Capítulo 24: Un Festín de Dolor
Los gritos de Kenta y Haru resonaban en la noche, mezclándose con el eco de la sangre goteando sobre el suelo empapado. Ryuusei, de pie en medio de los cuerpos agonizantes, giró su martillo de guerra entre sus dedos con una calma escalofriante.
El arma era imponente, una masa de metal forjada para destruir, no solo para matar. Su filo desgastado reflejaba el pálido resplandor de la luna, y cada gota de sangre que se deslizaba por su superficie parecía acentuar la fatalidad de la escena.
Con un movimiento fluido, levantó el martillo y golpeo con brutalidad la pierna de Kenta.
¡CRACK!
El hueso se partió como una rama seca.
Kenta soltó un alarido inhumano, un sonido de puro sufrimiento que se extendió como un eco maldito entre las ruinas. Pero Ryuusei solo inclinó la cabeza con curiosidad, como si estuviera estudiando el efecto de su obra maestra.
—¿Duele? Pensé que eras más resistente.
Sin darle tiempo de responder, hundió su bota en la herida expuesta, retorciendo el hueso quebrado con sadismo calculado. Kenta se sacudió con espasmos, pero su cuerpo apenas podía reaccionar por la pérdida de sangre.
Haru, con la lengua cercenada y el muñón donde antes tenía una pierna, intentó moverse. Sus dedos arañaban el suelo, un acto desesperado de autopreservación, un instinto inútil ante la presencia que se cernía sobre él.
Ryuusei chasqueó la lengua.
—Oh, no, no, Haru. No te vayas todavía.
(Dagas de Teletransportación)
En un instante, las dagas atravesaron las palmas de Haru, clavándolo al suelo. La energía oscura vibró, quemando su piel mientras su cuerpo se sacudía de dolor.
Ryuusei se agachó junto a él y le susurró al oído:
—Siempre te gustó disparar flechas, ¿no? Vamos a ver qué tan bueno eres sin manos.
Con un rápido movimiento, levantó su martillo y golpeo las muñecas de Haru.
¡CRUSH!
La carne y el hueso se aplastaron bajo el peso del arma. Haru abrió la boca en un grito silencioso, su rostro contorsionado en una mueca de agonía absoluta. Su mirada estaba vacía, quebrada, perdida en un abismo de sufrimiento del que jamás podría regresar.
Ryuusei se puso de pie y estiró los brazos, como si estuviera disfrutando el momento. Luego, sus ojos se fijaron en Daichi.
El único que aún podía luchar.
El único que aún podía sufrir.
—Daichi… últimamente vi una serie de fantasía. Ya sabes, esas historias de dragones y reyes. Hubo algo que me llamó la atención…
Dio un paso hacia él, sus botas salpicando en los charcos de sangre.
—Un joven noble, capturado y torturado en el Norte. Le cortaron partes de su cuerpo, lo quebraron poco a poco, lo convirtieron en algo irreconocible. ¿Sabes de qué hablo?
Su sonrisa se ensanchó al ver los ojos de Daichi abrirse con pavor.
—Sí, claro que lo sabes. Me gustó su historia, me inspiró. Porque hoy, Daichi…
Ryuusei levantó el martillo, la sangre goteando de su filo.
—Hoy, tú eres mi Theon Greyjoy.
Los latidos de Daichi resonaban en sus oídos como tambores de guerra.
—¿Por qué…? —logró murmurar con la voz rota.
Ryuusei inclinó la cabeza, como si la pregunta lo confundiera. Luego, su expresión cambió a una furia helada.
—¿Por qué? ¡¿EN SERIO PREGUNTAS POR QUÉ?!
Con su martillo, Ryuusei golpeó con toda su fuerza el estómago de Daichi.
¡BOOM!
El impacto lo lanzó varios metros, haciéndolo chocar contra un muro. Tosió sangre, su visión nublándose. El mundo a su alrededor se convertía en una mancha borrosa de sombras y dolor.
Ryuusei avanzó lentamente, su presencia ahora sofocante, un peso intangible que aplastaba la voluntad de cualquiera que osara enfrentarlo.
—Me abandonaron. Me dejaron solo en los Juegos de la Muerte cuando todo estaba por derrumbarse.
Se agachó, tomando el rostro ensangrentado de Daichi con una mano fría, sus dedos apretando con la fuerza de un verdugo.
—¿Creían que me lo había olvidado?
Los ojos de Daichi se abrieron con horror. Su respiración era entrecortada, su mente luchando por aferrarse a la realidad.
—Ryuusei… no tuvimos elección…
—Siempre hay una elección. Y ustedes eligieron dejarme morir.
Se puso de pie y levantó sus dagas, la energía oscura chisporroteando alrededor de ellas, como relámpagos en una tormenta infinita.
—Ahora, me toca devolverles el favor.
El verdadero infierno estaba por comenzar.