Heme aquí, herido (parte 31)

La luz de la mañana se filtraba con suavidad a través de las cortinas grises del departamento. La ciudad aún no despertaba del todo, y solo el zumbido lejano del tráfico comenzaba a marcar el ritmo del nuevo día.

Tomás abrió los ojos en la penumbra, desorientado por un momento. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba, pero en cuanto giró el rostro y la vio, todo volvió.

Sofía dormía a su lado, envuelta en las sábanas como una niña acurrucada contra el mundo. Su cabello despeinado le cubría parte del rostro, y la respiración pausada levantaba con calma la manta que la cubría hasta los hombros. Dormía en posición fetal, como si el cuerpo quisiera protegerse de algo invisible.

Tomás sonrió, muy levemente. Por un instante, sintió que una risa suave quería escaparse de su pecho, pero se la tragó. No quería despertarla. Parecía tan tranquila… tan distinta a la Sofía que solía tener palabras afiladas incluso al despertarse.

Se incorporó con cuidado, deslizándose fuera de la cama sin hacer ruido. Cogió su abrigo del respaldo de la silla y las llaves que ella siempre dejaba sobre la cómoda. Salió del departamento, bajó por las escaleras en silencio y salió a la calle, donde el aire de la mañana aún conservaba rastros del festival de la noche anterior.

Caminó unas cuadras hasta la panadería de la esquina. Compró pan recién horneado, frutas, y un par de dulces que había notado le gustaban. También café, porque ella no podía funcionar sin una taza caliente por la mañana. Volvió sin prisa, dejando que el aire frío despejara un poco su mente.

Cuando abrió la puerta y volvió al departamento, todo seguía en el mismo silencio de antes. Sofía aún dormía.

Era la primera vez que se quedaba. Nunca lo había hecho antes, y se sorprendió al ver que Sofía dormía tan profundamente, como si el descanso la hubiera abrazado sin reservas. No sabía que podía dormirse así, tan tarde, tan sin defensas.

Fue a la cocina, organizó todo con cuidado, preparó el café como a ella le gustaba, tostó un par de rebanadas de pan, cortó la fruta y puso todo en una bandeja. El aroma a café llenó el departamento como una caricia.

Cuando volvió a la habitación, Sofía seguía durmiendo, apenas un poco desordenada, con una pierna fuera de las sábanas y el brazo extendido hacia su lado de la cama, como si lo buscara dormida.

Tomás se sentó a su lado, bajó la bandeja con cuidado y la llamó en voz baja:

—Sofía… ya es de día.

Ella gruñó con suavidad, moviéndose como si su cuerpo se negara a abandonar el sueño.

—Cinco minutos… —murmuró.

—Te traje desayuno.

—¿Qué…? —Abrió los ojos con esfuerzo, parpadeando— ¿Hiciste… desayuno?

Tomás asintió, sosteniendo la taza de café delante de ella como un ritual.

—Y café.

Sofía se sentó con dificultad, se frotó el rostro y miró la bandeja con ojos aún entornados.

—Estás intentando malcriarme —dijo, con una voz rasposa y una sonrisa ladeada.

—Tal vez.

Ella aceptó la taza, tomó un sorbo y cerró los ojos con un suspiro satisfecho.

—Dios… lo necesitaba. Si haces esto dos veces más, vas a tener que mudarte aquí.

—Tendría que cobrar por servicio completo —respondió Tomás con una media sonrisa.

—¿Incluye masajes?

—Solo si desayuno todos los días.

Rieron. Fue una risa simple, íntima. Por primera vez en semanas, Tomás no se sintió vacío. No del todo, al menos.

Comieron en silencio, ella todavía medio adormilada, él con movimientos tranquilos, observándola con una mezcla de ternura y algo que no se atrevía a nombrar.

Cuando terminó de recoger la bandeja, Sofía lo miró en silencio, como si no supiera qué decir. Se incorporó un poco más y le tendió la mano, como siempre lo hacía cuando él se marchaba.

Tomás la tomó, pero esta vez no se inclinó con la misma ligereza de siempre. Se acercó y dejó sus labios sobre su frente, y esta vez permaneció ahí un segundo más, con fuerza, como si sellara algo. Como si necesitara dejar una huella que el tiempo no pudiera borrar.

Sofía cerró los ojos, sintiendo el calor del contacto, la firmeza de ese gesto.

Cuando él se retiró, no dijo nada. Ella tampoco. No hacían falta palabras.

Tomás se puso el abrigo, cogió su bolso y caminó hacia la puerta.

—Gracias —dijo él antes de salir.

Sofía, todavía sentada en la cama, solo asintió. Pero cuando lo vio cruzar el umbral, cuando escuchó el clic de la puerta cerrándose, sintió que sus pasos —incluso los más suaves— pesaban más de lo que deberían.

Como si con cada uno, se llevara un poco de algo que ella había guardado demasiado tiempo en la oscuridad.

Y aunque no lo dijo, deseó que no se fuera.