Capítulo 8: El Peso de la Fuerza
El campo de batalla era un infierno. Sangre y vísceras cubrían la tierra como una ofrenda impía a la guerra. Cuerpos retorcidos, algunos aún agonizando, se mezclaban con el polvo espeso, impregnando el aire con el hedor de la muerte.
Aiko jadeaba, su pecho subía y bajaba con violencia, como un animal acorralado. Sus heridas no eran superficiales: profundas incisiones marcaban su piel, la sangre resbalaba por sus brazos en hilos oscuros, pegajosos. Debería estar en el suelo, agonizando. Pero no. Algo dentro de ella la mantenía en pie, algo que no comprendía… algo que la devoraba desde adentro.
Algo salvaje. Algo monstruoso.
Sus ojos brillaban con un fulgor carmesí bajo la tenue luz de la luna.
Daichi se reincorporó con dificultad, su lanza temblando en sus manos. Haru mantenía la distancia, una flecha nockeada, pero su respiración irregular delataba su miedo. Kenta se sostuvo la garganta, escupiendo sangre, su risa ronca e inestable.
—Esa mirada… —masculló, limpiándose los labios con el dorso de la mano— No eres tú. Eres un monstruo.
Aiko sintió un escalofrío recorrer su columna. No de miedo, sino de emoción. Sus dedos se crisparon, sus uñas cavando en la carne de sus palmas. Un monstruo.
La palabra resonó en su mente como un eco lejano.
La lanza de Daichi descendió en un parpadeo.
Pero Aiko ya no era Aiko.
Con un solo movimiento, atrapó el asta del arma con una mano desnuda. Sus músculos se tensaron, su sangre burbujeó con calor abrasador, y con un tirón seco, partió la lanza en dos como si fuera papel mojado.
Los ojos de Daichi se abrieron con incredulidad.
No tuvo tiempo de reaccionar.
Un rodillazo brutal le hundió el estómago, haciendo que la bilis le subiera por la garganta. Se desplomó en el suelo, convulsionando, espuma mezclada con sangre escurriendo de su boca abierta.
Kenta y Haru atacaron al unísono.
Las guadañas de Kenta danzaron en el aire, buscando desgarrar su carne, mientras las flechas de Haru se convirtieron en una lluvia mortal.
Pero Aiko se movió.
No corrió. Se deslizó.
Esquivó con una precisión que no era humana, su silueta desdibujándose entre los destellos del acero. Un giro, una estocada fallida. Otro paso, una flecha quebrada en el aire.
Y entonces la sangre.
Una guadaña se clavó en su costado, pero Aiko no se detuvo.
—Más… —susurró, su voz deformada, gutural, imposible de reconocer.
Se arrancó el arma del cuerpo con un tirón violento, desgarrando carne y músculo. La sangre brotó a borbotones, pintando el suelo con tonos escarlata. Pero no sintió dolor.
Solo más hambre.
Más violencia.
Más muerte.
Los ojos de Haru se llenaron de terror. Kenta retrocedió un paso.
Pero entonces…
Un grito desgarrador perforó la noche.
Aiko cayó de rodillas, su cuerpo convulsionando. Un dolor indescriptible la atravesó desde dentro, como si miles de cuchillas hirvientes la destruyeran por dentro. Sus huesos crujieron, su piel ardió.
—AGH!!
Se llevó las manos a la cabeza, sus uñas clavándose en el cuero cabelludo hasta abrir heridas. Sus ojos giraron en blanco.
Algo la estaba destrozando desde adentro.
El mismo poder que la había impulsado… ahora la estaba devorando viva.
Su respiración se volvió errática, su cuerpo se desplomó. Oscuridad.
Y entonces...
La presencia.
El aire se volvió pesado, sofocante, cargado de una energía primitiva, aterradora. La presión en el ambiente era insoportable.
Daichi, Haru y Kenta se congelaron en su lugar. Algo los estaba mirando.
El miedo los atrapó como una zarpa invisible.
Una sombra cayó sobre Aiko.
Unas manos demasiado firmes, demasiado frías la levantaron con facilidad.
Sus ojos se entreabrieron. Lo vio.
Una silueta imponente se alzaba frente a ellos. Su mera presencia bastó para apagar cualquier atisbo de rebelión en los corazones de sus enemigos.
Sus ojos… no eran humanos.
Y entonces, habló.
—Bien hecho. Has mejorado mucho.
Su voz no tenía emoción. Era un veredicto.
Y con esas palabras… el mundo de Aiko se volvió negro.