrar una respuesta lógica en su expresión. No había ninguna.
Pero… eso ya no importaba.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos mientras sus labios temblaban.
"…Soy libre…" susurró, sin poder creerlo aún.
El Autor sonrió con satisfacción y levantó su taza de té en un brindis simbólico.
"¡Bienvenida a tu nueva vida, Haruhime!"
Ella se cubrió el rostro con las manos y comenzó a sollozar, sin poder contenerse más.
Haruhime, aún con lágrimas en los ojos, se lanzó hacia el Autor y lo abrazó con todas sus fuerzas.
"G-Gracias… ¡Gracias, de verdad…!"
Su voz temblorosa estaba cargada de emoción. El Autor parpadeó un par de veces, sorprendido por la repentina muestra de afecto.
…Y entonces le llegó un pensamiento.
"¿Por qué siento que esto ya me ha pasado antes?"
Era el mismo patrón. Hacía algo increíblemente heroico, una chica le agradecía con lágrimas en los ojos y terminaba abrazándolo como si fuera su salvador.
Naaza, Hefesto (aunque esta no lo abrazó), Haruhime…
"¿No será que estoy acumulando un harem sin darme cuenta?"
Esa idea le dio escalofríos.
"¡No, no, no! ¡Esto no es ese tipo de historia!"
Pero cuando bajó la mirada y vio a Haruhime aferrándose a él con tanta gratitud, suspiró resignado.
"…Definitivamente se me está haciendo costumbre."
El Autor sintió que el abrazo de Haruhime se volvía un poco más firme, casi como si temiera que él desapareciera en cualquier momento.
"Te pagaré…" susurró la renard con determinación. "No importa qué sea. Lo haré."
El Autor parpadeó.
"…¿Qué?"
Haruhime se separó un poco, mirándolo fijamente a los ojos.
"Me salvaste de ese lugar. Me diste la oportunidad de cambiar mi destino. Si puedo hacer algo por ti, lo haré."
Su tono tenía una mezcla de seriedad y esperanza.
El Autor inclinó la cabeza, llevándose una mano a la barbilla.
"Hmm… ¿Entonces podrías convencer a todos de que soy un ser omnipotente, benevolente y extremadamente atractivo?"
Haruhime parpadeó, claramente confundida.
"¿Eh?"
"Bah, era broma." El Autor agitó la mano con una sonrisa burlona. "Pero lo que estás diciendo suena a que quieres seguirme a todos lados. ¿No te preocupa meterte en problemas?"
Haruhime negó con la cabeza.
"No me importa. Si puedo cambiar, quiero hacerlo al lado de la persona que me dio esa oportunidad."
El Autor se cruzó de brazos, mirándola fijamente.
"¿No será que solo estás en una especie de síndrome de salvación? Porque déjame decirte que en los fanfics siempre pasa que la chica rescatada se apega al protagonista y termina enamor—"
"¡N-No es eso!" Haruhime se sonrojó. "Simplemente… no quiero volver a estar sola."
El Autor suspiró, pasándose una mano por la nuca.
"Vaya… ¿Así que ahora tengo una renard compañera de aventuras?"
Haruhime asintió con firmeza.
Él sonrió.
"Bueno… será divertido."
Haruhime sintió de repente cómo su cuerpo era levantado con suavidad, su peso mecido en unos brazos firmes pero gentiles.
"¿E-Eh?" Murmuró con sorpresa.
El Autor la acomodó sin esfuerzo, sosteniéndola en un agarre seguro mientras caminaba hacia la cama de la habitación.
"Has pasado por muchas cosas, así que por hoy, solo descansa."
Haruhime parpadeó, sin saber cómo reaccionar. No era la primera vez que alguien la cargaba, pero… esto se sentía diferente. No había rudeza, ni prisa, ni intención oculta. Solo un gesto genuino y reconfortante.
Cuando el Autor la depositó sobre la cama, se tomó el tiempo de acomodarle las mantas, asegurándose de que quedara bien arropada. Fue un movimiento simple, pero para Haruhime, significaba más de lo que las palabras podían expresar.
Se quedó en silencio por un momento, con una extraña calidez creciendo en su pecho. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que alguien la trató así?
Los recuerdos borrosos de su infancia en su hogar, antes de ser vendida, cruzaron su mente. Su padre solía arroparla así cuando era niña.
Un nudo se formó en su garganta.
"…Gracias," susurró, cerrando los ojos con una sonrisa pequeña pero sincera.
El Autor sonrió con satisfacción, dándole unas palmaditas en la cabeza como si fuera una niña.
"Duerme bien, Haruhime."
Ella no respondió, ya dejándose llevar por el cansancio acumulado.
El Autor se estiró, dejando escapar un suspiro.
"Vaya, me estoy volviendo demasiado bueno en esto de salvar chicas y darles abrazos paternales."
Se quedó pensativo por un momento.
"…Espero que no se convierta en un fetiche raro."
…
En la sede de la Familia Ishtar, el caos reinaba.
Las amazonas corrían de un lado a otro con expresiones de pánico, organizándose en grupos apresurados mientras revisaban cada rincón del distrito del placer.
Ishtar, sentada en su trono con una copa de vino en la mano, las observaba con una mirada fría y despectiva. Su voz, sin embargo, era afilada como una daga.
"¿¡Cómo demonios pudieron dejarla escapar!?"
Una de sus amazonas más cercanas, Phryne, dio un paso adelante, sudando frío.
"M-Mi diosa, lo descubrimos hace unos minutos. Haruhime estaba en su habitación anoche, pero esta mañana ya no estaba. Su collar… desapareció."
Ishtar apretó la copa con tanta fuerza que casi la rompe.
"¿¡Me estás diciendo que perdió el collar!? ¿¡El mismo collar que usamos para rastrearla en todo momento!?"
Phryne asintió con torpeza.
"L-Lo hemos intentado rastrear, pero ya no responde. Es como si… hubiera sido destruido."
Las otras amazonas se miraron entre sí, tragando saliva.
¿Quién demonios podría haber destruido un objeto encantado de la Familia Ishtar sin que nadie se diera cuenta?
Ishtar chasqueó la lengua, fulminando a sus subordinadas con la mirada.
"No me importa cómo lo hagan, pero quiero a Haruhime de vuelta. ¡Ahora!"
Las amazonas asintieron de inmediato, saliendo disparadas del palacio como una estampida.
En el aire quedó un tenso silencio, solo roto por la voz de Ishtar.
"…No puede haber ido muy lejos."
Pero en ese momento, la diosa tuvo un escalofrío.
Por alguna razón, una sensación desagradable recorrió su espalda, como si algo—o alguien—estuviera burlándose de ella a la distancia.
"¡GUEEEH!"
El horrible sonido gutural de alguien vomitando interrumpió el monólogo de Ishtar.
"¿Q-qué…?"
La diosa se llevó una mano a la boca, sintiendo su estómago revolverse de manera antinatural.
No tuvo tiempo de reaccionar antes de doblarse sobre sí misma y expulsar violentamente… un pepino.
"¿Qué demonios…?"
Su desconcierto duró poco. A su alrededor, sus amazonas comenzaron a palidecer. Sus cuerpos temblaban, sus caras se deformaban en expresiones de puro horror.
Y entonces sucedió.
"¡BLOOOORGH!"
"¡GLUAAAGH!"
"¡¿Q-QUÉ CARAJOS ESTÁ PASANDO?!"
Una tras otra, todas comenzaron a vomitar pepinos. Una cayó de rodillas, sosteniendo dos de esas malditas verduras en las manos, justo cuando un tercero salía disparado de su boca.
"¡No puedo detenerme, diosa, ayúdameeeee!" gritó otra, sollozando mientras su cuerpo seguía expulsando más y más pepinos.
El palacio entero se convirtió en un caos. Amazonas vomitando sin control, cayendo al suelo, tratando de entender cómo demonios sus cuerpos estaban expulsando pepinos sin haber comido ninguno en primer lugar.
Ishtar observó la escena con absoluto horror, jadeando, sintiendo que su propio estómago aún no había terminado con su tortura.
"Esto… esto es una maldición."
No había otra explicación.
Alguien les había hecho algo.
Pero lo peor de todo… era que los pepinos seguían saliendo.
Y entonces, como si un interruptor invisible se apagara, todo terminó.
Las amazonas yacían esparcidas por el suelo, jadeando, temblando y con miradas vacías, como si hubieran sobrevivido a una tragedia indescriptible.
Ishtar, con la cabeza apoyada en su trono, se limpió la boca con el dorso de la mano y trató de recuperar la compostura. Su expresión oscilaba entre el horror y la furia absoluta.
"… ¿Quién… hizo esto?"
Silencio. Nadie tenía respuesta. Solo el sonido de una pepino rodando lentamente por el suelo hasta detenerse en medio de la sala.
Una de las amazonas, todavía temblorosa, se atrevió a hablar.
"Diosa… ¿podría ser… obra del Autor?"
El nombre resonó en la sala como un trueno.
Ishtar apretó los dientes.
"Ese maldito…"
No había pruebas. No había rastro de magia. No había lógica detrás de lo que acababa de pasar. Pero si había alguien capaz de hacer algo tan ridículo y humillante, solo podía ser él.
Apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en la piel.
"Encuentren a Haruhime. Ahora."
Las amazonas, aún tambaleantes, asintieron y comenzaron a movilizarse.
La guerra apenas comenzaba.
Las amazonas salieron disparadas por las puertas del palacio con una furia imparable, listas para buscar a Haruhime en cada rincón de Orario…
Pero apenas dieron unos pasos fuera del recinto, algo extraño sucedió.
Fwoosh.
Sin previo aviso, la realidad pareció distorsionarse, y en un parpadeo…
Estaban de vuelta en el centro del palacio.
Silencio.
Se miraron unas a otras, confundidas.
"… ¿Qué demonios fue eso?" preguntó una de ellas, frunciendo el ceño.
"Nos… ¿nos teletransportaron?"
Otra lo intentó. Corrió directo a la salida, cruzó las puertas y…
Fwoosh.
Regresó al mismo punto.
El pánico se extendió como un incendio.
Una docena de amazonas intentaron escapar al mismo tiempo, saltando por las ventanas, trepando por las paredes, atravesando puertas con sus armas desenvainadas.
Fwoosh. Fwoosh. Fwoosh.
Todas regresaron al centro del palacio, como si la propia realidad estuviera jugando con ellas.
Ishtar, que había estado observando todo con una vena palpitándole en la frente, finalmente explotó.
"¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO?!"
Las amazonas se giraron hacia ella, tan desesperadas como su diosa.
Una de ellas tragó saliva.
"… Estamos atrapadas."
Se hizo un silencio sepulcral.
Las palabras parecían pesar toneladas.
La Familia Ishtar, un grupo de poderosas guerreras, dominantes en el Distrito del Placer, temidas en todo Orario…
Encerradas como ratas en su propio palacio.
Ishtar se llevó una mano a la cara, temblando de ira.
"… Autor."
Su susurro destilaba puro veneno.
Entonces, en una de las paredes, apareció un mensaje. No escrito con tinta, sino como si el universo mismo lo hubiera impreso en el aire.
"Tiempo de castigo: indefinido. Salida no permitida. Intentos de escape serán respondidos con más pepinos."
Silencio.
Las amazonas se miraron unas a otras.
Entonces, una de ellas cayó de rodillas, temblando.
"… No otra vez…"
Justo cuando el pánico estaba alcanzando su punto máximo, las paredes del palacio comenzaron a vibrar con una melodía extrañamente pegajosa.
"It's raining tacos~"
Las amazonas parpadearon, confundidas.
"From out of the sky~"
Entonces, sucedió.
Tacos.
Miles de tacos comenzaron a caer del techo como si una tormenta celestial hubiera decidido que la mejor forma de castigar a la Familia Ishtar era con una inundación de comida mexicana.
"Tacos~ No need to ask why~"
"¿¡QUÉ DEMONIOS—!?", gritó una de las amazonas mientras un taco aterrizaba en su cabeza.
"Just open your mouth and close your eyes~"
"¡¿POR QUÉ ESTÁ SONANDO ESA MALDITA CANCIÓN?!"
Las amazonas intentaron cubrirse, pero era inútil. Los tacos caían sin piedad, acumulándose en montones gigantescos a su alrededor.
Ishtar, con su dignidad hecha trizas y un taco colgando de su cabello, apretó los dientes con furia.
Solo habían pasado veinte minutos. Veinte malditos minutos.
Y el palacio de la Familia Ishtar ya era un océano de tacos.
Las amazonas, que antes se movían con gracia y ferocidad, ahora estaban obligadas a nadar entre una marea interminable de tortillas, carne sazonada y queso. Algunas intentaban mantenerse a flote, mientras otras eran arrastradas por la corriente de tacos como si estuvieran atrapadas en arenas movedizas gastronómicas.
"¡No puedo… respirar!" gritó una de ellas, hundiéndose momentáneamente antes de resurgir con un taco atascado en la boca.
"¡Alguien, consígame un bote!"
"¡NO TENEMOS BOTES, SOMOS UNA FAMILIA DE AMAZONAS, NO MARINEROS!"
En un intento desesperado por recuperar el control, Phryne Jamil—la más grande y aterradora de las amazonas—intentó abrirse paso a la fuerza. Pero con cada paso que daba, los tacos parecían tragársela más y más, hasta que solo se le veía la cabeza sobresaliendo del mar de comida.
Ishtar, quien se mantenía en lo que solía ser su trono (ahora solo un islote de tacos), estaba al borde de la histeria.
"¡¿CÓMO ES POSIBLE QUE ESTO ESTÉ PASANDO?! ¡¿QUIÉN NOS HIZO ESTO?!"
Las amazonas apenas tuvieron tiempo de respirar cuando la lluvia de tacos cesó abruptamente.
Por un breve instante, el silencio reinó en el palacio. Algunas intentaron recuperar el aliento, otras comenzaron a quitarse los tacos pegados a sus cuerpos… y entonces, la verdadera pesadilla comenzó.
PLAF.
Algo cayó del cielo y se estrelló contra el suelo con un sonido húmedo y perturbador.
Las amazonas miraron la cosa pegajosa con confusión… hasta que un hedor indescriptible comenzó a propagarse.
"¿Qué… es… eso?" murmuró una de ellas, llevándose las manos a la nariz.
No tuvo oportunidad de responderse cuando otro objeto cayó. Y otro. Y otro más.
El palacio entero fue sumido en el caos mientras una lluvia infernal de los olores más asquerosos jamás concebidos por la humanidad comenzaba a caer sin piedad sobre ellas.
Calcetines de aventureros que llevaban semanas sin lavar. Queso podrido que había sido prohibido en varios países. Comida en descomposición sacada de los rincones más oscuros de la torre de Babel.
Y, lo peor de todo… durian.
La fruta prohibida. El destructor de narices. La calamidad en forma de alimento.
"¡¡¡AAAAAAAAAHHHHHH!!!"
Las amazonas gritaban, corrían, trataban de encontrar refugio… pero no había escape. Cualquier intento de salir del palacio solo resultaba en ser teletransportadas de vuelta al epicentro del horror olfativo.
Phryne cayó de rodillas, con los ojos llorosos. "¡MI NARIZ! ¡MI HERMOSA NARIZ!"
Ishtar, temblando, miró hacia la pared, donde un nuevo mensaje apareció con letras enormes:
"Esto es por lo que le hicieron a Haruhime."
El palacio volvió a temblar.
Las amazonas comprendieron, con un terror indescriptible, que esto… apenas era el comienzo.