Rebelión contra el Cielo - Part 6

Capítulo 6: Golpe Mortal

Aquí tienes la versión adaptada:

El ambiente en la sala se volvió opresivo. La paciencia del hombre canoso se había agotado, y su mirada reflejaba la frialdad de alguien acostumbrado a tomar decisiones sin remordimientos.

—Señorita Cohen, deme una pistola.

La secretaria, sin dudarlo, sacó una Makarov negra, lista para disparar. Se la entregó con calma al presidente, quien la revisó con parsimonia, deslizó el seguro y, sin más preámbulo, apuntó directamente a Aiko.

Ryuusei sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—No va a hacerlo —se dijo a sí mismo—. Solo intenta intimidarnos.

Pero sí lo hizo.

¡BANG!

El estruendo del disparo sacudió la sala.

La bala perforó el cráneo de Aiko a quemarropa. Su cabeza explotó como una fruta podrida, esparciendo fragmentos de hueso y masa encefálica por la mesa y el suelo. Un pedazo de su oreja aterrizó sobre los documentos frente al presidente. Sus ojos, que un segundo antes reflejaban curiosidad, ahora no eran más que una masa irreconocible.

Ryuusei se congeló. No podía procesarlo.

Aiko… estaba…

¿Muerta?

No.

Un espasmo recorrió su cuerpo. Un sonido grotesco emergió de la masa destrozada que antes era su cabeza. La sangre comenzó a retroceder lentamente, como si el tiempo se rebobinara sobre sí mismo. Los fragmentos de hueso se reintegraron, su piel volvió a cerrarse y, en cuestión de segundos, Aiko estaba entera otra vez.

Respiró hondo y se llevó las manos a la cabeza.

—¡Duele, maldita sea! —gruñó, frotándose la sien—. Odio cuando pasa esto…

Un oficial retrocedió con el rostro pálido. Otro desvió la mirada, incapaz de aceptar lo que acababa de presenciar. Pero el hombre canoso no mostró sorpresa.

—Tal como lo predijimos —murmuró, limpiando el cañón del arma con un pañuelo—. Su regeneración es un hecho. Los archivos sobre la pelea contra Aurion y Arcángel no exageraban.

Ryuusei sintió cómo la temperatura de su cuerpo descendía. Todo estaba bajo control del presidente.

—Así que… —El hombre dejó la pistola sobre la mesa y lo miró fijamente—. Esto fue una prueba. Y debo decir, muchacho, que me decepcionaste. Tu reacción tardó demasiado.

El aire se volvió aún más pesado.

El frío cañón de la pistola seguía apoyado contra la frente de Ryuusei. Pero ya no sentía miedo.

Solo vacío.

Sabían lo que Aiko podía hacer. Sabían todo.

Lo manipularon. Como un simple peón.

—Voy a preguntarlo una última vez. —El hombre canoso presionó más el arma contra su frente—. Los Heraldos… ¿son reales?

Ryuusei alzó la vista. Su expresión cambió.

Ya no había burla.

Ya no había cinismo.

Solo determinación.

—Sí. Son reales. Pero no son lo que ustedes creen. —Ryuusei tomó aire, midiendo cada palabra—. Los Heraldos no son una organización terrorista. Son un grupo de renegados. Antiguos soldados, mercenarios, personas descartadas por los gobiernos que los crearon. No siguen una ideología. Solo quieren sobrevivir en un mundo que los convirtió en monstruos.

Un murmullo recorrió la sala. Los oficiales tomaban notas. El hombre canoso lo observó en silencio, evaluándolo.

—Interesante —susurró, bajando el arma lentamente—. Háblanos de ellos. Todo. Desde el principio.

Ryuusei apoyó las manos sobre la mesa y exhaló.

—Si quieren la verdad, la tendrán. Pero si la comparto… ¿qué ganamos nosotros?

El hombre canoso sonrió con superioridad.

—No diremos nada a Japón. No queremos problemas con su gobierno ni con la comunidad internacional… por ahora. Pero hay una condición, y creo que ya la conoces.

Ryuusei entrecerró los ojos.

—El Agente Rubosky… quiere que capturemos a Sergei Volkhov.

—Correcto. Volkhov es una espina en nuestro costado. Un mercenario incontrolable que ha humillado a nuestras fuerzas en múltiples ocasiones. Si realmente no tienen ninguna afiliación terrorista y quieren demostrar su valía… lo traerán. Vivo o muerto.

Aiko chasqueó la lengua.

—¿Y si nos negamos? —preguntó con sarcasmo.

El hombre canoso esbozó una leve sonrisa.

—Si se niegan… no saldrán de esta sala con vida.

El aire se volvió denso. Ryuusei suspiró y apoyó los codos sobre la mesa.

Ryuusei se cruzó de brazos y miró fijamente al presidente.

—Nosotros atrapamos a Volkhov, pero si lo hacemos, quiero garantías. Nada de rastreadores, nada de doble juego. Si cumplo con esto, quiero libertad absoluta.

El hombre canoso sonrió con aire divertido.

—Siempre puedes negociar cuando tienes algo que ofrecer. Veamos si cumples, chico.

El hombre canoso soltó una breve carcajada.

—Negociar cuando apenas puedes sostenerte en pie… Tienes agallas, chico. Pero antes de dejarlos ir, hay una última prueba que quiero hacer.

Los oficiales se tensaron. Ryuusei y Aiko se miraron.

—Señorita Cohen. Tráigame una escopeta.

La secretaria, sin inmutarse, caminó hacia una puerta lateral y regresó con una escopeta de calibre 12. Con la misma frialdad de antes, se la entregó al hombre canoso, quien la inspeccionó, deslizó el seguro y la recargó con calma.

—No me basta con haber visto la regeneración de la niña. Quiero verlo en ti. —Apuntó directamente al torso de Ryuusei.

—¡Espera, qué—!**

¡BOOM!

El disparo retumbó en la sala. El impacto destrozó el pecho de Ryuusei, lanzándolo contra la silla. Trozos de costillas, carne y órganos quedaron esparcidos en la mesa, y la sangre salpicó el rostro del presidente, quien observó la escena con una mezcla de fascinación y asco.

Los oficiales más cercanos retrocedieron, algunos murmurando con incredulidad.

Pero entonces, sucedió lo imposible.

El cuerpo de Ryuusei comenzó a recomponerse.

Los huesos se soldaron en su lugar con un sonido seco y grotesco, la carne desgarrada se regeneró rápidamente, y la sangre derramada comenzó a desaparecer. Pero a diferencia de Aiko, para Ryuusei la regeneración no era un proceso limpio.

Él lo sentía.

Cada célula reconstruyéndose era como una aguja ardiente perforando su carne. Sabía que iba a sobrevivir, pero ¿a qué costo? ¿Cuántas veces más podría soportar morir antes de perder lo poco de humanidad que le quedaba?

Cada fibra de su ser ardiendo, cada músculo reconstruyéndose con un dolor indescriptible. Era como morir y revivir al mismo tiempo.

Un espasmo recorrió su cuerpo cuando el proceso terminó. Su respiración era entrecortada, su piel estaba pálida y el sudor cubría su rostro.

El hombre canoso apoyó la escopeta sobre la mesa y lo observó con atención.

—Interesante… muy interesante. Tú sufres, pero la niña no. Me pregunto por qué.

Perfecto. Esto confirma la teoría. No es inmortalidad, es algo más… algo que podríamos usar.

"Hagan un reporte detallado. Esto puede ser clave para nuestros proyectos en desarrollo."

Ryuusei, aún tambaleándose, levantó la mirada. Sus ojos ahora eran fríos y llenos de furia.

—Vas a pagar por esto —murmuró con voz ronca.

El hombre solo sonrió.

—Eso es lo que quiero ver.