La mañana era gris. Una de esas donde el cielo no se decide a llorar, pero tampoco quiere sonreír.
Tomás caminaba por los pasillos del hospital con pasos silenciosos, cargando en su mochila el peso de muchas semanas difíciles. La mezcla entre las jornadas interminables en el Big Root —ahora que don Giorgio tomaba descansos más frecuentes— y las horas de estudio acumuladas sin tregua lo habían dejado agotado. Pero, aún así, seguía firme.
El concurso literario cerraba sus postulaciones en pocos días. Su manuscrito ya estaba enviado, encuadernado, entregado. Nada más podía hacerse. Solo quedaba esperar.
Y esa espera también dolía.
Pero ese día no iba al hospital por el concurso. Ese día era distinto.
Al entrar en la habitación, lo supo de inmediato. El aire estaba más espeso, como si el tiempo mismo se hubiese detenido, temiendo perturbar el instante.
El profesor Emanuel Krikket estaba sentado, con la manta hasta la cintura y el libro sobre las piernas. “Estaciones de Soledad”. Su vista no estaba tan nublada como otras veces. Al ver entrar a Tomás, esbozó una sonrisa débil, pero cálida, de esas que no necesitan palabras.
Tomás arrimó el banquillo a su lado y se sentó sin quitarse la mochila.
—¿Le ha gustado… el libro? —preguntó en voz baja, casi temeroso.
El profesor asintió lentamente, sin apartar la vista de las páginas.
—Lo he leído más de una vez —murmuró—. Y lo haré mientras me queden fuerzas. Pero el epílogo… ese epílogo es una daga y una caricia al mismo tiempo.
Tomás bajó la mirada, tocando con los dedos el borde del banquillo.
—Ese epílogo era solo para usted —dijo.
—Lo sé.
Hubo una pausa larga. Afuera, alguien empujó un carrito por el pasillo, pero todo lo demás era silencio.
—A veces —siguió Tomás— me pregunto si esta es nuestra última estación juntos. No sé si hay algo después, no sé si hay un otoño para usted o si esta es su última primavera... Pero si es así, me quedaré hasta el final. Lo prometo.
El profesor giró el rostro hacia él. Sus ojos, cansados y algo hundidos, brillaron con una suavidad que no venía del cuerpo, sino del alma.
—Estás aquí, Tomás. Estás conmigo. Eso ya es quedarse hasta el final.
Hablaron por largo rato. De libros, de autores, de esos días antiguos en que el profesor daba clases en auditorios llenos. De sus primeras impresiones al ver a Sofía entrar al aula cuando era una adolescente desordenada. Del día en que Tomás llegó por primera vez a sus clases, tan callado, tan huidizo, y cómo desde entonces supo que en él había algo distinto.
—El mundo necesita personas como tú —susurró Krikket, en un momento—. No porque escribas bien, aunque eso también, sino porque sabes quedarte.
Cuando la voz del profesor comenzó a apagarse, Tomás notó que su respiración se hacía más pausada.
—Voy a traer café —dijo, poniéndose de pie con cuidado—. ¿Quiere uno?
Krikket negó suavemente con la cabeza.
—Solo voy a cerrar los ojos un momento. Anda tranquilo.
Tomás le acomodó la manta con delicadeza, como si temiera romperlo, y salió hacia la máquina expendedora. Las monedas cayeron con un tintineo metálico. El vaso bajó. El líquido comenzó a brotar en un murmullo.
El olor del café caliente le devolvió por un momento una falsa normalidad.
Tomó el vaso y regresó, pensando en leerle algo del epílogo en voz alta, tal vez compartir otro de esos silencios que solo con él eran tan plenos.
Pero al abrir la puerta de la habitación, todo cambió.
El tiempo se detuvo.
El libro estaba aún en sus manos, abierto por las últimas páginas. Sus dedos descansaban sobre el epílogo. Su cabeza, ligeramente ladeada hacia el lado, y sus labios... formaban una pequeña sonrisa. Una sonrisa que Tomás reconoció al instante. Era la sonrisa de quien encontró algo que mereció la pena.
Por un segundo, no comprendió lo que veía. Se quedó de pie, con el café en la mano, esperando que el pecho del profesor se elevara, que sus ojos parpadearan, que dijera algo.
Pero nada ocurrió.
El café tembló en su mano, y en un instante, el vaso cayó al suelo. El líquido caliente se esparció por las baldosas como una mancha lenta, silenciosa, inevitable.
Y entonces lo supo.
El aire salió de sus pulmones con violencia.
Tomás apoyó una mano en el marco de la puerta, la otra temblaba a su costado. Una oleada de frío lo recorrió desde la nuca hasta las piernas. Su cuerpo entero se negó a aceptar lo que su corazón ya entendía.
La habitación estaba en paz. Como si hubiera sido escogida por el destino para ese último acto.
Y Tomás lloró.
No como un niño. No como un hombre. Lloró como se llora a quien no solo te enseñó cosas, sino que te sostuvo cuando no sabías cómo caminar.
Lloró por todo lo que el profesor fue, por todo lo que le dio, y por lo que nunca más compartirían.
Por ese epílogo que ya no podría comentar con él.
Por esa sonrisa final que no podría devolverle.
Se acercó a la cama con pasos inciertos y se sentó a su lado.
Le tomó la mano, ya fría. Y se la sostuvo, como si pudiera devolverle un poco del calor que siempre le ofreció.
—Gracias… por quedarse hasta el final —susurró Tomás, su voz hecha pedazos.
El libro cayó suavemente sobre la manta. Tomás lo recogió con las manos temblorosas, lo apretó contra su pecho y cerró los ojos.
Y el mundo, por un instante, se volvió un lugar mucho más solo.