Knox
Aparto a Monica, pero al quitar las manos de sus hombros, el movimiento se siente falto de convicción.
El aire entre nosotros crepita y vuelve a atraerme. La acerco más a mí, deslizo los brazos alrededor de su cintura y la sujeto con fuerza, casi como si temiera que se me escapara si no la agarro.
Nuestros labios se encuentran en un beso urgente, intenso y, por un momento, salvaje. El calor me invade al instante, la sangre me hierve de lujuria y me retumba en los oídos. Cada roce de su piel contra la mía parece encender algo en lo más profundo de mi ser.
Pero entonces, me golpea la realidad de lo que estoy haciendo. Sus manos se mueven inquietas, su tacto es audaz, pero mi mente se despeja por una fracción de segundo y sé que esto no puede suceder.
Le agarro la muñeca con firmeza, casi con brusquedad, deteniéndola antes de que pueda ir más lejos. Mi agarre es implacable.
No puedo permitir que suceda. Ni con ella ni otra vez.