Capitulo 18: Recuerdos del pasado…

El autor estaba sentado en una roca dentro del Dungeon, con la cabeza apoyada en una mano y el ceño fruncido. Pateaba una piedrita con aire de fastidio, viéndola rebotar contra las paredes antes de regresar a sus pies. Suspiró.

"Qué aburrido."

Miró a su alrededor. Los monstruos lo rodeaban a una distancia prudente, algunos fingiendo no verlo, otros directamente dándose la vuelta como si tuvieran cosas más importantes que hacer. Uno de ellos, un War Shadow, intentó deslizarse silenciosamente hacia atrás, pero al ver que el autor lo miraba, se congeló y luego se dejó caer al suelo como si estuviera muerto.

El autor suspiró de nuevo. Ni siquiera los monstruos querían interactuar con él.

"Podría hacer algo caótico… pero ¿qué? Ya he fastidiado a medio Orario, lancé cangrejos bailarines, hice llover vino… Hestia todavía debe estar molesta por lo de su puesto."

Se tumbó en la roca boca arriba, viendo el techo del Dungeon.

"… Maldita sea, necesito entretenimiento."

El autor se quedó viendo el techo del Dungeon, chasqueando la lengua mientras pensaba. Luego, de repente, se incorporó con una sonrisa maliciosa.

"Espera… Alfia murió en el Dungeon, ¿no?"

Se llevó una mano a la barbilla, fingiendo meditarlo profundamente.

"Sería una pena que alguien… la reviviera."

De inmediato, chasqueó los dedos.

El aire vibró, la atmósfera se volvió densa y una luz fantasmal se arremolinó en un punto del suelo del Dungeon. Era como si la misma mazmorra estuviera confundida con lo que estaba ocurriendo. Entonces, poco a poco, una figura empezó a materializarse en el centro de la luz.

Una mujer de cabello plateado y expresión severa abrió los ojos. Alfia, una de las más poderosas aventureras que jamás existieron, había vuelto a la vida.

Alfia sintio un frío intenso recorrer su cuerpo. Su respiración era pesada, su corazón latía con fuerza… pero estaba viva.

Confundida, se llevó una mano al pecho. No sentía dolor. No sentía el agotamiento extremo que la había consumido en sus últimos momentos.

Parpadeó varias veces y miró a su alrededor. Estaba en el Dungeon. Pero… ella había muerto.

O al menos, eso era lo que recordaba.

Se puso de pie lentamente, sin apartar la mirada del extraño que tenía enfrente. Un hombre de aspecto inusual, con una expresión divertida y despreocupada, la miraba con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

"… ¿Me salvaste?" preguntó Alfia con cautela.

El autor se llevó una mano al pecho, fingiendo modestia. "Bueno, digamos que hice algo más interesante que eso."

Alfia entrecerró los ojos. Algo no cuadraba. Algo no tenía sentido.

"… ¿Cuánto tiempo ha pasado?"

El autor inclinó la cabeza, pensativo.

"Mmm, algunos añitos."

La mirada de Alfia se volvió más seria.

"… ¿Quién eres?"

El autor dio un paso adelante, extendiendo los brazos con una gran sonrisa.

"Un hombre aburrido con demasiado poder."

Alfia frunció el ceño ante la actitud despreocupada del extraño frente a ella.

"¿Cómo te sientes?" preguntó el autor con una sonrisa, como si estuviera charlando con una vieja amiga. "Después de todo, no todos los días una de las mayores terroristas de la historia vuelve a la vida."

Alfia lo fulminó con la mirada.

"Ese título es una exageración."

El autor se cruzó de brazos y la miró con diversión. "¿Ah, sí? Evilus dejó un desastre enorme, y tú estabas en medio de todo. Pero claro, supongo que tu intención era más… educativa."

Alfia no respondió de inmediato. Lo miró con frialdad, evaluándolo. No era solo que conociera su pasado. Era la forma en que hablaba. No como alguien que había oído rumores, sino como alguien que sabía todo con certeza.

"… Ya veo. No eres alguien normal."

El autor rió. "Para nada."

Alfia suspiró. "No necesito que me expliques cómo es posible que esté viva. Solo dime qué quieres."

El autor chasqueó los dedos. "¡Vaya, qué rápida! Pensé que me tomaría más tiempo llegar a esta parte."

Sonrió ampliamente.

"La verdad… no quiero nada en especial. Solo me aburría."

Alfia cerró los ojos por un momento, procesando la situación. Si realmente habían pasado años desde su última batalla, entonces…

"Dime algo," dijo, mirando al autor con seriedad. "Si pasaron años… ¿los aventureros de Orario se fortalecieron?"

El autor sonrió con diversión y respondió sin dudarlo.

"No."

Alfia sintió un tic en la ceja. "¿Qué?"

"El aventurero más fuerte es un nivel 7 alto, pero meh."

Un pesado silencio cayó sobre ellos. Alfia lo miró con incredulidad, como si estuviera esperando que dijera que era una broma.

"… ¿En serio?"

El autor asintió con total calma.

Alfia suspiró y se frotó las sienes, sintiendo una leve jaqueca.

"Tantos años… y eso es todo lo que lograron."

El autor se encogió de hombros. "Al menos intentaron."

Alfia lo miró con una mezcla de frustración y resignación.

"Estoy empezando a arrepentirme de seguir viva."

El autor soltó una carcajada.

"Bueno, técnicamente no seguiste viva, yo te reviví. Así que si tienes que arrepentirte de algo, es de ser lo suficientemente interesante como para que me diera la gana hacerlo."

Alfia lo fulminó con la mirada.

"Qué privilegio más dudoso," murmuró con sarcasmo.

El autor sonrió aún más. "Oh, lo es. Créeme, la mayoría no tiene ese lujo."

Alfia suspiró de nuevo, pero luego lo miró con seriedad.

"Si los aventureros no han progresado tanto como esperaba, entonces mi sacrificio fue en vano. No puedo aceptar eso."

El autor inclinó la cabeza. "¿Y qué vas a hacer al respecto? ¿Volver al Orario y empezar a repartir golpes hasta que alguien te supere?"

Alfia cruzó los brazos. "No es mala idea."

El autor chasqueó los dedos.

"Bueno, eso suena como algo entretenido. Pero antes de que vayas a hacer tu cruzada para obligar a la gente a fortalecerse, dime, ¿qué piensas hacer ahora? Digo, técnicamente estás legalmente muerta."

Alfia lo miró con el mismo desdén que uno le daría a una piedra en el camino.

"No me importa si estoy legalmente muerta o no."

El autor asintió. "Sí, lo imaginé. Pero tenía que decirlo, ¿sabes? Por si de repente te daba por querer recuperar tus propiedades o algo."

Alfia suspiró y se masajeó las sienes. "No tengo tiempo para juegos. Si mi sacrificio fue inútil, debo corregirlo."

El autor la miró con interés. "¿Y cómo piensas hacer eso? ¿Vas a empezar a lanzar gospel a la ciudad hasta que alguien logre sobrevivir y subir de nivel?"

Alfia no respondió, pero el autor notó un ligero brillo en sus ojos.

El autor aplaudió. "¡Me gusta esa actitud! Pero antes de que te pongas en plan jefa final otra vez, ¿qué tal si primero te tomas un descanso? Llevas muerta un buen tiempo, seguro que te vendría bien relajarte un poco."

Alfia lo fulminó con la mirada. "No tengo tiempo para esas tonterías."

El autor sonrió con malicia. "Ah, pero yo sí."

Chasqueó los dedos.

En un abrir y cerrar de ojos, Alfia apareció sentada en una silla de playa, con gafas de sol y un cóctel en la mano, mientras el autor estaba recostado en otra, con un coco en la suya.

Ambos estaban en una playa paradisíaca.

Alfia miró a su alrededor y luego al autor.

"… Maldito seas."

Alfia trató de levantarse de la silla de playa, pero su cuerpo no respondía. Se quedó mirando su propia mano, frunciendo el ceño.

"¿Qué me hiciste?"

El autor sorbió su coco con una pajilla mientras la miraba con una sonrisa despreocupada. "Oh, nada grave. Solo te puse en 'modo vacaciones forzadas'. No puedes hacer nada violento ni ponerte en plan 'debo fortalecer a la humanidad a través del sufrimiento' hasta que no pases al menos un día completo relajándote."

Alfia apretó los dientes. "Eso es ridículo."

"Sí, y tú necesitas urgentemente aprender a disfrutar la vida. Así que shh… cierra los ojos y siente la brisa marina."

Alfia fulminó al autor con la mirada, pero él simplemente se acomodó mejor en su silla, sacando una radio de la nada y encendiéndola.

De los parlantes salió una canción ridículamente relajante.

Alfia cerró los ojos y tomó aire profundamente.

"Esto es una pérdida de tiempo…" murmuró.

"Shhh, estás en la playa, disfruta," dijo el autor, dándole unas palmaditas en el hombro.

Por más que le molestara admitirlo… la brisa realmente era agradable.

Alfia se acomodó en la silla con calma, sintiendo su cuerpo más ligero de lo que recordaba. No había rastros de la fatiga constante, ni el dolor que la había acompañado durante tanto tiempo. Frunció ligeramente el ceño, analizando la situación.

"…No siento el peso de mi enfermedad." Su mirada se posó en el autor, con una expresión inquisitiva. "¿Tuviste algo que ver con esto?"

El autor, sin ningún intento de ocultarlo, asintió con una sonrisa orgullosa.

"Obviamente. ¿Crees que te reviviría solo para que sigas sintiéndote como si te hubieran pasado diez Minotauros por encima?"

Alfia levantó una ceja. "¿Así de fácil?"

El autor hizo un gesto con la mano como si fuera lo más trivial del mundo. "Sí, lo de revivir ya es impresionante de por sí. ¿De qué serviría traerte de vuelta si sigues con la misma enfermedad? Eso sería como pedir una segunda oportunidad en la vida y que te la den con la misma deuda del préstamo anterior."

Alfia suspiró, apoyando la cabeza en la silla de playa.

"Entonces… no solo estoy viva, sino que también soy más fuerte de lo que fui antes de morir."

El autor la miró de reojo y sonrió. "Oh sí, estás hecha un monstruo ahora."

Alfia cerró los ojos, meditando en silencio.

"…Esto es problemático."

Pasaron unos minutos en silencio, solo el sonido de las olas y la brisa marina llenando el ambiente. Alfia, recostada en su silla de playa, miraba el horizonte con expresión neutra. El autor, a su lado, bebía tranquilamente un cóctel con un popote de sombrillita.

Finalmente, Alfia exhaló un suspiro y se incorporó un poco.

"Ya me aburrí."

El autor giró la cabeza hacia ella, con una ceja levantada. "¿En serio? ¿Cuánto llevamos aquí? ¿Veinte minutos?"

"Veintidós."

El autor chasqueó la lengua. "Tsk, qué impaciente."

Alfia lo miró con expresión plana. "Estuve pasando mis últimos años de vida enferma y al borde de la muerte. ¿De verdad esperas que ahora me quede sentada sin hacer nada?"

El autor se encogió de hombros. "Bueno, cuando lo pones así… ¿Qué quieres hacer entonces?"

Alfia apoyó la barbilla en una mano, pensativa.

"Hmm… veamos qué tan fuerte es ahora Orario."

El autor sonrió de lado.

"Me gusta cómo piensas."

El autor chasqueó los dedos y, en un parpadeo, la playa desapareció. En su lugar, ambos estaban de pie en una azotea con vista a Orario, justo frente a la Torre de Babel.

Alfia observó la ciudad con los brazos cruzados. "No ha cambiado mucho…" murmuró.

"Te sorprendería cuántas veces ha explotado algo dentro y luego fue reconstruida" comentó el autor con una sonrisa burlona.

Ella le echó una mirada de soslayo. "Hmph. Entonces, ¿cómo quieres hacer esto?"

El autor se encogió de hombros. "Pues técnicamente, eres una muerta viviente ahora. Podrías hacer lo que quieras."

Alfia ignoró el comentario y miró la ciudad en silencio. Después de unos segundos, dijo: "Quiero ver qué tan fuertes son los aventureros de hoy en día."

El autor sonrió. "¿Quieres probarlos?"

"Exacto."

El autor chasqueó los dedos, y una pantalla flotante apareció ante ellos, mostrando imágenes de los aventureros más fuertes de Orario.

"Veamos… Nivel 7, Ottar. Nivel 6, Ais Wallenstein. Nivel 5, Tiona y Tione. Nivel 6, Gareth… En fin, un puñado de niveles 6, y Ottar en la cima."

Alfia suspiró. "Patético."

Alfia parpadeó al encontrarse repentinamente en un edificio ruinoso. Miró a su alrededor con el ceño fruncido antes de fijar la vista en el autor. "¿Dónde estamos?"

El autor sonrió. "Bienvenida a la iglesia abandonada de la Familia Hestia."

Alfia levantó una ceja. "¿Familia Hestia?"

"Sí, la familia de tu sobrino."

El rostro de Alfia se endureció de inmediato. No dijo nada, pero la tensión en su expresión era evidente.

El autor la observó con una sonrisa burlona. "Oh, ¿qué pasa? ¿No quieres conocerlo? Pensé que te gustaría ver cómo ha crecido."

Alfia se quedó en silencio, mirando la estructura desgastada del lugar. Finalmente, murmuró: "Él no me necesita."

El autor chasqueó la lengua. "Tsk, tsk. Eso suena a excusa."

Ella cerró los ojos por un momento antes de soltar un suspiro. "No soy digna de estar en su vida."

El autor se cruzó de brazos. "Por lo que veo, sigues usando esa misma mentalidad de mártir."

Alfia apretó los puños. "No lo entenderías."

El autor rodó los ojos. "Sí, sí, el gran sacrificio, la redención, el camino trágico… Ya he escuchado ese discurso mil veces."

Alfia lo miró con frialdad.

El autor, sin inmutarse, sonrió. "Pero adivina qué. No me importa. Tienes la oportunidad de verlo ahora, de saber cómo es realmente. Y no me digas que no tienes curiosidad."

Alfia no respondió, pero su mirada se posó de nuevo en la iglesia.

El autor sonrió aún más. "Vamos, ¿qué es lo peor que podría pasar?"

Alfia siguió mirando la iglesia en silencio. Su expresión no mostraba nada, pero el autor sabía que su mente estaba llena de dudas.

El autor se estiró con pereza. "Bueno, si no vas a moverte, lo haré yo."

Antes de que Alfia pudiera reaccionar, el autor golpeó la puerta de la iglesia con fuerza.

Toc, toc, toc.

Alfia abrió los ojos con sorpresa y de inmediato intentó detenerlo. "¿¡Qué estás haciendo!?"

El autor le dedicó una sonrisa inocente. "Llamando a la puerta."

Alfia estaba a punto de replicar cuando la puerta se abrió.

Bell parpadeó al ver al autor en su puerta. "¿Eh? ¿Autor? ¿Qué haces aquí?"

El autor sonrió con total naturalidad. "Oh, nada. Solo te traje una visita especial."

Bell inclinó la cabeza. "¿Visita?"

Fue entonces cuando Bell notó a la mujer de cabello plateado a su lado. Alfia, con su vestido gris oscuro característico, lo observaba en completo silencio, con una mirada que parecía analizar cada detalle de su rostro.

El joven aventurero sintió un escalofrío. Había algo en esa mujer que le resultaba extrañamente familiar, pero al mismo tiempo, la sensación de peligro era innegable.

Bell tragó saliva. "¿Q-Qué sucede?"

El autor se apoyó en el marco de la puerta con una sonrisa de satisfacción. "Oh, nada. Solo quería que conocieras a tu tía, Alfia."

Silencio absoluto.

Bell parpadeó, completamente confundido. "¿Tía…?"

Alfia simplemente lo miró en silencio, sin confirmar ni negar nada.

El autor se cruzó de brazos. "Sí, Bell, tía. ¿No te lo imaginas? ¿Cabello plateado? ¿Rasgos parecidos? ¿No te suena?"

Bell inclinó la cabeza. "Eh… no, la verdad no."

El autor se llevó una mano a la cara. "Por supuesto… Olvidé que eres un campesino sin acceso a la historia de Orario."

Bell parpadeó de nuevo. "Oye, eso sonó un poco ofensivo."

El autor lo ignoró y miró a Alfia. "Tienes que explicarle desde cero."

Alfia suspiró, como si la idea de hablar demasiado la agotara. Miró a Bell con su expresión severa de siempre. "Soy la hermana de tu madre, mi nombre es Alfia."

Bell se quedó congelado. Su cerebro tardó en procesarlo.

"…¿Eh?"

El autor sonrió satisfecho. "Ahí está."

Bell seguía en shock, mirando a Alfia como si acabara de descubrir que los dragones existían.

"¿Mi… mi tía?" repitió, con la boca entreabierta.

Alfia asintió lentamente. "Así es." Pero su expresión se veía algo extraña, sobre todo cuando Bell mencionó la palabra tía.

Bell abrió la boca varias veces, intentando formular una respuesta coherente. "P-pero… ¿cómo…? ¿Por qué no sabía nada de ti? ¿Y cómo es que estás aquí ahora…?"

El autor aplaudió. "¡Buena pregunta, Bell! Pero la respuesta es muy simple."

Bell se giró hacia él con expectativa.

El autor sonrió. "Porque sí."

Silencio.

Bell parpadeó. "¿…Eso no es una respuesta?"

El autor alzó una ceja. "Claro que sí. Es una respuesta corta, concisa y directa al punto."

Bell miró a Alfia, buscando ayuda. Ella simplemente suspiró. "Digamos que estaba… indispuesta. Y ahora ya no."

Bell volvió a abrir la boca, pero el autor lo interrumpió poniéndole una mano en la cabeza. "Escucha, Bell. Tienes dos opciones: entrar en crisis existencial o aceptar que tienes una tía misteriosa con cara de pocos amigos y seguir adelante. ¿Cuál eliges?"

Bell miró a Alfia, que seguía con su expresión severa pero sin intenciones de desmentir nada. Luego miró al autor, quien tenía la cara de alguien que claramente no iba a dar más explicaciones.

"…Supongo que la segunda opción."

El autor aplaudió. "¡Buena elección! Ahora, ¿qué tal si celebramos esta reunión familiar con una buena pizza?"

Bell todavía estaba asimilando toda la situación. Tenía una tía. Una tía de la que nunca había escuchado. Y, para empeorar su confusión, el autor había decidido celebrar esto con pizza.

"Espera, espera… esto es demasiado rápido…" Bell se frotó la sien. "Ni siquiera sé qué decir."

Alfia cruzó los brazos. "No tienes que decir nada."

El autor asintió. "Exacto. Solo acepta el milagro y sigue con tu vida."

Bell suspiró, tratando de ordenar sus pensamientos. "Bueno… ya que estamos aquí, al menos podrías contarme más sobre mi madre."

Alfia se quedó en silencio por un momento, mirándolo con una expresión inescrutable.

El autor silbó. "Uf, Bell, tocaste un tema delicado. Pero me gusta tu valentía."

Bell tragó saliva, nervioso. "¿Dije algo malo…?"

Alfia negó lentamente con la cabeza. "No. Es solo que… es difícil hablar de ella."

El autor, que claramente no entendía el concepto de "momento solemne", sacó de la nada un álbum de fotos y se lo pasó a Bell.

Bell pasó la página, viendo una imagen de Meteria sentada junto a una ventana, con un libro en las manos, sonriendo mientras la luz del sol iluminaba su rostro.

Bell observó las imágenes con una mezcla de asombro y desconcierto. "Se ven… demasiado realistas. ¿Cómo hiciste esto?"

Alfia, con el ceño fruncido, pasó una mano sobre la imagen de su hermana. "Esto no es una pintura ni un retrato hecho a mano. Es casi como si… estuviera viéndola en persona."

El autor sonrió con suficiencia. "Son imágenes capturadas directamente de la realidad."

Alfia mantuvo su mirada fija en la imagen de Meteria, sus dedos temblando apenas. "…No pensé que volvería a ver su rostro tan claramente."

Bell desvió la mirada de la imagen a Alfia. "¿Tú la conociste?"

Alfia cerró los ojos por un momento antes de asentir. "¿No era obvio? Vivimos juntas hasta… que nuestros caminos se separaron."

"Entonces…" Bell miró al autor. "¿Tienes más?"

El autor sacó otra imagen y se la mostró. En esta, Meteria y Alfia estaban juntas, una al lado de la otra, con expresiones serenas.

Bell la miró fijamente, sin saber exactamente qué sentir.

"…Gracias."

El autor sonrió. "De nada."

Alfia suspiró y dejó el álbum sobre la mesa. "Si querías sorprenderme, lo lograste. Pero ya basta de sentimentalismos. ¿Vamos a seguir con esta 'reunión familiar improvisada' o no?"

Bell sonrió levemente, aún con la imagen en sus manos. Tal vez este encuentro había sido inesperado y surrealista… pero en su interior, sentía algo cálido. Algo que nunca había experimentado antes.

Bell aún tenía la imagen en sus manos, mirándola como si tratara de memorizar cada detalle. Alfia lo observó de reojo, su expresión volviéndose más neutra.

El autor, con su eterna sonrisa, rompió el silencio. "Bueno, esto ha sido conmovedor y todo, pero hay algo que quiero probar."

Bell parpadeó y levantó la vista. "¿Probar?"

El autor se estiró como si la conversación le hubiera cansado. "Sí, quiero ver qué tanto puedes hacer ahora, Bell. Recuerda que te di esa pistolita de aire, y sería una lástima que no la uses."

Bell parpadeó varias veces. "¿Ahora mismo… aquí?"

El autor chasqueó los dedos, y de repente, el cielo sobre la iglesia se volvió negro, como si un eclipse hubiera cubierto la luna. De las sombras emergió una criatura grotesca, un monstruo del Dungeon que no debería existir en la superficie.

Bell dio un paso atrás, sorprendido. "¡E-espera, qué—!"

Alfia ni siquiera se movió de su lugar, solo observó la criatura con aburrimiento. "Tienes suerte, mocoso. Esto servirá para que me demuestres si valió la pena que mi hermana diera su vida por ti."

Bell sintió un escalofrío al escuchar esas palabras.

El autor, flotando casualmente en el aire como si estuviera sentado en un sofá invisible, agitó la mano. "Vamos, Bell. Hora del examen sorpresa."

Bell tragó saliva. Miró al monstruo, luego a Alfia, luego al autor, quien le hizo un gesto como si le dijera "Ánimo, campeón".

El monstruo rugió, sacudiendo la iglesia con su presión. Bell sintió el instinto de correr, pero algo dentro de él le dijo que no era opción.

"¡Pew pew!"

El autor gritó desde arriba mientras apuntaba con los dedos como si fueran pistolas.

Bell se sintió estúpido, pero sacó aire de sus pulmones y activó su habilidad.

"¡Pew pew!"

Una bala de aire comprimido salió disparada de su mano, impactando en el monstruo… y rebotando como si le hubiera lanzado una piedrita.

"…"

El autor soltó una carcajada. "Bueno, supongo que tienes que entrenar más."

Bell palideció. "¡¿Cómo que entrenar más?! ¡¿Qué es eso?!"

El monstruo avanzó hacia él, y Bell se preparó para esquivarlo, pero antes de que pudiera moverse, una onda de energía pura lo atravesó.

El monstruo explotó.

Bell cayó de espaldas, parpadeando. Alfia había levantado una mano, con restos de magia disipándose en el aire.

El autor aplaudió. "Bien, Bell, sobreviviste 10 segundos. Eso ya es algo."

Bell lo miró con desesperación. "¡¿Algo?!"

Alfia suspiró, cruzándose de brazos. "Lamentable."

El autor sonrió de lado. "Bueno, al menos no murió. Por hoy, eso es suficiente."

Bell aún no podía procesar lo que acababa de pasar. Mientras tanto, Alfia miraba el cielo oscuro que el autor había traído consigo.

"…Por cierto, ¿puedes devolver el cielo a la normalidad?"

El autor chasqueó los dedos. El sol volvió a brillar como si nada hubiera pasado.

Alfia suspiró y se frotó las sienes. "¿Realmente tienes que decir 'pew pew' cada vez que usas esa habilidad?"

Bell desvió la mirada, avergonzado. "No puedo evitarlo… el autor dijo que era un requisito."

Alfia volteó a ver al autor con una mirada fulminante.

El autor sonrió con total desfachatez. "¿Qué? ¡Le da estilo!"

Alfia cerró los ojos y tomó aire como si intentara contener una enorme frustración. "Podrías haberle dado una técnica decente, pero no… le diste algo que suena como un juguete."

Bell miró sus manos con resignación. "No puedo hacer nada al respecto…"

El autor le dio unas palmaditas en la espalda. "No te preocupes, Bell. Un día harás 'pew pew' con tanta confianza que nadie se atreverá a reírse."

Alfia se llevó una mano al rostro. "Dudo mucho que ese día llegue."

El autor se estiró con pereza y miró a Bell. "Bueno, Bell, la reunión familiar ha terminado. Además, no volverán a verse."

Bell ladeó la cabeza, sin entender del todo. "¿Eh?"

Alfia, en cambio, sí comprendió. Sus ojos se abrieron ligeramente, no en sorpresa, sino en una silenciosa aceptación. Claro… así tenía que ser.

El autor la miró de reojo, viendo cómo bajaba la mirada con un suspiro. Pero no protestó. No había necesidad.

"Entonces, Bell, cuídate." Alfia le dedicó una última mirada serena. "Eres demasiado blando, así que no mueras."

Bell sonrió con nerviosismo. "Haré mi mejor esfuerzo…"

Sin más que decir, el autor y Alfia salieron de la iglesia caminando como cualquier otra persona. Nada de desapariciones dramáticas ni efectos especiales. Solo dos figuras alejándose con paso tranquilo bajo la luz del sol.

Alfia cerró los ojos, sintiendo el viento en su rostro una última vez.

Cuando el autor volteó a mirarla, ella ya no estaba.

Bell se quedó en la puerta de la iglesia, viendo a lo lejos hasta que el autor y Alfia desaparecieron de su vista.

No sabía por qué, pero había algo en esas últimas palabras que le dejaba un extraño vacío en el pecho.

"No volverán a verse."

El tono del autor no había sido triste ni solemne, pero de alguna forma, le daba la sensación de que no era solo una despedida casual.

"Por qué… ¿Realmente no la veré de nuevo?" murmuró para sí mismo, apretando los puños.

Había pasado tan poco tiempo con ella. Apenas si la conocía. Pero por alguna razón, estar con ella le había dado una extraña sensación de familiaridad… como si fuera alguien importante que había estado ausente toda su vida.

Se sentó en su cama, apoyando los codos en sus rodillas mientras miraba al suelo.

"Tal vez estoy pensando demasiado…"

Pero, aun así… no pudo evitar sentirse triste.

Sacudiendo la cabeza, Bell decidió que no podía simplemente quedarse sentado sintiéndose así.

Si el autor había dicho que no volverían a verse, entonces tenía que haber una razón… y la única forma de entender lo que estaba pasando era averiguar más sobre Alfia.

Se levantó rápidamente de la cama y tomó su chaqueta, poniéndosela mientras salía de la iglesia.

"Si alguien en Orario sabe quién es ella… tiene que ser el gremio."

Con determinación en su mirada, Bell cerró la puerta de la iglesia y comenzó a correr hacia el gremio de aventureros.

Bell llegó al gremio de aventureros, tomando aire tras su pequeña carrera. Se dirigió directamente al mostrador donde Eina, su asesora, estaba organizando algunos documentos.

Cuando ella lo vio, sonrió con amabilidad.

"¡Oh, Bell! Qué sorpresa verte por aquí tan temprano."

Bell asintió y le devolvió la sonrisa, aunque había un tinte de nerviosismo en su expresión.

"¡Buenos días, Eina! Quería preguntarte algo… ¿Tienes un momento? Necesito información sobre una mujer."

Bell se acercó al mostrador del gremio con una expresión determinada, saludando a su asesora con una leve inclinación de cabeza.

Eina parpadeó antes de sonreír con picardía, apoyando el rostro en una mano.

"¿Oh? ¿Necesitas información sobre una mujer?" Su tono era juguetón. "Bell, no me digas que—"

Bell se puso rojo de inmediato y comenzó a agitar las manos con nerviosismo.

"¡N-no es eso! ¡No me enamoré de ella ni nada parecido!" exclamó, tartamudeando.

Eina rió suavemente ante su reacción. "Está bien, está bien. ¿Cómo se llama?"

Bell tomó aire antes de decir el nombre.

"Alfia."

La sonrisa de Eina desapareció en un instante.

Su cuerpo se quedó completamente inmóvil, y sus ojos se abrieron con sorpresa. Una tensión palpable se instaló entre ambos.

El cambio de ambiente fue tan drástico que Bell sintió un escalofrío recorrer su espalda.

"Señorita Eina… ¿qué pasa?" preguntó con cautela.

Eina se tomó un momento para recuperar la compostura antes de hablar.

"Sígueme."

Sin decir más, se giró y comenzó a caminar con pasos apresurados. Bell la siguió con nerviosismo mientras lo guiaba por los pasillos del gremio hasta una puerta al fondo de un pasillo poco transitado.

Eina sacó una llave y abrió la puerta, llevándolo a un pequeño cuarto privado utilizado para reuniones confidenciales.

Tan pronto como Bell entró, Eina cerró la puerta tras él y se giró para mirarlo fijamente.

"Bell… ¿por qué estás buscando información sobre esa mujer?"

El tono de su voz había cambiado completamente. La amabilidad de antes se había desvanecido, dejando solo una seriedad cortante.

Bell tragó saliva, sintiéndose un poco intimidado.

"Esa mujer… es mi tía."

Hubo un silencio sepulcral.

Eina simplemente lo miró, sin parpadear, como si su cerebro estuviera tratando de procesar lo que acababa de escuchar.

"Tu… ¿qué?"

"Mi tía," repitió Bell, sintiéndose un poco incómodo bajo su intensa mirada.

Eina abrió la boca, pero no encontró palabras. La cerró, luego la volvió a abrir, solo para cerrarla de nuevo.

El aventurero frente a ella, el chico tímido que tenía sueños de convertirse en un héroe, acababa de decirle que tenía un parentesco directo con una de las figuras más infames de la historia de Orario.

Simplemente, no podía procesarlo.

Eina respiró hondo para calmarse y se ajustó las gafas antes de hablar.

"Bell, ¿estás seguro de lo que estás diciendo?"

"Sí, señorita Eina," asintió Bell. "¿Por qué lo pregunta?"

Eina suspiró y se cruzó de brazos.

"Está bien… te lo explicaré."

Bell se enderezó, prestando toda su atención.

"La persona de la que estás hablando, Alfia, fue una de las aventureras más fuertes que Orario ha visto. Pertenecía a la Familia Hera, que en su época era una de las dos más poderosas de toda la ciudad, junto con la Familia Zeus."

Bell parpadeó sorprendido.

"La Familia Hera…" murmuró.

Eina asintió y continuó.

"Pero después de la caída de esa familia, Alfia desapareció de la vista del público. No se supo nada de ella hasta que apareció años después como parte de Evilus."

Bell sintió un escalofrío al escuchar ese nombre.

"¿Evilus…?"

"Sí." Eina asintió con una expresión seria. "Era un grupo de facciones que sembraron el caos en la ciudad hace años. Alfia fue una de sus figuras más temidas, participando en numerosos ataques y causando incontables bajas en Orario."

Bell sintió que un peso caía sobre sus hombros.

"Pero… ¿por qué haría algo así?"

"No se sabe con certeza," admitió Eina. "Pero lo que sí sabemos es que era increíblemente fuerte. Se dice que incluso con su enfermedad debilitándola, todavía era lo suficientemente poderosa como para derrotar a casi cualquier aventurero."

"¿Enfermedad?"

Eina asintió.

"Alfia sufría de una enfermedad incurable que limitaba su vida. A pesar de eso, continuó luchando hasta el final."

"¿El final…?" Bell se tensó.

Eina suspiró y lo miró con una expresión cautelosa.

"Bell… Alfia murió hace años. Durante el 'Gran Conflicto', cayó al fondo de un pozo profundo hasta los Pisos Profundos luego de que fuera derrotada por la Familia Astrea"

Bell se quedó completamente quieto.

"Eso… no puede ser," murmuró.

Eina frunció el ceño.

"¿Bell?"

"¡Eso es imposible!" Bell negó con la cabeza. "Yo la vi hace poco. Hablé con ella."

Eina parpadeó, confundida.

"… ¿Qué?"

Bell levantó la mirada.

"Señorita Eina, yo la vi con mis propios ojos. Hablé con ella. No puede estar muerta."

Eina lo observó con una mezcla de incredulidad y preocupación.

"… ¿Bell, estás seguro de que estamos hablando de la misma Alfia?"

Bell tomó aire y empezó a describirla con detalle.

"Tenía el cabello plateado y largo, sus ojos eran de distinto color, uno verde y otro gris… además, llevaba un vestido negro."

Eina sintió que un escalofrío recorría su espalda.

"No hay duda… esa era Alfia."

Bell tragó saliva.

"Entonces… si estamos hablando de la misma persona, ¿cómo es posible…?"

Eina se quedó en silencio por un momento. Había escuchado muchas cosas extrañas desde que trabajaba en el Gremio, pero esto… esto superaba todo.

"Bell… ¿estás absolutamente seguro de que la viste?"

"Sí." Bell asintió con firmeza. "No era un fantasma ni una ilusión. Hablé con ella, la vi moverse, la vi reaccionar…"

Eina se mordió el labio.

"Eso es… imposible."

Bell bajó la mirada, sintiéndose aún más confundido.

"Yo tampoco lo entiendo."

El silencio se instaló en la habitación.

Eina sabía que Bell no era del tipo que mentía o inventaba historias. Pero si Alfia estaba muerta… entonces, ¿cómo había podido verla?

Bell abrió los ojos con sorpresa.

Había un detalle que estaba pasando por alto.

Alfia no estaba sola cuando la vio.

Estaba con él.

El autor.

Ese ser misterioso que hacía cosas imposibles como si fueran simples juegos.

Si alguien en el mundo podía hacer que una persona muerta regresara… era él.

"Señorita Eina."

Eina, que aún estaba intentando procesar todo, lo miró con confusión.

"¿Qué pasa, Bell?"

"Ahora que lo pienso… cuando vi a mi tía, ella estaba con el autor."

Eina frunció el ceño.

"El… ¿autor?"

Bell asintió.

"Sí, el mismo que me entrenó por un día y me dio mi habilidad de 'pistola de aire pew pew'."

Eina suspiró.

"¿Todavía la llamas así?"

Bell tosió, evitando responder.

"Lo importante es que el autor es alguien que hace cosas imposibles. Puede aparecer y desaparecer a voluntad, sabe cosas que nadie más debería saber… y no me sorprendería si pudiera revivir a los muertos."

Eina se quedó en silencio, asimilando la información.

Si alguien como él estaba involucrado, entonces las reglas normales de la realidad no aplicaban.

"Entonces… ¿quieres decir que el autor trajo a Alfia de vuelta a la vida?"

Bell asintió.

"No tengo pruebas, pero tampoco dudas."

Bell bajó un poco la mirada, recordando las palabras del autor.

"Él dijo que no volveríamos a vernos después de nuestra reunión…"

Eina parpadeó. "¿Qué?"

"Eso fue lo que dijo el autor antes de irse con mi tía. Y por alguna razón… ella no lo discutió. Solo aceptó sus palabras."

Eina cruzó los brazos, pensativa. "Eso suena como si…"

"…como si ella fuera a desaparecer de nuevo."

Bell asintió con preocupación.

Eina observó a Bell con una expresión difícil de descifrar. Suponía que, después de todo, no importaba qué tan increíble sonara la historia, Bell creía en lo que decía.

Y lo más importante…

"Así que por eso viniste aquí" murmuró Eina, cruzándose de brazos. "Sabías que el autor dijo que no volverían a verse, pero aun así intentaste buscar información"

Bell asintió con una leve sonrisa melancólica.

"No quería simplemente aceptarlo sin más"

Eina suspiró. Era tan típico de Bell… aunque esta vez, por mucho que le costara admitirlo, incluso ella no sabía cómo lidiar con la situación.

Eina vio cómo Bell bajaba la mirada, apretando los puños con fuerza.

"Quería… por lo menos tener un vínculo con alguien que fuera de mi misma sangre" murmuró con una sonrisa triste. "Pero parece que solo fue una ilusión…"

El peso de sus palabras quedó flotando en el aire.

Eina sintió un nudo en el pecho. Quería decir algo, cualquier cosa que pudiera consolarlo, pero… ¿qué podía decir en esta situación? No podía prometerle que volvería a ver a Alfia. Ni siquiera sabía cómo procesar el hecho de que hubiera podido verla en primer lugar.

Eina observó a Bell en silencio por un momento. Lo conocía lo suficiente para saber que, aunque intentara mantenerse firme, las palabras que acababa de decir venían de lo más profundo de su corazón.

Sin decir nada, se acercó y puso una mano en su hombro.

"Bell… está bien sentirse así."

El joven levantó la vista, sorprendido por la calidez en su voz.

"Sé que querías aferrarte a esa conexión. No importa lo que haya hecho en el pasado, ella era tu familia. Y aunque ahora ya no esté… eso no borra lo que compartieron."

Bell bajó la mirada, apretando los puños.

"Pero… se siente como si todo hubiera sido solo una ilusión."

Eina negó con la cabeza y le dedicó una sonrisa suave.

"Si fuera una ilusión, no te dolería perderla."

Bell abrió los ojos con sorpresa. Por unos segundos, no supo qué responder. Pero luego, con un suspiro, asintió levemente.

"…Gracias, señorita Eina."

Ella sonrió.

"Para eso estoy aquí."

En un balcón con vistas a la bulliciosa ciudad de Orario, el Autor se apoyaba en la barandilla, mirando el horizonte con expresión pensativa. A su lado, Haruhime lo observaba con curiosidad, su cola moviéndose lentamente mientras sostenía una taza de té.

"¿Acaso ha ocurrido algo, Autor-sama?" preguntó Haruhime con suavidad.

El Autor suspiró dramáticamente, alzando una mano como si estuviera en una obra de teatro de tragedia griega.

"Haruhime, he hecho tantas cosas en este mundo… He traído pizza a la Familia Loki, he aparecido de la nada para asustar a Freya, he modificado la realidad por puro capricho… Y, sin embargo…"

Dejó que el silencio llenara el aire, esperando que la tensión dramática hiciera su trabajo. Haruhime inclinó la cabeza.

"¿Y sin embargo…?"

"Ya no me divierte tanto."

El viento sopló con un dramatismo conveniente.

"¿Eh?"

"Las primeras veces fueron entretenidas. Hacer que Loki tuviera una crisis existencial porque la pizza era demasiado buena. Jugar con la trama como si fuera plastilina. Pero ahora… ahora todo se siente meh."

Haruhime parpadeó, procesando lo que decía.

"Entonces… ¿está aburrido?"

"No aburrido, Haruhime. Desensibilizado. Lo que antes me hacía reír a carcajadas ahora solo me saca una sonrisa nostálgica. Es como cuando juegas un videojuego por primera vez y todo es increíble, pero luego de repetirlo demasiadas veces… ya no sientes lo mismo."

La renard asintió lentamente aunque no sepa lo que es un videojuego, pero puede compararlo con leer el mismo libro una y otra vez.

"Entonces… tal vez necesita algo nuevo. Algo que nunca haya hecho antes."

El Autor entrecerró los ojos.

"¿Algo que nunca haya hecho antes?"

Haruhime asintió con algo de entusiasmo.

"¡Sí! Algo tan absurdo, tan impredecible, que incluso usted se sorprenda. Algo que haga que su corazón vuelva a latir con emoción."

El Autor se quedó en silencio, mirando la ciudad. Luego, una sonrisa se formó en sus labios.

"Haruhime… eres un genio."

"¿Eh? ¿De verdad?"

"Sí. Porque acabas de darme la excusa perfecta para hacer algo tan ridículo que desafiará incluso mi propia lógica."

Haruhime sintió un escalofrío, pero sonrió de todos modos.

"Eso suena… interesante."

"Interesante no, Haruhime. Histórico."

El Autor cruzó los brazos y miró hacia el horizonte con una sonrisa inquietante.

"He decidido… que me voy a volver el villano de esta historia."

El té que Haruhime sostenía tembló ligeramente en su mano.

"¿E-El villano…?"

"Exacto. Un arco de villano. Me convertiré en la mayor amenaza de Orario, un enemigo que desafiará todo lo establecido. La narrativa misma se estremecerá ante mi poder."

Haruhime tragó saliva. Sabía que el Autor hacía cosas absurdas, pero esto… esto era otro nivel.

"P-Pero, Autor-dono… eso no solo es malo… también es peligroso."

El Autor giró la cabeza lentamente hacia ella con una expresión de pura satisfacción.

"Exactamente."

Haruhime sintió un escalofrío recorrer su espalda. Esto iba más allá de simplemente hacer pizza o teletransportarse para asustar a la gente. Si el Autor realmente se volvía el villano… ¿qué tan desastroso podía ser?

"¿Q-Quiere decir que hará cosas malvadas? ¿Atacará personas? ¿Arruinará vidas?"

El Autor puso una mano en su barbilla, como si estuviera reflexionando.

"No lo sé, aún no decido qué tipo de villano quiero ser. Podría ser un tirano despiadado, un manipulador en las sombras, un destructor caótico…"

Haruhime se sintió mareada.

"¡No puede simplemente decidir ser el villano como si fuera una elección de menú!"

"Claro que puedo. Soy el Autor."

Haruhime respiró hondo, intentando mantenerse calmada.

"P-Pero… si se convierte en el villano… ¿quién lo va a detener?"

El Autor se quedó en silencio por un momento. Luego, su sonrisa se amplió.

"Exactamente."

Haruhime sintió que su corazón latía con fuerza. Si el Autor realmente se volvía el villano, Orario no volvería a ser el mismo. Pero antes de que el pánico pudiera consumirla por completo, el Autor levantó una mano, deteniendo su tren de pensamientos.

"Tranquila, tranquila. No voy a hacer mi arco de villano aquí."

Haruhime parpadeó, confundida.

"¿No…?"

"Claro que no. Aquí ya me conocen. Loki solo se reiría, Freya probablemente lo vería como otro de mis caprichos, y Ais… bueno, Ais me miraría fijamente con cara de piedra, como siempre."

Haruhime inclinó la cabeza.

"Entonces… ¿dónde piensa hacer su arco de villano?"

El Autor sonrió, con esa expresión de alguien que estaba a punto de hacer algo que desafiaría la lógica misma.

"En un universo paralelo. O en otra línea de tiempo. O… bah, ni idea, pero en algún lugar que sea igual a este, solo que sin afectar nada aquí."

Haruhime sintió un gran alivio.

"Ah… entonces… ¿será una especie de simulación?"

"Algo así. Para ellos será completamente real, pero para este Orario… nada cambiará. Así que no tienes que preocuparte."

Haruhime suspiró, relajando los hombros.

"Menos mal…"

El Autor se cruzó de brazos, mirando el cielo con emoción.

"Ahora solo queda una cosa…"

Haruhime lo miró con cautela.

"¿Y qué es eso?"

El Autor giró la cabeza hacia ella con una sonrisa de pura satisfacción.

"Decidir qué clase de villano quiero ser."

El Autor asintió para si mismo con confianza.

"Mmm, lo voy a pensar sobre la marcha. No hay necesidad de planear tanto, la mejor parte de un arco de villano es la improvisación. Pero lo que sí tengo claro…"

Se giró hacia Haruhime con una sonrisa maliciosa.

"Es que tú tienes que acompañarme."

Haruhime abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Su cola se erizó por completo.

"¿Q-Qué quiere decir con eso?"

El Autor hizo un gesto despreocupado.

"Bueno, necesito a alguien que sea mi mano derecha, mi cómplice, mi confidente en esta empresa malvada. Y tú eres perfecta para el puesto."

Haruhime sintió que el suelo bajo sus pies tambaleaba.

"¡P-Pero yo no soy una villana! ¡Yo no sirvo para eso!"

El Autor le dio unas palmaditas en la cabeza.

"No te preocupes, puedes ser la villana a regañadientes. Es un arquetipo clásico."

Haruhime sintió que la cabeza le daba vueltas.

"P-Pero, Autor-sama, ¿por qué yo?"

El Autor la miró con una expresión de profunda sabiduría.

"Porque me caes bien."

Haruhime parpadeó.

"E-Esas no son razones suficientes…"

"Claro que sí. Además, piensa en esto… ¿qué pasaría si no vienes?"

Haruhime abrió la boca para responder, pero luego lo pensó bien. Si no lo acompañaba, el Autor haría lo que fuera sin ninguna clase de supervisión. Y considerando que ya era capaz de hacer cosas absurdas en Orario, si nadie estaba ahí para frenarlo en su arco de villano, las cosas podrían salirse de control rápidamente.

"…Oh no."

El Autor asintió con satisfacción.

"Exacto. Así que, empaca tus cosas, Haruhime. Nos vamos a un universo paralelo a desatar el caos."