Rebelión contra el Cielo - Part 26

Capítulo 26: Un Regalo para la Muerte

Ryuusei inclinó la cabeza aún con su mascara puesta, contemplando los restos destrozados de Kenta y Haru con una mezcla de curiosidad y desinterés. El hedor a sangre y carne abierta impregnaba el aire, volviéndolo pesado, pegajoso. La luna, alta en el cielo, iluminaba la grotesca escena con un brillo pálido, casi burlón.

—¿Cuántas veces van ya? —murmuró para sí mismo, girando su martillo con calma, dejando que la sangre fresca salpicara el suelo.

Nadie respondió, claro.

Kenta y Haru ya no podían hablar. Sus cuerpos eran un amasijo de huesos fracturados y carne desgarrada, temblando en espasmos finales. Kenta intentó abrir la boca, pero lo único que logró fue expulsar un burbujeo oscuro de sangre y fragmentos de dientes. Sus globos oculares apenas se mantenían en sus cuencas, desorbitados por el dolor.

Haru no estaba mejor. Sus costillas se habían convertido en un rompecabezas macabro, algunas sobresaliendo de su torso como garras de marfil. Cada débil intento de respirar hacía que el aire silbara a través de sus pulmones perforados.

Patético.

Ryuusei suspiró, aburrido.

—No importa. Aún no han sufrido lo suficiente.

Su sonrisa se ensanchó con un brillo cruel en los ojos. Elevó su martillo una vez más y lo dejó caer con una brutalidad mecánica.

¡CRASH!

La cabeza de Kenta explotó como una fruta podrida, esparciendo sesos, fragmentos de cráneo y sangre en todas direcciones.

¡CRASH!

Otro golpe convirtió el pecho de Haru en un charco irreconocible de órganos destrozados. La caja torácica cedió, hundiéndose sobre sí misma como un castillo de naipes.

Los gritos habían cesado. Ahora solo quedaban los sonidos húmedos de los golpes y el eco de la violencia en el aire nocturno.

Daichi, quien había estado paralizado todo este tiempo, dejó escapar un jadeo entrecortado. Sus piernas temblaban, sus puños se cerraban con fuerza inútil. El sudor le corría por el rostro en gruesas gotas.

—M-Maldito…

Pero Ryuusei ya no estaba prestándole atención. Algo más había captado su interés.

A lo lejos, más allá del charco de sangre en el que se había convertido el suelo, se distinguían siluetas en movimiento. Ojos amarillentos brillaban en la oscuridad. Un coro de gruñidos bajos y jadeos entrecortados llenó el aire.

Perros.

No perros comunes, sino bestias famélicas, piel y hueso, con el pelaje opaco y manchado de mugre y heridas. Sus hocicos goteaban saliva, y sus movimientos erráticos delataban un hambre voraz, desesperada.

Ryuusei chasqueó la lengua, divertido.

—Perfecto.

Sin dudarlo, desenvainó una de sus dagas de teletransportación. Con un movimiento preciso, cortó trozos de carne de los cuerpos de Kenta y Haru. Trozos aún tibios, aún palpitantes.

Los arrojó al suelo frente a la jauría.

La reacción fue inmediata.

Los perros se lanzaron sobre los restos con un frenesí animal. Mordiscos desgarraban la carne, las fauces arrancaban tendones y músculos como si fueran papel mojado. El crujir de huesos entre los colmillos resonó en el aire, mezclado con jadeos y gruñidos de competencia.

Ryuusei los observó con una satisfacción cruel, inclinando la cabeza con el mismo interés con el que un artista contempla su obra maestra.

—Si sobra algo… —dijo en voz alta, sin girarse—. Se lo enviaré a La Muerte como un regalo.

Daichi dio un paso atrás, horrorizado. Pero antes de que pudiera reaccionar, Ryuusei extendió una mano, invocando a un Heraldo Común.

La criatura apareció de la nada, envuelta en sombras. Su túnica oscura flotaba sobre el suelo y sus ojos eran pozos vacíos de absoluta oscuridad. No tenía rostro, no tenía voz, pero su presencia helaba el aire.

—Llévale esto a La Muerte —ordenó Ryuusei, señalando los restos aún no devorados—. Dile que es un pequeño obsequio de mi parte.

El heraldo no respondió. Simplemente se inclinó y, con un movimiento fluido, envolvió los despojos en un torbellino de sombras antes de desaparecer.

Ryuusei suspiró con una sonrisa de satisfacción.

—Bien, ahora solo falta un último detalle.

Daichi apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que Ryuusei apareciera frente a él en un parpadeo.

¡PUM!

El mango del martillo se estrelló contra su sien con la fuerza de un relámpago.

Daichi cayó como un muñeco de trapo, su cuerpo convulsionando levemente antes de quedar completamente inmóvil.

Ryuusei lo contempló por un momento, inclinando la cabeza como si estuviera evaluando su siguiente movimiento. Luego, con la facilidad de quien carga una bolsa de harina, lo tomó por el cuello de su ropa y lo levantó.

—Vamos a divertirnos un rato, Daichi…

Con una última mirada a la escena de la carnicería, Ryuusei se desvaneció en las sombras, llevándose consigo a su nueva víctima.