Capítulo 5: Prisiones de El Kremlim
A lo largo de la historia, la aparición de personas con habilidades especiales había sido un fenómeno poco frecuente. En la mayoría de los países, el porcentaje de individuos con capacidades sobrehumanas no superaba el 0.01% de la población. Sin embargo, Japón era la excepción.
Desde hace décadas, los nacimientos de personas con poderes en territorio japonés eran notablemente más altos que en cualquier otra nación. Algunos científicos lo atribuían a la genética, otros a factores ambientales, pero nadie podía explicarlo con certeza. Japón no solo tenía más individuos con habilidades, sino que muchos de ellos destacaban a nivel mundial.
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Rusia, en cambio, no contaba con esa ventaja. Los héroes rusos existían, pero eran escasos y poco poderosos en comparación con los de otras potencias. A pesar de los esfuerzos del gobierno por fortalecer su presencia en el escenario global, sus héroes rara vez llegaban a la élite mundial. El gobierno lo sabía. Y por eso, cuando dos individuos con habilidades reconocidas aparecieron en su territorio, lo consideraron una oportunidad… o una amenaza.
Ryuusei y Aiko fueron escoltados por un pasillo frío y sin ventanas. A cada paso, las botas de los guardias resonaban contra el suelo de concreto. Finalmente, las puertas dobles de una sala de reuniones se abrieron ante ellos.
En el centro, sentados en una mesa larga de madera oscura, los altos mandos del país los esperaban. Oficiales de inteligencia, militares de alto rango y un hombre de cabello canoso con un uniforme impecable los observaban con expresiones severas.
Los empujaron hacia dos sillas frente a la mesa. Ryuusei se acomodó con calma, mientras Aiko se cruzaba de brazos con una mirada desafiante.
El hombre de cabello canoso tomó la palabra.
—Ryuusei, Aiko. Terroristas buscados en Japón, acusados de causar caos en Tokio y de desafiar a la autoridad mundial. —Su voz era profunda y firme—. Díganme, ¿por qué deberíamos permitir que sigan respirando en suelo ruso?
Ryuusei sonrió con arrogancia.
—Porque nos trajeron aquí con vida. Y eso significa que, en el fondo, tienen preguntas que necesitan responder.
El hombre lo miró en silencio por un momento antes de asentir lentamente.
—Es cierto. Nos interesa saber por qué atacaron Japón.
El ambiente en la sala se tensó aún más.
Ryuusei apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos.
—No atacamos Japón. Nos defendimos de un sistema podrido.
Los oficiales se miraron entre sí, algunos con escepticismo, otros con interés. El hombre canoso se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Explíquese.
Ryuusei sintió una punzada de nerviosismo por primera vez en mucho tiempo. ¿Cómo se suponía que explicaría todo esto?
El ataque de los Heraldos no había sido su obra, sino la de Lara, la Muerte. Ella había enviado a sus Heraldos con el único propósito de eliminarlo a él y a Aiko. Sin embargo, cuando la batalla alcanzó la ciudad, los héroes intervinieron, confundiendo la situación y etiquetándolos como los responsables.
Ryuusei sabía que decir la verdad tal como era sonaría absurdo. ¿Cómo explicar que la personificación de la Muerte existía y que lo quería muerto? ¿Que no fue él quien desató el caos, sino una fuerza que estaba mucho más allá de la comprensión de cualquier gobierno?
—Las cosas no son tan simples como ustedes creen —murmuró finalmente, midiendo cada palabra.
Ryuusei respiró hondo, pero la sensación de nerviosismo no desapareció. Sentía las miradas fijas de los oficiales perforándolo como cuchillas, esperando una explicación lógica, racional. Pero no había una forma racional de explicar la verdad.
¿Qué iba a decirles? ¿Que la Muerte no solo era real, sino que tenía sentido del humor y una extraña obsesión con él? ¿Que había enviado un ejército de Heraldos a matarlo solo para luego regalarle una fortuna? Sonaba como la peor excusa del mundo.
Aiko notó su silencio prolongado y le dio un codazo por debajo de la mesa. Ryuusei salió de su ensimismamiento de golpe.
—Bueno… —carraspeó, tratando de ganar tiempo—. Verán, la historia es un poco… complicada.
El hombre de cabello canoso frunció el ceño.
—¿Complicada? —repitió con impaciencia.
Ryuusei entrelazó los dedos sobre la mesa y trató de mantener la compostura.
—Sí, complicada. ¿Por dónde empezar? —Forzó una sonrisa—. Digamos que hubo un pequeño malentendido…
—¿Un pequeño malentendido? —Uno de los oficiales golpeó la mesa con el puño—. ¡Hubo una masacre en Tokio! ¡Héroes, civiles y soldados murieron! No nos trate como idiotas.
Ryuusei suspiró. Sabía que tenía que decir algo más convincente.
—Escuchen, lo que pasó en Tokio no fue mi culpa. Nosotros no iniciamos el ataque.
—¿Entonces quién lo hizo? —preguntó otro oficial.
Ryuusei se quedó en silencio por un momento.
"Si les digo la verdad, van a pensar que estoy loco."
Aiko, que había estado observando con atención, decidió intervenir.
—Seamos sinceros, ¿realmente nos ven con cara de terroristas organizados? —dijo, encogiéndose de hombros—. Somos solo un chico de 17 años y una niña de 12. ¿En serio creen que planeamos una guerra por nuestra cuenta?
Un incómodo silencio se instaló en la sala. Algunos oficiales intercambiaron miradas. Aiko tenía un punto.
El hombre canoso exhaló con frustración y se masajeó el puente de la nariz.
—Si no fueron ustedes, entonces dígannos quién fue.
Ryuusei tamborileó los dedos sobre la mesa. Pensar. Tenía que pensar.
—Fue… un grupo antiguo. Extremadamente peligroso —empezó a decir, eligiendo sus palabras con cuidado—. Son una organización fuera de cualquier gobierno, con creencias radicales. Se llaman los Heraldos.
Los oficiales tomaron notas de inmediato. Ryuusei tragó saliva.
—Y su líder… —Se detuvo. Decir "La Muerte" en voz alta se sentía como un suicidio.— Su líder es alguien a quien nadie ha podido detener.
El hombre canoso entrecerró los ojos.
—¿Y por qué ese grupo iría tras ustedes?
Aiko sonrió con inocencia.
—¿Alguna vez han conocido a alguien con muy mala suerte? Pues aquí tienen dos ejemplos.
Hubo un breve silencio y, por primera vez, uno de los oficiales soltó una risa contenida. Ryuusei aprovechó la distracción y continuó con más confianza.
—Nos atacaron porque querían eliminarnos. No somos los enemigos que buscan.
El hombre canoso observó a ambos jóvenes con detenimiento. Finalmente, se reclinó en su silla y cruzó los brazos.
—Si lo que dicen es cierto… entonces necesitamos saber más de esos "Heraldos". Y ustedes van a contarnos todo.
Ryuusei intercambió una mirada con Aiko. No tenían otra opción.
—Supongo que será una historia larga —dijo con resignación.
—Tienen tiempo —respondió el hombre con frialdad—. Y nosotros tenemos maneras de hacerlos hablar si deciden ocultarnos algo.
Ryuusei exhaló y se recargó en la silla con una expresión de falsa contemplación.
—Bien, bien… Si quieren la historia completa, se las daré. Pero prepárense, porque es una tragedia, un thriller, un drama… y hasta una comedia de humor negro.
Los oficiales intercambiaron miradas. Aiko se cubrió la boca con la mano para no reírse.
El hombre canoso golpeó la mesa con fuerza.
—Basta. Queremos la historia real, sin payasadas.
Ryuusei se encogió de hombros y le dirigió una mirada a Aiko.
—Bueno, al menos intenté...
—Bueno, en ese caso… espero que tengan suficiente vodka para acompañar esta historia, porque no van a creer ni la mitad.