Capitulo 5: De Espadas Legendarias a Advertencias de Salud

El Autor deambulaba por las bulliciosas calles de Orario, con las manos en los bolsillos y una expresión de aburrimiento en el rostro. Había pasado un buen rato desde su pequeña actuación en el Dungeon, y ahora simplemente caminaba sin rumbo, observando el ir y venir de los aventureros, mercaderes y ciudadanos comunes.

"Hmm… ¿qué hacer ahora?" murmuró para sí mismo, pateando una piedrita en el camino.

El sol brillaba sobre la ciudad, iluminando los edificios de piedra y madera, mientras el bullicio de la multitud llenaba el aire. Puestos de comida ofrecían todo tipo de delicias, desde brochetas de carne hasta pan recién horneado. Más allá, se podían ver algunos miembros de familias importantes patrullando, incluyendo a la Familia Ganesha con su distintiva armadura.

Autor suspiró. Ya había dejado su marca en varias partes de la ciudad: la taberna estaba en crisis por la Coca-Cola, Hefesto estaba obsesionada con la Terrablade, y ahora Lili tenía dinero suficiente para no morirse de hambre. ¿Qué le faltaba por hacer?

"Tal vez debería buscar a alguien más para arruinarle la percepción de la realidad…" musitó, rascándose la barbilla.

Fue entonces cuando notó algo curioso: un grupo de aventureros alborotados reunidos en la entrada de un callejón, murmurando entre ellos con emoción. Intrigado, se acercó sigilosamente y se asomó por encima del hombro de uno de ellos.

Lo que vio le sacó una sonrisa.

"Bueno, esto se ve interesante."

El Autor observó el cartel pegado en la pared con su cara dibujada de manera sorprendentemente detallada. Su expresión era algo neutral en la ilustración, como si lo hubieran capturado en un momento en el que simplemente existía sin pensar demasiado.

El mensaje escrito debajo de la imagen decía en letras grandes:

"¿Has visto a esta persona?

Si tienes información, contacta a la Familia Hefesto."

Y en la parte inferior, resaltado con tinta roja:

Recompensa: 500,000 valis.

"Ja… JAJAJAJA." El Autor soltó una carcajada, atrayendo la mirada de los aventureros cercanos. Algunos le lanzaron miradas de sospecha, otros de interés.

Se llevó una mano a la barbilla, fingiendo reflexionar. "¿Debería delatarme a mí mismo? Medio millón de valis es bastante dinero…"

Uno de los aventureros se le quedó mirando fijamente, comparando la imagen del cartel con su rostro real.

"…Oye, tú te pareces mucho al del cartel."

El Autor fingió sorpresa y se llevó una mano al pecho. "¡¿Yo?! ¡Qué calumnia! Este tipo es claramente más guapo que yo."

El aventurero entrecerró los ojos, pero antes de que pudiera decir algo más, el Autor ya se había desvanecido en la multitud, riendo para sí mismo.

Hefesto estaba dispuesta a pagar tanto solo para volver a ver la Terrablade. Esto era demasiado bueno.

La ciudad de Orario se había acostumbrado a toda clase de rarezas. Desde dioses extravagantes hasta aventureros con habilidades absurdas, pero lo que estaba ocurriendo ahora…

Esto era nuevo.

En un callejón oscuro, donde nadie pudiera verlo, Autor se concentró. Con un simple pensamiento, su atuendo cambió radicalmente. Su vestimenta común fue reemplazada por una imponente armadura dorado-anaranjada que emitía un resplandor cegador.

Las placas de metal parecían fundidas con el mismo sol, y su capa, hecha de llamas vivas, ondeaba con cada movimiento. Unas alas del mismo color se desplegaron a su espalda, dándole un aire divino.

Era el set completo de la Armadura Solar de Terraria.

"Si Hefesto quiere ver la Terrablade… la verá," murmuró, cruzando los brazos mientras asentía con satisfacción.

Luego, con un simple salto, desapareció en un destello anaranjado, dejando una estela incandescente en el aire.

En Orario, los ciudadanos alzaron la vista, algunos con curiosidad, otros con pánico.

"¡¿Qué es eso?!" exclamó un aventurero al ver la luz naranja cruzar el cielo.

"¡Un meteorito!"

"¡Un dragón de fuego!"

"¡Es el regreso de Argonaut!"

Las teorías aumentaban mientras el resplandor descendía en picada… directo hacia la sede de la Familia Hefesto.

En la sede de los herreros, el caos se desató cuando la luz anaranjada atravesó las ventanas.

"¡¿Es un ataque?!"

"¡¿Algún loco probando un nuevo equipo?!"

Pero antes de que alguien pudiera reaccionar, la luz impactó en el patio central con una explosión sónica.

¡BOOM!

El suelo tembló con la fuerza del impacto, y una onda de calor recorrió el área, haciendo que los herreros retrocedieran por instinto.

Cuando el resplandor disminuyó, la figura de un caballero resplandeciente quedó en el centro del cráter recién formado.

El silencio se apoderó del lugar.

Entonces, la figura alzó la cabeza y, con voz potente, declaró:

"¡HE VENIDO A MOSTRARTE UNA VERDADERA OBRA MAESTRA, HEFESTO!"

Los herreros intercambiaron miradas.

Tsubaki, que había llegado corriendo tras escuchar la explosión, miró a la figura con una ceja arqueada.

"¿…Y tú quién demonios eres?"

Sin responder, el caballero extendió su mano y, con un solo movimiento, materializó una espada colosal.

La hoja vibraba con energía pura, emitiendo un resplandor verde que iluminó todo el taller. Su filo parecía capaz de cortar el mismo aire, y su presencia era imponente.

Era la Terrablade.

Los ojos de Hefesto, que había salido de su forja por la conmoción, se abrieron de par en par. Su aliento se quedó atrapado en su garganta.

Porque esa espada… era perfecta.

El caballero, aún cubierto de luz y con su armadura ardiente, sonrió bajo su yelmo.

Hefesto se quedó inmóvil. Sus ojos escarlata reflejaban la luz vibrante de la Terrablade, y por un instante, se olvidó de respirar.

Era hermosa.

No, no solo hermosa… perfecta.

El equilibrio de la hoja, la forma impecable, la pureza de los materiales, el resplandor que exudaba un poder imposible de replicar con cualquier herrería en este mundo. Era una obra de arte, una creación que superaba cualquier cosa que hubiera visto.

Tsubaki, por otro lado, tenía la mandíbula desencajada.

"¿Qué demonios…?" murmuró, acercándose lentamente.

Los herreros de la familia Hefesto, que normalmente eran gente ruda y difícil de impresionar, estaban sin palabras. Algunos incluso cayeron de rodillas por el impacto visual.

Hefesto finalmente se recompuso y dio un paso adelante, su voz apenas un susurro.

"Déjame verla…"

El caballero solar giró la espada en su mano, haciendo que la luz verde dejara estelas en el aire.

"Hmm… no lo sé…"

Hefesto sintió un escalofrío.

"¡Por favor! ¡Déjame verla de cerca!"

El caballero dejó que el silencio se alargara de manera dramática… y luego, con una sonrisa apenas visible bajo el casco, hizo desaparecer la espada en un destello de luz.

¡Puff!

Hefesto se quedó congelada.

Tsubaki parpadeó.

Los herreros se quedaron boquiabiertos.

"…No."

La palabra resonó en el patio como un martillazo en frío acero.

Los músculos en la mandíbula de Hefesto se tensaron.

"¿…Qué?"

El caballero se encogió de hombros.

"Ya me aburrí."

Hefesto sintió que algo dentro de ella se rompía.

"¡ESPERA!"

Pero no hubo tiempo para más.

El caballero llevó las manos a los costados de su casco ardiente y, con un movimiento dramático, se lo quitó.

Bajo la brillante armadura dorado-anaranjada, apareció la cara de un hombre con una mirada… engreída.

El tipo sonreía con una expresión que decía claramente Mírenme, soy cool.

El viento sopló, levantando el polvo y dándole un efecto más dramático a la escena.

Los herreros lo miraron con asombro.

Tsubaki levantó una ceja.

Hefesto sintió un tic en el ojo.

El tipo solo se cruzó de brazos, dejando que el momento se alargara.

Hefesto se quedó mirándolo, su ojo rojo temblando levemente.

"¿Es-Es una broma?" preguntó, su voz temblorosa entre incredulidad y furia contenida.

El caballero solar sonrió de lado.

"Sí."

Y con un movimiento casual, hizo reaparecer la Terrablade.

El resplandor esmeralda iluminó la forja entera.

El corazón de Hefesto casi se detuvo.

Tsubaki dejó escapar un silbido bajo.

Los herreros sintieron que les faltaba el aire.

Hefesto, con la dignidad de una deidad aún intacta (pero pendiendo de un hilo), extendió la mano con cautela.

"¿Puedo…?"

El caballero giró la espada en su mano una vez más y, después de un breve momento, se la tendió.

El temblor en los dedos de Hefesto era evidente cuando finalmente envolvió su mano en la empuñadura.

Fue como tocar la divinidad misma.

El balance, el peso, la textura… era perfecta en cada aspecto.

Era la obra maestra absoluta.

Hefesto, la diosa de la forja, sintió que quería llorar.

Hefesto sostuvo la Terrablade con ambas manos, recorriendo con los ojos cada pulgada de su sublime filo verde. La espada irradiaba una energía antigua, vibrante, como si tuviera una voluntad propia.

Movió la muñeca con cuidado, haciendo un pequeño corte en el aire.

Un arco de energía esmeralda se disparó contra la pared.

Tsubaki y los herreros dieron un salto hacia atrás.

Hefesto abrió la boca, pero no encontró palabras.

Esto no era solo una espada… Era arte. Era la perfección hecha arma. Era el tipo de creación que solo debería existir en leyendas.

"… Esto es imposible," murmuró Hefesto, aún en trance.

El autor apoyó los codos en el yunque más cercano y la observó con entretenimiento.

"No para mí."

Hefesto apretó los dientes. Era la diosa de la forja. La idea de que un simple mortal, por muy misterioso que fuera, pudiera producir algo tan perfecto sin esfuerzo… le revolvía el alma.

Pero más que nada, lo que sentía era… una profunda necesidad.

Una necesidad de entender.

De descubrir los secretos de esta espada.

De poseer más como esta.

"… ¿Qué quieres?" preguntó, con un tono de voz tenso.

El autor inclinó la cabeza, fingiendo pensarlo.

"Hmm… nah, nada. Solo quería verte sufrir un poco."

Y con una facilidad desquiciante, le arrebató la Terrablade de las manos.

Puff.

La espada desapareció.

Silencio.

Los herreros palidecieron.

Tsubaki se cubrió el rostro.

Hefesto entró en pánico.

"¡¡¡ESPERA, NO!!!"

Pero antes de que pudiera moverse, el autor se rió y se desvaneció.

Hefesto miraba con desesperación el espacio vacío donde antes estuvo la Terrablade.

Se le fue de las manos.

La oportunidad de estudiar, tocar, analizar, comprender esa obra maestra. Se había desvanecido en el aire junto con ese maldito forastero.

Apretó los puños con fuerza, conteniendo una mezcla de rabia y frustración… hasta que notó algo.

Ahí, en el suelo, donde había estado el autor, descansaban unos papeles.

Frunció el ceño.

Se agachó y los recogió, con un ligero temblor en los dedos.

Los desenrolló y leyó el título en la parte superior.

"Receta de la Terrablade"

Hefesto sintió un súbito alivio.

Se desplomó sobre el banco más cercano y dejó escapar un suspiro largo y pesado.

"Al menos dejó algo… al menos podré reconstruirla…"

Sus herreros la rodearon, expectantes. Tsubaki, aún con los brazos cruzados, miraba por encima del hombro con interés.

Pero conforme sus ojos recorrían las instrucciones… su alivio desapareció.

Su ceño se frunció.

Su expresión pasó de la calma al escepticismo.

Del escepticismo al horror.

La receta era absurda.

Para fabricar la Terrablade, necesitaba…

•Filo de la Noche

•La Espada de la Noche Verdadera

•La Excalibur

•La Excalibur Verdadera

•Espada del Héroe rota

•Espada de Hierba

•Muramasa

•Azote de la luz/Espada carnicera

•Volcán

Y eso era solo el principio.

Para forjarlas, necesitaba lingotes de materias primas que no existían en este mundo. Minerales de tierras olvidadas. Cristales que solo se encuentran en leyendas. Energía mágica pura en su forma más densa y estable.

Y lo peor de todo… cada una de estas espadas por sí sola era una obra maestra legendaria.

Forjar una ya sería un reto titánico.

Forjar ocho (porque uno era una espada ya hecha) era una locura.

Y combinarlas en la Terrablade…

Hefesto sintió un leve mareo.

"… Esto es ridículo."

"¿Qué pasa, jefa?" preguntó Tsubaki, viendo su cara pálida.

Hefesto levantó la vista lentamente, sus ojos reflejando una mezcla de incredulidad y resignación.

"Para crear la Terrablade… necesito fabricar ocho espadas legendarias primero."

Los herreros se quedaron en silencio.

Luego uno de ellos se rió nerviosamente.

"… ¿Es broma?"

Hefesto no dijo nada.

Otro herrero, más joven, se acercó a mirar las instrucciones.

"Digo, debe ser exageración, ¿verdad? A lo mejor el forastero solo quería asustarnos."

Hefesto cerró los ojos un momento.

Recordó la espada en su mano. Su peso. Su filo perfecto. Su energía vibrante.

No… no era exageración.

Esa espada era real.

Y si esa espada existía… entonces su método de creación también debía ser real.

Por lo tanto… esto era posible.

Pero Dioses.

Sería la mayor prueba de forja de su vida.

Bell Cranel estaba feliz.

Después de llegar a Orario con sueños de convertirse en un gran aventurero, había pasado días enteros buscando una Familia que lo aceptara.

Y justo cuando estaba perdiendo la esperanza… la encontró.

Su nueva diosa, Hestia, lo había recibido con los brazos abiertos, dándole un hogar en una iglesia abandonada.

No era la más lujosa.

No tenía los mejores recursos.

Pero Bell no podía pedir más.

Había encontrado su lugar.

"¡Buenos días, diosa!" saludó con energía, estirándose después de despertarse en la cama.

"¡Bell!" Hestia se giró con una gran sonrisa. "¡Buenos días! ¿Dormiste bien?"

"¡Sí!" Bell se levantó de un salto. "¡Hoy quiero ir al Dungeon y hacer todo lo posible por mejorar!"

Hestia infló las mejillas.

"Mmm… Sé que quieres volverte fuerte, pero no te sobreesfuerces."

Bell asintió con determinación.

Desde que llegó a Orario, tenía una meta clara en mente.

Ser un héroe.

Pero aún estaba en el Nivel 1.

Le faltaba mucho camino por recorrer.

Sin embargo… hoy era un nuevo día.

Y estaba listo para aprovecharlo al máximo.

Bell avanzaba con confianza por los pasillos del Dungeon. Después de todo, había entrenado. Y si algo había aprendido en ese tiempo, era que debía aprovechar cada ventaja.

Apuntó con su mano hacia un grupo de goblins.

"¡Pew pew pew!"

Los proyectiles de aire comprimido impactaron de lleno, derribándolos con facilidad.

Sonrió. Definitivamente, esto hacía su vida mucho más fácil.

Aunque tener que decir "pew" cada vez que quería disparar lo hacía ver ridículo… ciertamente era eficiente.

Bell suspiró, acomodándose la túnica mientras miraba los restos de los goblins que acababa de derrotar. La habilidad que aquel misterioso aventurero le otorgó era, sin duda, algo increíble. Con solo apuntar y decir la palabra, una ráfaga de aire comprimido salía disparada con fuerza suficiente para derribar a los monstruos más débiles del piso uno.

Pero…

¿Era necesario que tuviera que decir "pew" en voz alta?

El joven aventurero se llevó una mano a la cara, sintiendo el ardor de la vergüenza.

"¡Pew!"

Una bala de aire salió disparada, destruyendo una de las piedras cercanas. Un grupo de aventureros novatos en la distancia se giró a verlo con curiosidad. Bell sintió que su alma abandonaba su cuerpo por un momento.

Sí, seguro que lo hizo a propósito.

No sabía quién era realmente ese extraño aventurero que apareció de la nada, le ofreció entrenamiento y luego le dio esta absurda pero efectiva habilidad. Pero había algo en su actitud, en la forma en que hablaba y en cómo parecía disfrutar cada momento de caos que causaba…

Definitivamente lo hizo a propósito.

Bell suspiró profundamente, tratando de calmar su frustración. Bueno, al menos la habilidad le estaba sirviendo bastante. Quizás, con suficiente práctica, podría usarla sin pronunciar la palabra… O quizás podría buscar a ese aventurero y pedirle una versión mejorada.

Aunque, con su suerte, probablemente solo recibiría algo aún más ridículo.

Bell apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que una figura apareciera de la nada a su lado.

"¡WAAAH!"

El joven aventurero dio un salto, casi tropezando con su propio pie mientras se giraba con los ojos abiertos como platos.

"¿Qué pasa, Bell?" dijo el Autor con su característica sonrisa burlona, como si no acabara de materializarse de la nada en pleno Dungeon. "Te ves un poco tenso."

Bell lo señaló con un dedo tembloroso. "¿¡D-De dónde saliste!?"

El Autor se encogió de hombros. "Aquí y allá. La física y la lógica son meras sugerencias para mí."

Bell aún intentaba procesar lo que acababa de ocurrir. El hombre había aparecido sin hacer ruido, sin ninguna advertencia, como si el espacio mismo lo hubiese escupido dentro del Dungeon.

"¡N-No puedes simplemente aparecer así!" protestó Bell, aún sintiendo el latido acelerado de su corazón.

El Autor inclinó la cabeza. "Pero lo hice."

Bell abrió la boca para replicar… pero se dio cuenta de que discutir con él era inútil. Siempre terminaba saliéndose con la suya.

Bell suspiró, dándose por vencido. "¿Qué haces aquí?"

El Autor puso una mano en su barbilla, fingiendo estar pensativo. "Hmm… buena pregunta. En parte porque estaba aburrido, en parte porque quería ver cómo ibas con tu nueva habilidad."

Bell parpadeó. "¿Mi habilidad?"

"Sí, tu Pew Pew."

Bell sintió su dignidad desvanecerse un poco. "…No se llama así."

El Autor alzó una ceja. "¿Ah, no? Entonces dime, Bell, ¿qué dices cada vez que la usas?"

Bell miró hacia otro lado, con el rostro rojo. "P-Pero eso no significa que ese sea su nombre…"

El Autor le dio una palmada en el hombro. "Lo que tú digas, Pew Pew."

Bell gimió internamente, sabiendo que jamás se libraría de ese apodo.

"Bueno, ya que estoy aquí, quiero ver qué tanto has mejorado. ¿Qué tal si hacemos una pequeña prueba?"

Bell tragó saliva. Cuando el Autor decía "prueba", normalmente significaba que iba a lanzarle algo peligroso para ver cómo reaccionaba.

Y, como si el universo mismo quisiera confirmar sus sospechas, un grupo de War Shadows emergió de la oscuridad, con sus siluetas negras y ojos brillantes.

El Autor chasqueó los dedos. "Mira qué conveniente."

Bell sintió un escalofrío. Sabía que él había hecho algo para invocarlos.

Los War Shadows avanzaron lentamente, sus cuerpos oscilaban de forma antinatural con cada paso. Bell sintió un sudor frío en la espalda. Sabía que podía enfrentarlos, pero el hecho de que el Autor estuviera ahí, observándolo con esa sonrisa de "a ver cómo sales de esta", hacía que la presión aumentara diez veces más.

El Autor cruzó los brazos y se inclinó levemente hacia un lado. "Bueno, adelante, Pew Pew."

Bell frunció el ceño, tomando una postura de combate. Sabía que si se quejaba del apodo, el Autor solo lo usaría más, así que ignoró la provocación.

Uno de los War Shadows se lanzó hacia él con una velocidad aterradora.

"¡Pew—!" Bell se detuvo a mitad de palabra y disparó sin pronunciarlo, provocando que una ráfaga de aire comprimido atravesara la sombra y la destrozara en un solo golpe.

El Autor silbó. "Ohhh, ya no necesitas decirlo. Me decepcionas, Bell. ¿Dónde quedó la diversión?"

Bell ignoró el comentario y disparó otra ráfaga de aire, eliminando a otro War Shadow con un impacto preciso.

Los monstruos restantes se detuvieron, como si estuvieran reconsiderando sus opciones.

El Autor chasqueó los dedos. "Oh no, no pueden huir. Eso no sería entretenido."

Los War Shadows temblaron y, contra toda lógica, sus movimientos se volvieron aún más agresivos.

Bell sintió cómo se le helaba la sangre. ¡Definitivamente lo está haciendo a propósito!

Bell terminó con el último War Shadow con una ráfaga de aire que lo hizo explotar en sombras dispersas. Respirando agitadamente, bajó los puños y miró a su alrededor, asegurándose de que no quedara ningún enemigo.

El sonido de aplausos lo hizo girar la cabeza rápidamente.

"¡Bravísimo! ¡Un espectáculo digno de los dioses!" exclamó el Autor, aplaudiendo con entusiasmo como si acabara de presenciar una obra maestra en el teatro. "Me conmovió la pasión, la emoción, el drama… Aunque el protagonista podría trabajar un poco en su presencia escénica."

Bell suspiró, pasándose una mano por la frente. "No tienes que hacer esto más difícil…" murmuró, sintiéndose exhausto.

El Autor sonrió ampliamente. "Oh, Bell, Bell, Bell… la vida de un aventurero siempre será difícil. Si no lo es, entonces algo estás haciendo mal."

Bell no supo si debía sentirse motivado o preocupado por esas palabras.

El Autor le dio unas palmaditas en el hombro con una sonrisa. "Escucha bien, mi joven aprendiz. Durante la siguiente hora, tu recolección de Excelia aumentará en un modesto… digamos… ¿mil por ciento?"

Bell sintió que su cerebro se apagaba por un momento. "¿M-Mil por ciento?"

"Sí, sí, nada del otro mundo." El Autor agitó una mano con desinterés. "Solo significa que, si te pones a farmear como un loco, subirás de nivel ridículamente rápido."

Bell sintió cómo una gota de sudor bajaba por su frente. "¿Es siquiera posible hacer algo así?"

El Autor puso una mano en su pecho con fingida indignación. "Bell, ¿insinúas que podría estar mintiéndote? ¿Después de todo lo que hemos vivido?"

Bell miró al Autor, luego miró al Dungeon, y luego de vuelta al Autor. Algo en su instinto le decía que no debía dejar pasar esta oportunidad.

"¡Lo tengo!" gritó, antes de lanzarse a toda velocidad a buscar monstruos como si su vida dependiera de ello.

El Autor se cruzó de brazos, asintiendo con satisfacción. "Bien, bien… es bueno ver que el protagonista tiene iniciativa." Luego miró su reloj imaginario. "Veamos cuánto logra antes de que el efecto desaparezca."

Durante la siguiente hora, el Autor siguió a Bell como si fuera un espectador en un videojuego.

Bell corrió de un lado a otro del piso del Dungeon, eliminando todo monstruo que se le cruzara con una intensidad digna de un speedrunner profesional.

"Pew!"

Un Goblin explotó en partículas negras.

"Pew pew!"

Dos Kobolds cayeron al suelo antes de siquiera procesar qué había sucedido.

"¡PEW PEW PEW PEW PEW!"

Una horda de War Shadows desapareció en cuestión de segundos.

El Autor aplaudía ocasionalmente, como un coach orgulloso. "Vamos, muchacho, todavía quedan cuarenta minutos."

Bell, cubierto de sudor y con los ojos desorbitados, asintió frenéticamente antes de lanzarse contra un grupo de Orcos.

"PEEEWWWW!"

El aire comprimido golpeó a los monstruos con la fuerza de un tren de carga, mandándolos a volar contra la pared. Bell no perdió el tiempo y los remató antes de que pudieran reaccionar.

El Autor sacó una palomitas de algún lado y siguió observando la masacre con diversión.

Conforme la hora avanzaba, Bell se volvió más y más rápido, más y más eficiente… y también más y más agotado. Su cuerpo temblaba, su respiración era errática, y cada paso que daba parecía ser un esfuerzo titánico.

Finalmente, cuando la hora terminó y el buff desapareció, Bell se tambaleó, con las piernas como fideos cocidos.

"L-Lo… logré…" murmuró antes de desplomarse.

El Autor se acercó con calma y le dio unas palmaditas en la cabeza. "Buen trabajo, chico. Ahora duerme."

Bell no pudo responder. Ya estaba fuera de combate.

El Autor chasqueó los dedos y, en un instante, tanto él como Bell desaparecieron del Dungeon, reapareciendo en el sótano de la iglesia abandonada.

Bell seguía completamente inconsciente, respirando con dificultad después de su frenesí asesino en el Dungeon. Con cuidado, el Autor lo levantó y lo dejó en la cama improvisada.

Le miró por un momento y asintió con satisfacción. "Sí, ahora eres oficialmente un grinder. Si esto fuera un MMO, te habrían baneado por abuso de mecánicas."

Bell murmuró algo ininteligible en sueños. Probablemente estaba disparando pew pew en su cabeza.

El Autor dejó una botella de agua y un pan al lado de la cama, como ofrenda para el futuro guerrero agotado, y luego, con otro chasquido, desapareció.

Syr, mejor dicho, Freya, sonrió mientras limpiaba con calma una mesa. A diferencia de sus compañeras, no mostraba ningún signo de ansiedad o desesperación.

Anya se acercó con una expresión claramente molesta, dejando caer una bandeja con fuerza sobre la barra. "¡Grrr! Syr, ¿cómo puedes estar tan tranquila? ¡Se nos acabó la Coca-Cola! ¡La vida ya no tiene sentido, nya!"

Lunoire asintió con los brazos cruzados. "Sí, en serio… me siento más lenta, menos motivada. No sé qué tenía esa bebida, pero nos hacía trabajar con más energía."

Chloe se inclinó sobre la barra, apoyando la cabeza en sus manos. "Mmm, la Coca-Cola… ese sabor… esa efervescencia… era como una caricia en la garganta."

Ryuu, aunque más controlada, también suspiró, sin poder negar que sentía una pequeña punzada de vacío.

Syr dejó escapar una risita y movió un dedo frente a ellas. "Ah, chicas, chicas… porque a diferencia de ustedes, yo ya preví esto."

Las demás la miraron con incredulidad.

Mia, quien hasta ahora se había mantenido callada, cruzó los brazos y la miró con el ceño fruncido. "¿Qué significa eso, Syr?"

Syr, con la elegancia que solo Freya podía tener, sacó de debajo del mostrador… una lata de Coca-Cola.

Hubo un silencio sepulcral.

Los ojos de todas se agrandaron como platos.

Anya tragó saliva. "Syr… ¿dónde conseguiste eso?"

Lunoire entrecerró los ojos con sospecha. "¿Desde cuándo la tienes?"

Chloe la miró fijamente, casi como si fuera a saltarle encima.

Ryuu, aunque más contenida, también mostró un leve brillo de interés en sus ojos.

Syr sonrió y, con extrema lentitud, llevó la lata a sus labios y la abrió con un pssst.

El sonido fue como música para los oídos de las demás.

Dio un sorbo, disfrutando cada gota mientras las chicas la miraban como si fuera un ser divino.

Cuando terminó, suspiró con satisfacción. "Ahhh… simplemente sublime."

Hubo un momento de tensión.

Y luego, todas se le lanzaron encima.

Justo cuando la escena parecía sacada de una guerra medieval, con todas las chicas peleando por la preciada lata de Coca-Cola, algo completamente inesperado ocurrió.

En el preciso instante en que Ryuu lanzó su mano para arrebatar la lata de las garras de Syr, un destello de luz cegadora iluminó el centro de la taberna, y con un pop sonoro… apareció el Autor.

Pero no solo apareció.

Apareció en la peor posición posible.

Ryuu, con la fuerza de una aventurera de primer nivel, tenía toda la intención de sujetar la lata, pero en su lugar, su mano se cerró en el antebrazo del recién llegado.

Con la inercia del jalón, Autor fue arrastrado como un muñeco de trapo directo a la batalla campal.

"¿¡QUÉ—!?" fue lo único que alcanzó a decir antes de estrellarse contra la mesa, rodando como si fuera un saco de papas.

Las demás ni siquiera registraron su llegada de inmediato. Anya se lanzó hacia Ryuu, lo que hizo que Autor también se moviera con ella. Chloe saltó encima, y Lunoire trató de agarrar la lata, pero solo logró empujar accidentalmente a Syr, que se tambaleó… y en el proceso, pateó involuntariamente a Autor en las costillas.

Todo esto pasó en menos de cinco segundos.

Cuando finalmente la nube de caos se disipó, la escena quedó así:

•Syr estaba en el suelo, sujetando la lata con ambas manos como si su vida dependiera de ello.

•Anya y Chloe estaban encima de Ryuu, aún forcejeando.

•Lunoire se había quedado a medio camino, con los ojos clavados en la lata.

•Y Autor… Autor estaba tirado boca abajo sobre la mesa, con una expresión de absoluta confusión.

Un silencio incómodo reinó por unos segundos.

"Ugh… qué manera de hacer una entrada," murmuró Autor, todavía procesando lo ocurrido.

Todas voltearon a verlo al mismo tiempo.

"…¿Desde cuándo estás aquí?" preguntó Chloe con una ceja arqueada.

Autor levantó un dedo, aún sin moverse de su posición. "Desde que Ryuu me secuestró accidentalmente al intentar robarle la lata a Syr."

Ryuu, que aún tenía su mano sujetando el antebrazo de Autor, miró la situación y lo soltó inmediatamente.

"Mis disculpas…" dijo en su tono serio, pero con un leve rubor en las mejillas.

Autor se enderezó, suspiró y luego miró a Syr, quien aún protegía la lata con toda su alma.

"¿Todo esto… por una Coca-Cola?" preguntó con incredulidad.

Las chicas asintieron al unísono.

Autor parpadeó.

Luego suspiró.

"Ya veo que la desesperación por la Coca-Cola ha alcanzado niveles peligrosos."

Mia, que había estado observando todo en silencio, suspiró y se masajeó las sienes. "Si piensas hacer algo, hazlo rápido antes de que estas locas destruyan mi taberna."

Autor chasqueó los dedos y, de repente, apareció sobre la barra de la taberna con un brillo divino.

Todas lo miraron con asombro.

Con un movimiento teatral, extendió los brazos y declaró:

"¡Oh, almas en desesperación! ¡Vuestro salvador ha llegado!"

Chasqueó los dedos de nuevo y, de la nada, aparecieron varias cajas llenas de latas de Coca-Cola.

El brillo en los ojos de las chicas fue instantáneo.

Antes de que siquiera pudieran reaccionar, Autor levantó un dedo. "Pero, pero, pero… solo podrán tomarlas si prometen no volver a matarse entre ustedes por ellas."

Hubo un silencio.

Lunoire miró a Chloe.

Chloe miró a Anya.

Anya miró a Ryuu.

Ryuu miró a Syr.

Syr miró la lata en su mano.

"… No prometo nada," murmuró Chloe.

"Entiendo," dijo Autor, y chasqueó los dedos de nuevo. Las cajas desaparecieron.

"¡NOOOO!" fue el grito colectivo.

Autor se cruzó de brazos. "¿Ahora sí?"

Las chicas asintieron rápidamente.

Y así, la Coca-Cola volvió a la taberna… bajo estrictas reglas de no-violencia.

Mientras las chicas disfrutaban de sus tan ansiadas latas de Coca-Cola, Autor las observaba con una mezcla de satisfacción y preocupación. Había logrado restablecer la paz en la taberna, pero al mismo tiempo… bueno, ahora todas estaban tomando con un entusiasmo casi religioso.

Syr, con la elegancia que la caracterizaba, bebía de su lata con una expresión de absoluta felicidad.

Ryuu, aunque más reservada, sorbía en pequeños tragos mientras mantenía una mirada vigilante sobre las demás, como si temiera otro intento de robo.

Chloe, Lunoire y Anya… bueno, ellas básicamente estaban en una competencia para ver quién podía beber más rápido.

Y Mia simplemente observaba todo con resignación, aunque no rechazó la lata que le ofreció Autor.

Él se cruzó de brazos y carraspeó. "Me alegra ver que disfrutan su Coca-Cola y que no se están matando por ella…"

Todas asintieron con sonrisas satisfechas.

"Pero."

El ambiente se tensó de inmediato.

"Ya que están bebiendo tanto, me siento obligado a recordarles algo muy importante."

Las chicas intercambiaron miradas, algunas confundidas, otras preocupadas.

"Díganme, ¿saben qué pasa cuando toman demasiada Coca-Cola?"

Anya inclinó la cabeza. "¿Te conviertes en un guerrero más fuerte gracias a la energía del azúcar?"

"No."

Lunoire chasqueó los dedos. "¿Tu sangre se vuelve burbujeante?"

"No."

Chloe sonrió. "¿Empiezas a brillar como un hechicero después de beber pociones de maná?"

"… Eso tampoco."

Las chicas parecían decepcionadas.

Autor suspiró. "Si toman demasiada Coca-Cola, están corriendo serios riesgos de salud."

Las chicas parpadearon.

"Para empezar, el azúcar en exceso puede causarles problemas. No solo es malo para los dientes, sino que también puede hacer que ganen peso, y eventualmente puede causar problemas de energía. Sentirán un subidón de energía al principio, pero luego se desplomarán y se sentirán más cansadas que antes."

Syr miró su lata y luego miró a Autor. "¿Pero no es como beber hidromiel? Nos da energía, ¿cierto?"

"Sí… pero a costa de que su cuerpo se desgaste. Demasiado azúcar puede hacer que su organismo dependa de él, lo que las hará sentir agotadas cuando no lo tengan."

Hubo un silencio incómodo mientras las chicas procesaban la información.

"Además," continuó Autor con una expresión más seria, "el ácido en la Coca-Cola puede causar gastritis."

Anya dejó de beber de inmediato. "¿¡Gastritis!?"

"Así es. Si toman demasiada Coca-Cola sin moderación, el ácido puede irritar su estómago y causar dolor. Eventualmente, podrían desarrollar una úlcera si siguen con un consumo excesivo."

Chloe hizo una mueca. "Eso… suena desagradable."

"Lo es." Autor asintió. "Pero lo peor de todo es otro riesgo importante… las piedras en los riñones."

Las chicas se quedaron en silencio.

"¿Piedras?" repitió Lunoire con una ceja arqueada.

"Sí. Si toman demasiada Coca-Cola y no beben suficiente agua, los minerales en su cuerpo pueden cristalizarse y formar pequeñas piedras dentro de los riñones. Y cuando intenten salir…"

Todas sintieron un escalofrío.

"Imaginen tratar de expulsar una roca afilada a través de su sistema urinario."

Chloe, Lunoire y Anya dejaron sus latas en la mesa al instante.

Ryuu frunció el ceño. "… Eso suena como una tortura."

"Lo es." Autor asintió con gravedad. "Es por eso que deben tomarla con moderación. No es que la Coca-Cola sea mala en sí misma, pero si la toman todos los días y en grandes cantidades, terminarán enfrentando consecuencias desagradables."

Las chicas miraron sus latas con expresiones mezcladas entre felicidad y miedo.

Syr fue la primera en reaccionar con una sonrisa. "Entonces… con moderación, ¿cierto?"

"Exactamente." Autor asintió. "Un poco no hará daño, pero si empiezan a depender de ella y beberla como si fuera agua, terminarán lamentándolo."

Lunoire suspiró. "Bueno… supongo que eso significa que tendré que reducir mi consumo."

Anya infló las mejillas. "¡Pero sabe tan bien!"

"Lo sé." Autor sonrió. "Por eso es un placer ocasional, no una necesidad."

Las chicas parecían algo desilusionadas, pero entendían el mensaje.

Finalmente, Mia bufó y cruzó los brazos. "Así que básicamente, como cualquier otra cosa en la vida, hay que disfrutarlo sin exagerar."

"Exactamente," dijo Autor con una sonrisa.

Chloe levantó su lata. "¡Pues brindemos por un consumo responsable de Coca-Cola!"

Las demás sonrieron y levantaron sus latas.

"¡Por un consumo responsable!"

Y así, aunque todavía amaban la Coca-Cola, las chicas de la taberna aprendieron que hasta lo mejor del mundo debía disfrutarse con moderación.

Autor observó la escena con los brazos cruzados, viendo cómo las chicas de la taberna levantaban sus latas con moderación y conciencia, hablando sobre la importancia del equilibrio en la vida y los riesgos del consumo excesivo.

Parpadeó.

Frunció el ceño.

Miró a su alrededor.

Esto… esto parecía un comercial de consumo responsable.

"Demonios, esto parece uno de esos anuncios de televisión sobre no abusar del alcohol o la comida chatarra," murmuró en voz baja.

Imaginó por un momento cómo se vería la escena si tuviera una música de fondo inspiradora, una cámara haciendo un paneo dramático y una voz en off diciendo algo como:

"En la vida, todo debe disfrutarse con moderación. Recuerda, la felicidad está en el equilibrio. Coca-Cola… disfrútala, pero con responsabilidad."

El pensamiento lo hizo estremecerse.

Esto… esto no era lo que él esperaba.

Pero antes de que pudiera reaccionar, Ryuu lo miró con seriedad. "Señor… gracias por el consejo. Lo tomaré en cuenta."

Syr asintió. "Sí, es importante saberlo."

Chloe se rió. "¿Sabes? Deberías hacer esto más seguido. Tal vez podrías dar charlas sobre salud y bienestar."

Autor sintió que algo dentro de él se rompía.

No… esto ya estaba yendo demasiado lejos. ¡Él no era un portavoz de consumo responsable! ¡No había venido a Orario para terminar dando lecciones de vida sobre bebidas carbonatadas!

Miró a su alrededor, desesperado por una excusa para desviar la conversación.

"Ehhh… bueno, miren la hora, ya es tarde y tengo que…"

Pero antes de poder terminar su oración, Chloe le puso una mano en el hombro con una sonrisa radiante.

"Vamos, Autor, ¿qué más consejos de vida tienes?"

Él abrió la boca. Cerró la boca. Miró al techo, pidiendo paciencia.

Así que así es como termina… ¿Verdad?