Capítulo 8: El Hombre Que No Debía Existir
El mundo seguía en shock.
El video de un cadáver sin cabeza corriendo por las calles se había vuelto viral.
Las noticias estaban divididas.
Algunos decían que era un truco. Otros, que se trataba de un demonio.
Pero quienes habían estado allí… sabían la verdad.
Ryuusei aún vivía.
(Refugio)
Ryuusei se teletransporto aún hotel, entro rápidamente y los gerentes se asustaron por llevar a una niña en los brazos.
Los recepcionistas del hotel casi se atragantaron al ver a Ryuusei aparecer de la nada en el vestíbulo, con una niña ensangrentada en sus brazos. Sus rostros se pusieron pálidos, las miradas se desviaron, algunos incluso dieron un paso atrás.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, Ryuusei estiró una mano y, con un movimiento sutil de sus dedos, su tarjeta de crédito flotó desde su bolsillo hasta el mostrador. Los empleados se quedaron boquiabiertos.
—Les daré un millón de wones si se quedan callados —dijo con frialdad, su voz cortante como un cuchillo—. Y quiero la mejor habitación.
Los trabajadores intercambiaron miradas nerviosas, tragando saliva. Un millón de wones… más de lo que muchos ganaban en meses. La balanza entre el miedo y la avaricia se inclinó de inmediato.
Uno de ellos, aún con la mano temblorosa, tomó la tarjeta y asintió.
—S-Sí, señor. Por aquí…
Se dirigió a la habitación con pasos firmes, dejando tras de sí un rastro de gotas de sangre. La niña en sus brazos respiraba débilmente, su cuerpo frágil apenas se movía. Los empleados del hotel prefirieron mirar hacia otro lado, como si ignorar lo que veían los mantuviera a salvo.
Ryuusei cerró la puerta con un chasquido. Afuera, el mundo podía estar en shock, pero aquí dentro, en su refugio temporal, lo único que importaba era sobrevivir.
Hizo aparecer a cuatro heraldos comunes, figuras envueltas en sombras que se materializaron en la habitación con un destello tenue. Sus presencias eran imponentes, pero Ryuusei apenas les dedicó una mirada antes de dar su orden.
—Protejan a Aiko hasta que vuelva.
Uno de ellos chasqueó la lengua con desdén.
—Tsk. Como digas, bastardo.
Ryuusei se detuvo en seco. Sus ojos brillaron con una amenaza latente mientras giraba lentamente la cabeza hacia ellos.
—Dilo una vez más —su voz era gélida, cargada de una calma peligrosa—, y juro que los haré desaparecer a los cuatro… de una forma en la que ni la muerte los encontrará.
Los heraldos se miraron entre sí, sintiendo un escalofrío recorrer sus cuerpos.
—Entendido… señor.
Satisfecho, Ryuusei salió de la habitación sin mirar atrás.
Ryuusei entró al baño y cerró la puerta con llave. Se acercó al espejo y, con un suspiro, se quitó lentamente la máscara del Yin-Yang. Sus ojos afilados recorrieron su reflejo: su rostro ya estaba restaurado, sin rastro de heridas ni sangre. Pasó los dedos por su piel, verificando cada detalle.
—Espero que los noticieros no hayan captado mi cara —murmuró para sí mismo.
Después de lavarse el rostro con agua fría, se enderezó y salió del baño. No podía quedarse quieto. Aiko necesitaba ropa limpia y él también. Su mansión, su refugio de toda la vida, había sido reducida a escombros en el ataque de los heraldos. Ahora tenía que empezar desde cero.
Salió del hotel con las manos en los bolsillos, ocultando su presencia entre las sombras de los callejones hasta llegar al centro de la ciudad. A medida que avanzaba, el eco de la tragedia lo envolvía. La zona donde había luchado contra Aurion y Arcángel estaba irreconocible: edificios derrumbados, autos destrozados y el asfalto marcado por grietas y cenizas.
El aire estaba impregnado de humo y desesperación. Varias familias lloraban entre los escombros de lo que alguna vez fueron sus hogares. Niños aferrados a sus madres, ancianos observando en silencio con la mirada vacía, hombres y mujeres revisando con las manos temblorosas entre los restos, buscando cualquier pertenencia que pudieran salvar.
Japón no había experimentado una devastación de esta magnitud en décadas. Este país, acostumbrado a la paz y la estabilidad, ahora volvía a enfrentarse a la brutalidad de seres que trascendían la comprensión humana.
Un reportero transmitía en vivo, hablando sobre la tragedia con una mezcla de sensacionalismo y horror.
—Las autoridades aún no han identificado a los responsables, pero los testigos aseguran que… —Ryuusei dejó de escuchar. Su mirada se clavó en un cartel improvisado donde estaban pegadas fotos de personas desaparecidas. Decenas de rostros, algunos de ellos niños.
Un nudo se formó en su garganta. Había visto demasiada muerte en su vida, pero esta… esta era diferente.
Apretó los puños.
No podía cambiar lo que pasó. Pero sí podía asegurarse de que esto no volviera a suceder.
Mientras Ryuusei caminaba entre los escombros, una luz intensa iluminó la calle. Levantó la mirada y su cuerpo se tensó. En una pantalla gigante, ubicada en lo alto de un edificio, su imagen apareció en carne propia… y sin piel.
Los drones del gobierno habían captado fragmentos de la batalla. Su cuerpo desgarrado, su rostro despojado de carne, dejando al descubierto músculos y tendones. Su presencia en la pantalla gigante era un espectáculo grotesco, una imagen sacada de una pesadilla.
—Gracias a los drones del gobierno, hemos podido obtener imágenes exclusivas del enfrentamiento que devastó el distrito. Te informo lo siguiente, Richard…
El periodista hablaba con tono grave, mientras las imágenes del combate pasaban en bucle. Cada escena mostraba el caos absoluto: explosiones, cuerpos volando por los aires, el suelo resquebrajándose bajo el poder de los combatientes. Y luego, la pantalla cambió.
Apareció Aurion.
Su rostro sereno y su presencia imponente dominaban la transmisión. Vestía su uniforme de gala, con la bandera de Japón a su espalda. Su tono era solemne, cargado de autoridad.
—Queridos compatriotas… Hoy Japón está de luto.
El silencio en la ciudad se hizo más denso. Incluso los que lloraban dejaron de hacerlo por un momento para escuchar.
—Hemos sido atacados por terroristas con poderes más allá de nuestra comprensión. Seres que han traído destrucción, que han arrebatado vidas inocentes y reducido hogares a cenizas. No nos quedaremos de brazos cruzados.
Su mirada se afiló, como si atravesara la pantalla.
—Japón nunca se ha rendido. Y no lo hará ahora. Les prometo que estos criminales serán encontrados y eliminados.
El público comenzó a murmurar. Algunos asintieron, otros apretaron los dientes con rabia. La tragedia se estaba transformando en indignación. En odio.
Ryuusei bajó la mirada por un momento. No por miedo, sino porque entendía lo que venía.
Ya no era solo un fantasma en las sombras.
Ahora era el enemigo público número uno.
La transmisión continuó, y la voz de Aurion retumbó en cada rincón de la ciudad.
—Según la información que hemos recopilado, los responsables de este ataque son dos individuos. Sus nombres: Ryuusei y Aiko.
El murmullo de la multitud se intensificó. Algunos espectadores se llevaron las manos a la boca, otros intercambiaron miradas inquietas. La imagen de Ryuusei, con su rostro sin piel, seguía en la pantalla como un recordatorio del horror que habían presenciado.
—El tal Ryuusei puede ser identificado por la máscara del Yin-Yang que usualmente lleva. Es un enemigo peligroso, letal… Y la niña que lo acompaña, según nuestra información y gracias a la intervención de mi camarada Arcángel, tiene el cabello gris y los ojos carmesí.
Las imágenes cambiaron. Se mostraban fragmentos de la pelea: Ryuusei esquivando ataques con movimientos inhumanos, Aiko luchando con una fuerza que no correspondía a su apariencia frágil.
—Sabemos que esta información aún no es del todo precisa —continuó Aurion—, pero les damos nuestra palabra: nosotros, los héroes, encontraremos y eliminaremos a estos criminales.
El público estalló en una mezcla de gritos y aplausos. Algunos coreaban el nombre de Aurion, otros clamaban por justicia.
La transmisión regresó al estudio de noticias, donde el periodista, Richard, tomó la palabra con un tono grave.
—Estas fueron las declaraciones de Aurion, líder de la resistencia contra estos terroristas. Como hemos visto, la devastación es incalculable, y las autoridades han comenzado una búsqueda intensiva para dar con estos individuos.
Los ciudadanos observaban la pantalla con el rostro endurecido. Algunos sacaban sus teléfonos, empezaban a publicar mensajes, a difundir las imágenes. Ryuusei y Aiko ya no eran solo nombres. Ahora eran el blanco de toda una nación enardecida.
Ryuusei bajó la mirada, con el ceño fruncido.
—Así que así será esto… —murmuró.
El mundo había elegido a sus héroes.
Y él era el villano de la historia.
Ryuusei exhaló lentamente, con la mirada fija en la pantalla que aún repetía su imagen desollada. No tenía tiempo para preocuparse por eso. Había alguien a quien debía ver.
—Es hora de hacer una visita importante —murmuró, y una ligera sonrisa, casi cruel, se dibujó en su rostro—. Tengo una cita con mi mejor "amiga".
Chasqueó los dedos y, de la nada, un heraldo común apareció frente a él, una figura envuelta en sombras, sin rasgos definidos más allá de unos ojos brillantes que irradiaban obediencia absoluta.
—Llévame con ella.
El heraldo asintió sin cuestionar.
—Como ordene, señor.
Un remolino de energía oscura los envolvió. El mundo a su alrededor se distorsionó, las luces de la ciudad se convirtieron en líneas borrosas y, en un parpadeo, el ruido de la civilización quedó atrás.
Cuando la distorsión se disipó, Ryuusei se encontró en un paisaje distinto. El aire era denso, pesado, cargado con un silencio inquietante. Estaban en lo que parecía un cementerio olvidado, donde lápidas agrietadas se erguían entre la neblina. Un río negro serpenteaba a lo lejos, con aguas tan oscuras como la noche misma.
Y en el centro de todo, de pie sobre una losa de mármol, estaba ella.
Muerte.
Su figura era la de una mujer alta, envuelta en un manto de sombras que parecían moverse por sí solas. Sus ojos, dos abismos sin fondo, se fijaron en Ryuusei con una mezcla de diversión y aburrimiento.
—Vaya, vaya… —su voz era un eco que se filtraba en la piel, fría como la tumba—. ¿A qué debo el honor, querido Ryuusei? ¿Viniste a ofrecerme compañía… o planeas hacerme otro favor?
Ryuusei cruzó los brazos y sonrió con confianza.
—Solo pasé a saludar… y tal vez a pedirte un pequeño favor.
Muerte inclinó la cabeza, intrigada.
—Habla. Te escucho.
Muerte dejó escapar una suave risa, un sonido etéreo que hizo que la niebla a su alrededor se agitara.
—¿Molesta? —repitió, con una ligera inclinación de cabeza—. Oh, Ryuusei, me sorprende que aún no me entiendas.
Ryuusei frunció el ceño.
—¿Por qué me hablas con tanta amabilidad? —su tono era seco, casi irritado—. Al principio me odiabas, ¿recuerdas? No eras capaz ni de mirarme sin desprecio.
Dio un paso adelante, sus ojos clavados en los de ella.
—Además, era tu mejor guerrero —continuó—. No solo eso, torturé a Daichi, lo destrocé hasta hacerlo suplicar. Y como si fuera poco, maté a Haru y a Kenta, y te envié sus cuerpos como un obsequio.
Se cruzó de brazos, esperando ver algún indicio de furia en su rostro. Pero Muerte solo sonrió con aquella calma insoportable.
—Dime, ¿no estás molesta?
Muerte dejó que pasaran unos segundos, observándolo en silencio, como si estuviera saboreando cada una de sus palabras. Luego, con un suspiro casi melancólico, respondió:
—Ryuusei, siempre fuiste un caso interesante. Al principio, sí, te odiaba… porque eras un caos impredecible, porque no encajabas en mi equilibrio. Pero ahora… —se encogió de hombros con un gesto elegante—, ahora eres parte del juego. Y las piezas que encajan bien en el tablero, querido, no me molestan… me entretienen.
Ryuusei apretó los dientes. Algo en su tono le resultaba inquietante.
—Así que solo te divierte verme destruir lo que queda de este mundo, ¿es eso?
—¿Qué puedo decir? —Muerte hizo un gesto despreocupado—. Me gustan las historias trágicas.
Hubo un instante de silencio entre ambos, un enfrentamiento de miradas en el que ninguno quiso ceder.
—Pero dime, Ryuusei… —Muerte se inclinó ligeramente hacia él, con una sonrisa enigmática—. Si solo viniste a preguntarme eso, entonces desperdiciaste un viaje. Algo me dice que quieres más de mí.
Ryuusei dejó escapar un resoplido y esbozó una media sonrisa.
—Tienes razón —admitió—. Necesito tu ayuda.
Muerte se quedó en silencio unos segundos, observando a Ryuusei con una expresión indescifrable. Luego, de repente, soltó una carcajada.
No fue una risa ligera ni burlona, sino una explosión de diversión pura, como si acabara de escuchar el chiste más gracioso de su existencia.
—¡Por todos los reinos! —exclamó entre risas, llevándose una mano a la boca como si intentara contenerse—. ¡Así que ese es el motivo por el que viniste! ¡Porque te hicieron mierda!
Las sombras que la rodeaban se retorcieron, como si compartieran su júbilo.
Ryuusei la fulminó con la mirada, sus puños se apretaron con fuerza, pero Muerte no se detuvo.
—Dime, ¿cómo se siente? —preguntó con una sonrisa venenosa—. Que te humillen, que te pisoteen, que el grandioso Ryuusei quede en ridículo ante el mundo entero… y lo mejor de todo, ¿cómo se siente ver a esa tonta de Aiko ser reducida a una carga inútil?
Ryuusei apretó los dientes.
—Cállate.
—Oh, vamos, no te pongas así —Muerte ladeó la cabeza, disfrutando cada segundo—. ¿Dónde quedó ese ego tuyo? ¿No te molesta que Aurion te haya humillado frente a millones? ¿Que el gobierno haya expuesto tu rostro destrozado en todas las pantallas? —Se llevó una mano al pecho, fingiendo compasión—. ¡Pobre Ryuusei, el gran monstruo ahora convertido en la comidilla de la gente!
Las sombras a su alrededor se agitaban de forma burlona, casi como si se estuvieran riendo también.
—Y Aiko… ay, Aiko —continuó Muerte, con una sonrisa cruel—. Me sorprende que sigas arrastrándola contigo. La niña que supuestamente era tan poderosa… ahora solo es un estorbo ensangrentado en tus brazos.
Ryuusei cerró los ojos un instante, inhalando profundo para contener su furia. Cuando los volvió a abrir, su mirada ardía con un resplandor oscuro.
—Termina con tu maldito espectáculo —gruñó—. No vine a escuchar tus burlas.
Muerte finalmente dejó de reír, aunque su sonrisa no desapareció.
—Bien, bien —dijo con un tono aún divertido—. Entonces dime, ¿qué quieres de mí, Ryuusei?